No ficción

«La literatura es un uso socialmente tolerado de la mentira»

Autor de las celebradas novelas El comienzo de la primavera y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Patricio Pron es uno de los más influyentes narradores jóvenes de nuestro idioma. Se doctoró en Filología Románica en Alemania pero dice no ser un academicista, descreer de los cursos de escritura y de la literatura como carrera.
Desde el exilio, el escritor argentino nos habla de su experiencia con la memoria y la búsqueda de la verdad como materia prima literaria.


Pron (Rosario, 1975) dice sufrir una incapacidad patológica para recordar las cosas, y determinar cuánto de lo que recuerda es real y cuánto inventado. Habitar una tenue frontera entre realidad y ficción, vivir en el estado del equilibrista. «La mentira y la sospecha son las únicas herramientas de un escritor», sostiene, y su narrativa reflexiona sobre el ejercicio de la memoria y la manipulación de la verdad, sin dejar que el componente político que ambas categorías guardan haga de sus obras un discurso tedioso. En una cultura marcada por el apocalipsis, la obra de Pron contiene hondas pero ágiles reflexiones sobre el pasado. Hijo de militantes de izquierda durante la dictadura militar y pueril testigo de la Guerra de Las Malvinas, concibe sus relatos con una mezcla de exquisita imaginación, vehemente observación del entorno, y la atenta lectura de textos de historia y filosofía. Ningún detalle es apresurado o innecesario; por el contrario, en su obra, ya copiosa, los datos son precisos e inquietantes. Si bien su mecánica narrativa es racional, su prosa es plástica, pentrante, limpia y a ratos poética.
Cada libro suyo es distinto al anterior, como si necesitara coherencia entre escritura y escritor: el rechazo de las convenciones literarias es el eco del espíritu revolucionario y contracultural que heredó de la generación que lo marcó, la de sus padres. A sus treinta y siete años, ha publicado ocho libros (cuatro de relatos y cuatro novelas), ha sido antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia y Cuba, y traducido a seis idiomas. Hoy, Pron radica en España y combina la creación con la crítica y la traducción.

¿Cuán enriquecedor para tu escritura fue migrar a Europa?
Mucho, debido principalmente a que pude viajar y ver sitios y personas que acabaron colándose en mi trabajo, pero también porque al marcharme tuve la oportunidad de ganar una cierta perspectiva que no hubiera podido de otro modo con la literatura argentina, que es la familia literaria a la que creo pertenecer.

Luego de tantos años fuera, ¿cómo mantienes el puente con esa familia?
Bueno, sigo prestando mucha atención a la literatura producida en Argentina y tengo la impresión de que mis libros hablan (incluso de forma sesgada) de buena parte de las cosas que interesan y resultan relevantes en mi país. Pero determinar de dónde viene o dónde se inscribe un escritor es tarea de los lectores, nunca del autor, de manera que esto que digo no es mucho más que una declaración de intenciones.

¿Por qué hiciste tu tesis sobre Copi (1939 – 1987)?
Porque la obra de Copi es absolutamente extraordinaria de formas que, por entonces (cuando comencé con el proyecto), me resultaban difíciles de explicar. Así que escribí la tesis para poder explicarme a mí mismo cómo funcionaban sus libros y por qué funcionaban para otros; y, además, para romper una lanza a favor de un autor a quien, por entonces, no se prestaba mucha atención (a excepción del libro de César Aira y de un capítulo de Literatura de izquierda de Damián Tabarovsky, casi no había bibliografía sobre la obra narrativa de Copi), quizá por el hecho de haber sido todo lo que se supone que un escritor argentino no debe ser: autor en lengua extranjera, homosexual, travesti, iconoclasta, víctima del sida, etcétera.

¿Ha influido en tu escritura?
Quizá. Tal vez una cierta velocidad y la convicción de que no hay nada realmente sagrado, ni siquiera el propio dolor. Viví con Copi durante unos cuatro años, como todos los doctorandos viven con los autores sobre los que escriben, y fue divertido y tedioso, que es como siempre es la escritura de una tesis doctoral. Y sí, creo que aprendí algo de todo ello y espero que eso se note también en mis libros.

