No Ficción

Es el escritor de Rio de Janeiro, pero su influencia se puede rastrear por todo el mundo. Una trayectoria literaria notable –con novelas como Bufo & Spallanzani y Agosto, y más de una docena de libros de relatos– por la que ha obtenido el reciente Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas. Pero es también un artista misterioso cuyas apariciones públicas son contadas. De eso va esta semblanza, de correr el velo que envuelve a un creador y su obra, y de saber de quién hablamos cuando hablamos de Rubem Fonseca.

Por Aldo Incio


Rubem Fonseca no da entrevistas. Es uno de los tópicos del mito, quizá el más importante, el que termina tallando su imagen de misántropo. De maldito. En los casi cincuenta años que viene publicando libros, el autor vivo más importante del Brasil, un planeta de ciento noventaicuatro millones de personas con fama de intensas, ha hablado (y se ha dejado ver) muy poco. Evita aparecer en los medios, rehúye a los periodistas y no brinda declaraciones ni a sus amigos. Es un especialista consumado en la ocultación. Si fuera mago, Fonseca desaparecería del escenario.
Nadie está seguro de los motivos de su aislamiento. Las teorías van desde el rabo de paja político hasta el simple deseo de hacer lo que le venga en gana. Se sabe mejor callado, sospechan algunos, y otros, que tal maniobra alimenta su fama de misterioso, en un país de novelas, telenovelas y novelería. Fonseca fue, en otra vida, asesor y estratega policial y político, lo que podría sugerir una maniobra de marketing intuitivo y funcional.
¿O es otro truco de un escritor de intrigas?

