No ficción

El Oso Hormiguero hace veinte años

Por Antonio Cisneros

De los archivos de la desaparecida revista , recuperamos estas dos columnas de Antonio Cisneros de 1992. A casi un mes de la ida del poeta, un discreto homenaje ante tan enorme vacío.


O aunque sea un infierno

Los cementerios, hasta en el Perú, suelen lucir nombres respetuosos. Los Jardines de la Paz sea un ejemplo. Y el profundo respeto por los muertos es moneda común entre los vivos. Las dinásticas momias y el Señor de Sipán dan testimonio. Sin embargo, en medio de los responsos y las capillas ardientes olvidamos, con insólita frecuencia, los múltiples desplantes y maltratos que padecen en la Tierra los modestos difuntos.
Desde hace una semana el reino de Bélgica está en un serio dilema. Una expedición arqueológica, que trabajaba en el pueblo valón de Fontenoy, ha descubierto por azar los restos de setenta soldados muertos durante la Guerra de la Sucesión Austríaca en 1745. Entonces cayeron unos cinco mil combatientes de los ejércitos franceses y sus enemigos, los anglo-holandeses.
El gobierno belga ha anunciado que los cadáveres serán enterrados en una fosa común, a menos que los reclamen sus respectivos países. El problema es que a estas alturas es imposible determinar las nacionalidades pues, según los arqueólogos, no bien terminada la batalla, los soldados fueron despojados de sus uniformes por los friolentos lugareños.
En Europa y los Estados Unidos hay cementerios tan grandes como una provincia destinados a los muertos de las últimas guerras mundiales y la de Vietnam. En esas interminables avenidas, trazadas con escuadra, cada una de las miles de cruces iguales, pintadas de blanco y en madera pulida, lleva un nombre, a veces el apodo, y una fecha de nacimiento y muerte. Sin embargo, es solo una ilusión. Las supuestas necrópolis no contienen cadáver alguno o, en el mejor de los casos, guardan apenas las cenizas perdidas de unos muertos ajenos.
Qué diferencia con ciertos camposantos militares de siglos anteriores. El sombrío Cementerio Prusiano de Tempelhof. Los altos mausoleos de granito y guirnaldas de bronce no se limitan a cantar las glorias de los viejos guerreros sino que incluyen, de verdad, los respectivos restos (o el resto de los restos por lo menos). Eso permite unas cuantas reflexiones sobre lo efímero de la belleza humana, el origen marino de la vida y las pompas mundanas. Siempre con la certeza de que la lápida corresponde en realidad a algún descalabrado que alguna vez fue de carne y hueso. Ni qué decir de todos aquellos fallecidos en los accidentes de aviación. Los sobrantes calcinados son distribuidos en democráticas bolsas de polietileno en partes más o menos iguales y entregados a los deudos que, en muchos casos, optan por velar un ataúd vacío.
Patrimonio nacional son, además, los osarios clandestinos y los cadáveres dinamitados. Y, por supuesto, los usos de la Morgue de Lima, donde en cada huelga los despojos yacen en el suelo sin refrigeración y a las finales, después de un endiablado papeleo, muchos parientes aceptan cualquier cuerpo con tal de llevarse uno.
Otra manera de ofender a los difuntos es mediante el olvido. Me refiero al olvido de verdad. Y aunque usted no lo crea, esta modalidad es exclusiva de los pulcros y apacibles japoneses, cuyo culto por las cenizas de los antepasados es cosa de fama universal. No hay familia que no conserve la memoria en polvo de sus padres o abuelos en algún rincón del hogar. Los ancestros participan de las fiestas o penurias de la casa. Son parte de la vida cotidiana.
Los japoneses son famosos también como grandes usuarios del ferrocarril. Los trenes shinkansen, que ruedan a trescientos kilómetros por hora, unen todos los puntos de la isla. Cuando van de vacaciones, muchos viajeros, hijos o nietos amorosos al fin y al cabo, suelen llevar entre sus vituallas las urnas con los restos de sus antepasados. Ahí comienza el problema. Las oficinas de objetos perdidos de la red ferroviaria de Japón están repletas de tantas urnas como de paraguas sin dueño. Parece que en los últimos tiempos han optado por colocarles etiquetas como a los frascos de muestras en los laboratorios.
Dada la lista, incompleta por cierto, de los maltratos que sufren los restos mortales en la Tierra, es imprescindible pensar en un más allá. Tanto dolor amerita algún compensatorio paraíso. O aunque sea un infierno. (2 de marzo de 1992).


