Reseñas

Bioy

Diego Trelles Paz (Lima, 1977) ■ Destino (2012) ■ 304 páginas ■ 45 soles


El largo camino de Trelles Paz

Novela. Premiada en España con el Francisco Casavella y precedida por una hábil campaña publicitaria, Bioy, la nueva novela de Diego Trelles Paz, llegó a Lima con cierta expectativa generada por las declaraciones de los jurados del referido premio, alguno de los cuales llegó a opinar que «si Vargas Llosa tuviera treinta años y sus orígenes fueran otros pero la potencia narrativa la misma, podría haber firmado este libro». Considerando que las dos anteriores entregas de Trelles Paz, la colección de cuentos Hudson el redentor (2001) y la novela El círculo de los escritores asesinos (2005), habían resultado libros esforzados pero irregulares, aquellas declaraciones hacían suponer al menos un progreso respecto a su trabajo anterior.

Para empezar, digamos que la lectura de Bioy provoca sentimientos encontrados. Digamos que la mayor virtud del escritor se encuentra presente en las dos primeras partes del libro: una prosa ágil, práctica, que permite que podamos seguir la historia con cierta soltura. Digamos además que el planteamiento argumental tiene algún interés por lo menos hasta la mitad de la novela, donde la historia del agente Humberto Rosendo destaca nítidamente entre las otras tramas y subtramas. Digamos también que las primeras cinco páginas –que narran gráficamente la violación colectiva de una muchacha por unos oficiales y suboficiales monolíticamente malos– son de una repugnancia gratuita pocas veces vista en nuestra narrativa reciente.

Es cuando llegamos a la tercera parte donde empiezan los problemas graves y la historia se va deshaciendo sin solución. Trelles Paz apuesta por la yuxtaposición de textos –sobre todo en las entradas de un blog entre intimista y literario llamado «La gente es fea»– pero el poco interés de estos y su hegemónica banalidad impiden alcanzar su cometido: otorgar una hondura psicológica a los personajes principales. Y este obstáculo aparece también en otras regiones del libro, delatando una limitación que persiste en la obra de este autor: su incapacidad para crear personajes propiamente dichos. La mayoría de ellos hablan igual, piensan igual y tienen el mismo sentido del humor, por lo que uno tiene la persistente impresión de estar escuchando la voz del mismo narrador con casi indistinguibles afeites. Este problema también lo hace resbalar en la elaboración de meras caricaturas, como termina siendo Sebastián Davis de Cárdenas, estudiante de la Universidad de Lima cuyo monólogo es idéntico al de la imitación de Claudio Pizarro que realiza Carlos Álvarez los domingos por la noche.

El apartado final, aquel donde las tres historias principales debían amalgamarse y resolverse, resulta insatisfactorio por una desordenada fragmentación que busca rearmar de algún modo las tramas que la tercera parte había aligerado y anulado. Y aquí reaparece otro problema de Trelles Paz: querer solucionar ciertas situaciones con el humor, cuando su manejo de las situaciones humorísticas, de la jerga y de lo popular jamás deja de ser obvio, superficial y ramplón. El autor confunde humor con chacota y eso termina siendo demasiado caro para su proyecto.
Por José Carlos Yrigoyen


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