Conociste a Bolaño. En persona, esta vez.
Me siento particularmente feliz de haber conocido a Bolaño y de haber podido conversar con él. Su carácter inconformista y su cuestionamiento de las formas estandarizadas de la literatura fueron y siguen siendo importantes para mí; pero, sobre todo, son sus libros los que constituyen su legado, pues su efecto no se agota en la primera lectura. Bolaño escribió alguna vez: «su presencia, su fragilidad, su espantosa soberanía, a algunos les sirve de acicate o de recordatorio» y esta parece una buena forma de explicar lo que él y su obra han hecho en algunos de los que somos sus lectores.

Hace poco hubo una polémica por tus comentarios acerca del lenguaje de Cortázar y el ideal del idioma que se recogía de sus novelas. ¿Crees que esa preocupación se manifiesta en tu obra y en la de otros escritores de tu generación?
No recuerdo ninguna polémica al respecto, lo que supongo que tiene que ver con que no suelo prestarles atención ni involucrarme en ellas. En cualquier caso, no estoy muy seguro de que Cortázar sea un escritor realmente necesario, por lo menos para mí y para algunos lectores y autores que conozco. Desde luego, muchos de sus cuentos son magníficos, pero me temo que sus novelas han envejecido mal y, lo que es aun peor, las percepciones y prejuicios en torno a su persona han creado una cierta escuela del «buenismo literario» latinoamericano que me resulta francamente irritante. Aunque, por cierto, supongo que la culpa no es del pobre Cortázar.

Vayamos a tu obra. Por ejemplo, a la variación constante en el planteamiento de las formas.
Me interesan mucho las formas narrativas, y siento un aburrimiento mortal, realmente mortal, cuando me encuentro frente a un texto que repite una forma ya conocida, de modo que mi intención siempre es hacer algo nuevo; es decir, no algo nuevo en el marco de la historia de la literatura, que ya ha agotado la novedad, pero sí en el ámbito de lo que yo he escrito antes. Y me gusta probar y, eventualmente, fracasar al utilizar una forma u otra. Incluso la idea de fracasar es menos aterradora para mí que la de verme haciendo algo que ya he hecho en el pasado.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia propone que la reconstrucción de una memoria social empieza con un trabajo individual: ahondar en la experiencia personal y darle un carácter amplio. ¿Es esa tu poética?
Quizá sea una buena forma de definirla, sí.

La figura del padre juega un papel importante en tu narrativa. ¿Es la búsqueda de una comprensión madura de la relación padre-hijo?
No lo sé. Yo mismo no soy padre aún y es difícil para mí decir si he aprendido algo de todo lo que he escrito sobre las relaciones entre padres e hijos. Supongo que la tensión inherente en esa relación (y que, recuerdo, surge de una convivencia indeseada y muchas veces incómoda entre ambas partes: los padres no han escogido a sus hijos, los hijos no han escogido a sus padres) está detrás del atractivo que tal vez tengan para algunos lectores los libros que he escrito y, en ese sentido, es posible que lo ideal sea no llegar a ningún tipo de comprensión futura. Quizá la literatura sirva para muchas cosas, pero no para forzar una reconciliación, y posiblemente sea mejor así.

El comienzo de la primavera te dio el Premio Jaén de Novela, y desde entonces tu obra no ha dejado de ser reconocida por la crítica, pero también por un público mucho más amplio. Cuéntanos sobre ese encuentro con más lectores.
Al principio de mi estancia en Europa, cuando vivía en Alemania, tenía la impresión de que ese tipo de encuentros era un fastidio para los escritores, pero, con el tiempo, he aprendido que, en su mayoría, son encuentros muy enriquecedores. Además, un escritor tiene que pertenecer a la comunidad de sus lectores, y esa comunidad es, en mi caso, la de los lectores en español, otra cosa de la que formo parte.