Lo que creemos saber de Fonseca
José Rubem da Fonseca (Zé Rubem) nació en Juiz de Fora, Minas Gerais, en mayo de 1925. Sus padres, que ya habían huido de la pobreza en Portugal, escaparon nuevamente hacia una promesa de bienestar en Rio de Janeiro cuando el futuro escritor tenía siete años. Desde entonces Fonseca es, sobre cualquier adjetivo, carioca.
Ha dicho (por escrito) que a los cuatro años aprendió a leer sin ayuda, pero que fue el cine su primer gran amor. También ha contado que, siendo adolescente, ganó una máquina de escribir en un concurso, por lo que optó por la literatura (pues si hubiese ganado una cámara, habría sido cineasta). Aun así, ha realizado media docena de guiones y, correspondiendo a la simbiosis, lo cinematográfico sobrevuela sus ficciones: una narrativa potente, extremadamente gráfica, en la que el timing de las acciones y el peso de lo atmosférico se sienten en cada tramo, en cada paso (en falso) que da el lector antes de cada giro y sus astutas transiciones.
Contradiciendo en parte lo anterior y avivando de paso su mitología, Fonseca también ha dicho que su temprana vocación por la escritura provino de la redacción constante de cartas de amor. En «Pierrot de la caverna», un cuento introspectivo del libro de 1979 El cobrador, pone en boca de su protagonista lo siguiente: «En cuanto a mí, lo que me mantiene vivo es el riesgo inminente de pasión y sus coadyuvantes: amor, gozo, odio, misericordia». Sentencia aplastante de un hombre que prefiere que sus creaciones hablen por él. Sin embargo, su talento es todo menos casualidad. En José, una novela autobiográfica publicada el año pasado y aún sin versión en español, el autor cuenta sobre el niño que fue, obsesionado por la lectura de Dumas y de los clásicos de la aventura juvenil. Ya en Rio, seducido –fulminado, diríase– por la exuberancia de ese nuevo mundo que sería para siempre el escenario de sus fantasías, descubrió el teatro y la biblioteca. A los dieciocho años escribió un conjunto de cuentos, y se lo llevó a un editor. Este lo rechazó por considerarlo obsceno, y lo terminó extraviando. Fonseca le dijo que volvería a escribirlo. Recién veinte años después, en 1963, publicó Los prisioneros, su primer libro.
Se sabe que adora el fútbol, y que es torcedor del Vasco da Gama, equipo de descendientes de portugueses, aunque en su juventud jugó en las divisiones menores del Flamengo. Estuvo en la derrota de Brasil ante Uruguay en la final de la Copa del Mundo de 1950, el conocido «maracanazo». En una crónica de La novela murió, de 2006, escribió: «Cuando el juego acabó, el silencio fue profundo, tan estruendoso (perdonen el oxímoron) que dolía en nuestros oídos. Doscientas mil personas mudas y sordas. Hasta nuestros llantos eran silenciosos, y las lágrimas corrían únicamente de los ojos de los más fuertes. (…) el sufrimiento de la derrota es siempre más avasallador e interminable que la euforia de la victoria».
Más datos: fue vendedor de corbatas mientras estudió Derecho, especializándose en Penal y graduándose en 1948 con honores. A los veinticuatro, entró a la Academia de Policía de Rio de Janeiro y se convirtió en uno de los tres mejores alumnos de su clase. Nunca fue un vigilante con pito ni bastón al cinto. El último día de 1952, a la edad de veintisiete años, ingresó por primera vez a la estación policial del suburbio São Cristóvão, comenzando su carrera de comisario. En el cuaderno de ocurrencias apuntó los cinco incidentes que sucedieron durante su turno: atropellamiento, robo de documentos, choque de vehículos con muerte, agresión con cuchillo y heridas por arma de fuego.
Viajó a Nueva York en 1953 para recibir una capacitación, pero aprovechó para quedarse y dar algunas vueltas. Vivió en el mítico Hotel Chelsea, donde conoció, entre otros, a Dylan Thomas, con quien tuvo un encuentro fugaz minutos antes de la muerte del poeta galés, tal como lo cuenta en, valga la redundancia, «Bebiendo con Dylan Thomas en Nueva York». Fonseca se volvió un apasionado de la cultura norteamericana y de autores como Philip Roth, Norman Mailer y Saul Bellow. Pero fue el descubrimiento de Raymond Chandler y de Dashiell Hammett lo que signaría su interés por el género policial.
En 1958 dejó la policía.
Los intelectuales solían ser de izquierda, así que desde entonces Fonseca es una excepción. Al poco tiempo era uno de los hombres más importantes de la compañía de energía eléctrica Light, la mayor empresa privada del Brasil. Su dueño, Antonio Gallotti, fue un hombre inimaginablemente poderoso que, por entonces, fundó el Instituto de Pesquisas y Estudios Sociales (IPES), un think tank dedicado a difundir el pensamiento liberal y antimarxista que contribuyó con el golpe militar que sacó del poder al presidente João Goulart. Allí conoció a su primer editor (de verdad) y publicó, no sin ciertas reticencias, Los prisioneros. En 1965 entregó El collar del perro, una obra maestra también compuesta de relatos, con la que obtuvo el premio Pen Club de Brasil. Su tercer volumen de cuentos, Lucía McCartney, es de 1967.
Además de buenos libros, esos años trajeron consigo los cimientos de la leyenda, pues los detractores de Fonseca lo acusaron de haber trabajado para la dictadura. Él siempre lo negó asegurando que, si bien participó en el IPES, lo hizo realizando tareas menores, como la elaboración de guiones de avisos publicitarios. Lo cierto es que fue víctima de la censura durante los años infames de la represión en su país. En 1975, su libro de cuentos Feliz Año Nuevo fue confiscado, acusándosele de inmoral, prohibiéndose su publicación por todo el país. Pero, ¿qué hace que un libro y, por extensión, un autor, sea sujeto de censura? En Fonseca se podría entender de la siguiente manera, a través de uno de sus personajes memorables, Gustavo Flavio (un guiño a su querido Flaubert), en la clásica novela de 1986 Bufo & Spallanzani: «El escritor debe ser especialmente un subversivo, y su lenguaje no puede ser el mistificatorio del político y del educador, ni el represivo del gobernante. Nuestro lenguaje debe ser el de no conformismo, el de no falsedad, el de no represión. El escritor debe ser siempre un irreverente, molesto, agresivo con su realidad aunque a algunos les fastidie».

Aún hoy, la leyenda carioca no ha podido desprenderse de esa fama de conspirador. Y ese es un buen motivo para permanecer callado. Pero no es menos cierto que la literatura de Fonseca es, en esencia, una prosa dedicada a desenmascarar al ser humano, a mostrarlo tal como es, a mirarlo en el fango, a ayudarlo a salir, a volverlo a arrojar, con una sonrisa apretada entre los dientes. Apunta a la estructura de las sociedades, se mueve entre las clases, ironiza, sentencia, remueve escombros, los produce. Se alimenta de las miserias para afirmarse, mira al cuerpo y lo vuelve auténtico, retrata con crudeza la violencia urbana, muestra las diferencias entre los que tienen y los que no.