Una casita con vista al mar

La vivienda de Robinson Crusoe era una maravilla, pero la de El Robinson suizo (novela de Johann David Wyss de 1813) era perfecta. No solo era una casa construida con palos y troncos y hojas de palmera, sino que se hallaba a diez metros del suelo, sobre la copa gigantesca de un ombú (o tal vez un árbol de pan). La austeridad metafísica del héroe de Defoe tenía los límites de una huraña choza a la orilla del mar, mientras que la imaginación doméstica y burguesa del helvético Wyss dotó a su casa de recovecos, escaleras, plataformas volantes y un intrincado sistema de de seguridad contra los salvajes y las fieras. Ese refugio fue sin duda la ilusión más alegre de mi infancia, y de todas las edades de mi vida.
(Otros niños, lectores de LULÚ, tenían como modelo al Club de Tobi. Una suerte de perrera en donde el rubicundo y gordinflón personaje daba rienda suelta a sus berrinches de gringo suburbano).
Mis pininos de arquitecto los hice resignado, a falta de un ombú, en el modesto patio de mi casa. Combinaba las sillas de la cocina con los tableros sobrantes de la mesa del comedor. Luego revestía los flancos y los techos con una vieja frazada de amenazantes tigres y una colcha de borlas. Eran estructuras frágiles, rituales, como las casas de té en el Japón.
A la edad en que los jóvenes poetas se sienten en olor de poesía, me asaltó la impostergable necesidad de poseer un santuario, calmo y oculto, para albergar mis líricas piruetas. Pensé en al altillo de Vallejo en París, y en el cuarto oscuro de José María Eguren. También el cartel que el poeta Juan Ríos solía colocar en su puerta cerrada: «No molestar: genio trabajando».
A falta de recursos, no tuve más remedio que instalarme en un cuarto de servicio en la azotea de la casa de mis padres. Armé unos libreros con tablones y ladrillos calcáreos donde, en estricta discriminación, solo tenían cabida las obras de mis poetas favoritos. Una mesa y un banco de Surquillo completaban el cuadro. Allí escribí algunos poemas inéditos por siempre y los que aparecieron en Destierro y en David.
Sobre la blanca pared principal pinté febrilmente un inmenso animal. Era un lobo verde petróleo con los ojos rojos, que iba acompañado de unos versos:

Mi paso por tu corazón
así lo anuncio
huellas de piedra
colmillos, altas orejas
varas de pino
rostro guerrero
mi bosque de garras
hasta
el
mar

Poco tiempo después, con unos amigos, entre ellos los poetas Calvo, Corcuera y Heraud, alquilamos por 120 soles mensuales una casita en la Bajada de los Baños de Barranco. Mundo feliz de recitales y jolgorios que a menudo culminaban con un chapuzón en el helado mar. La Casa de la Poesía era su nombre. Fue visitada no solo por todos los autores de postín, incluidos Pablo Neruda y Rafael Alberti, sino por las muchachas más bellas de la época. Pero las grandes noches de vino y de rosas no tenían lugar para el recogimiento de ese lobo estepario que entonces me habitaba.
Aunque en los años europeos que siguieron viví en apartamentos tan estrechos que por algún instante, sobre todo en los días de bruma, parecían ermitas o el cuarto (según foto) de Pound en la Liguria, volvía inevitable la codicia por el silencio infinito de los grandes maderos amarrados con cabo, las retráctiles escalas de bejucos, aquel refugio ajeno del Robinson de Wyss.
Ahora no pido casi anda. Me limito a envidiar a cada pobre diablo que posee un estudio so capa de poeta o de pintor. Creo haberme resignado, a la vera de mi medio siglo, a compartir los artes de escritor con el Nintendo de Alejandra y el rock de Soledad. Por lo demás, poseo una notable pericia para contestar el teléfono (siempre equivocado), atender a algún Testigo de Jehová y preguntar en vano quién dejó la toalla mojada en el sillón, al tiempo que doy imperturbable los últimos toques a un poema. Debo admitir que soy el feliz propietario de una pieza donde tengo mis libros y un robusto escritorio con talero de cuero y patas de león. Durante algunos meses, Alejandra, la menor de mis hijas, decidió inaugurar a la sombra del mentado escritorio una oficina de detectives. De modo que antes de entregarme a los oficios de la pluma, tenía que cuidarme de no aplastar la lupa y otros bienes muebles de la empresa vecina, incluida la propia locataria.
Desde hace ya un buen tiempo los bajos del escritorio están desocupados. Parece que no todo el mundo está dispuesto a compartir las incomodidades. No sé si Alejandra ha cambiado de rubro o, simplemente, como cualquier detective que se respete, ha instalado su estudio en la Quinta Avenida de Nueva York. (30 de marzo de 1992).

Antonio Cisneros (Lima, 1942 – 2012) fue catedrático, periodista, editor, gestor cultural, traductor, pero será recordado sobre todo por poeta, oficio por el que recibió las más importantes distinciones en habla hispana. Escribió, entre otros, Comentarios reales de Antonio Cisneros, Canto ceremonial contra un oso hormiguero, El libro de Dios y de los húngaros.