En tus novelas, la búsqueda por la verdad aparece en dos formas distintas: con indignación y como una invitación a buscar otras versiones. ¿Propones una búsqueda dialógica con el lector?
Muy posiblemente. De hecho, algunos de mis libros se proponen complejizar y enriquecer los discursos acerca de la verdad y, particularmente, la verdad histórica en las sociedades en que son leídos. Mis novelas no invitan a los lectores a abandonar su visión de las cosas para adoptar la mía, sino a comprender y a aceptar que mis libros y las versiones «oficiales» de ciertos hechos históricos son todas versiones y discursos que circulan y se enfrentan en las sociedades y que siempre responden a intereses políticos y económicos. Por eso, profundizar en las razones por las que esos discursos circulan y relativizarlos pueden ayudar a recuperar algo de la libertad y la autonomía individual perdidas. Y ese es uno de los temas de mi trabajo. Por otra parte, la mentira está desde siempre en el centro de las preocupaciones de las personas que producimos literatura, que es un uso socialmente tolerado de la mentira.

En El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, una autoficción como la denominas, el protagonista cuestiona el tratamiento de la ficción para remover temas sociales.
Algún tiempo atrás leí algunos ensayos de académicos estadounidenses que sostenían que existe una cierta renovación de lo que podríamos llamar la «literatura política» de América Latina, y que en esa renovación estaríamos Juan Gabriel Vásquez y yo. Me gusta la proximidad con Juan Gabriel, cuya obra me interesa mucho, pero los autores somos pésimos críticos de nuestro propio trabajo, para lo que nos falta perspectiva, así que es poco lo que puedo decir al respecto.

¿Cuál es la función de la ficción en medio de este compromiso político?
La de intentar arrebatar al Estado su monopolio de las formas sociales de construir verdad y, por lo tanto, de determinar qué somos, qué hemos sido, qué deseamos o debemos ser.

Actualmente trabajas en un nuevo libro, ¿qué nos adelantas?
No mucho, pero en enero saldrá en España una nueva colección de relatos con el, posiblemente, pésimo título La vida interior de las plantas de interior. Y luego hay más cosas, pero no suelo hablar de los libros que no he escrito, con el temor, un poco, de que, de hacerlo, ya no será necesario escribirlos. Y realmente quiero hacerlo todavía.

Pasemos a otra cosa. El año pasado, en una entrevista mencionaste que Argentina había «administrado mal la esperanza». ¿A qué te referías?
Hay aspectos históricos, políticos y económicos (específicamente, el descrédito de los partidos políticos tradicionales y la escasa representatividad de las otras opciones a mano) que condujeron a que mi generación no pudiera asumir de forma colectiva el mandato que se le había impuesto y a que cada uno de nosotros haya tratado de hacer algo con él en el ámbito privado y no de forma colectiva; en mi caso, escribiendo. Si ha habido un malentendido y un distanciamiento entre la generación de mis padres y la mía, estos se han debido a las dolorosas experiencias que ambas han vivido, más que a algún tipo de enfrentamiento irresoluble.

Hace unas semanas en Babelia, el suplemento sabatino El País, disparaste un poco contra conceptos como «profesionalización del escritor» y «carrera literaria». ¿Hablamos de nuevas formas de entender el oficio o solo de tergiversaciones?
No es un tema fácil, precisamente. Es muy posible que quienes conciben la actividad de escritor como una carrera crean en visiones de la literatura que son funcionales a su proyecto artístico y vital. Lo cual también condiciona su creación. Pero yo no puedo dejar de pensar que esas visiones tergiversan la esencia de la literatura, cuya función (si tiene alguna) es hacer más rica y más interesante la vida de los lectores, no la del autor. Allí tenemos una de las grandes contradicciones de la concepción de la literatura como carrera.

En el 2010, la revista inglesa Granta te escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. ¿Qué te ha dejado pertenecer a esa selección?
Algunas vecindades muy disfrutables, otras notablemente incómodas. La amistad con algunos de sus autores y una cantidad absolutamente enorme de problemas ridículos y que, vistos con cierta perspectiva (una que ya va ganando la famosa selección, por fortuna), parecen menos importantes ahora que en su momento. Por Julio César Zavala y Paloma Reaño