La conversión silenciosa
Después de la publicación de sus tres primeros libros de cuentos, que le dieron notoriedad en el medio literario, se rehusó a dar entrevistas porque «todo lo que tengo que decir está en mis libros». Se oculta, como su contemporáneo Dalton Trevisan, otro misterio de la literatura br asileña; o su amigo, el mítico Thomas Pynchon, quien llegó a afirmar: «Lo mejor de Fonseca es no saber adónde nos va a llevar. Siempre que comienzo un libro suyo es como si sonara el teléfono a medianoche: ‘Hola, soy yo. No vas a creer lo que está sucediendo’. Cada libro suyo es un viaje que vale la pena, un viaje de algún modo necesario».
Pero hay que resaltarlo: en los últimos años el escritor brasileño ha tenido algunas presentaciones fuera de su país, en las entregas de premios o reconocimientos, y ha comenzado a hablar, principalmente a los jóvenes, tal como ocurrió el 27 de agosto de 2009, el día que Rubem Fonseca se presentó en Lima. ¿La razón? El grado Honoris Causa que le otorgaría la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, entre otras razones, por ser «el representante más conspicuo de la cultura del Brasil contemporáneo», leyó en su discurso Marco Martos.
Aquella mañana la ceremonia oficial transcurrió por el cauce previsible, pero se corrió la voz, principalmente entre alumnos y ex alumnos de Letras, de histórica hinchada fonsequiana, y se organizó una velada más informal, esa misma noche, en un salón de la embajada de Brasil, en Miraflores. Y allí estaba: Fonseca-Nosferatu, con la misma pelada, ojeras profundas y orejas largas y puntiagudas que el personaje de la célebre película de Murnau. Vestía de negro, algo con cuello tortuga que lo hacía ver más delgado, si cabe. Daba la impresión de ser un tipo muy serio, adusto, dueño de una voz cavernosa. Luego de las presentaciones, todos se hacían la idea de que aquel viejecillo lúgubre simplemente agradecería y se marcharía. Pero acabados los elogios, el vampiro tomó el micrófono y se puso de pie. Explicó que era peripatético, que no podía hablar sin caminar. Y como si le hubieran inyectado sangre fresca, se lanzó hacia el público. Respondió todo y a todos, sin remilgos ni diplomacia, con muchísima gracia. Con encanto. Fonseca, el humano, también era asombroso, fascinante.
Al día siguiente, el periodista Enrique Planas publicó una semblanza del autor en el diario El Comercio. «Se lo pregunto directamente –dice Planas en la nota–: ¿Hace cuánto no da una entrevista? El escritor se toma su tiempo en responder: ‘Una vez di una… hace treinta años’».
Se trata de una postura casi militante la que tiene el escritor carioca con los medios. Así quedó plasmado para el propio equipo de Buensalvaje cuando intentamos alcanzar su voz. Para ello, recurrimos a los amigos íntimos, al acoso de sus familiares, a distintos niveles de la burocracia diplomática y a los centros culturales. Probamos con editores, escritores, colegas que tuvieran algún tipo de acceso… Al final, una tarde llegaron –a través de un intermediario y con la dirección electrónica debidamente borrada– las únicas líneas que nos brindaría el autor de El cobrador:

Meu caro amigo X: Peço que agradeça em meu nome o honroso convite que me fez para uma entrevista. Porém, por motivo de uma idiossincrasia que eu nem mesmo sem explicar, não dou entrevistas nunca.
Conto com a compreensão do jornalista desejando que a sua revista «Buensalvaje» continue tendo um sucesso cada vez maior.
Um forte abraço,
Rubem

Fin. Amable pero categórico.
A la mañana siguiente de ese mensaje, el 27 de setiembre último, llegaron noticias desde Chile: Rubem Fonseca había recibido el primer Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, otorgado por el Gobierno de ese país y su Ministerio de Cultura. Un equivalente al de Poesía Pablo Neruda, un galardón nuevo pero siempre justo para el ex comisario de ochentaisiete años. Luciano Cruz-Coke, Ministro de Cultura chileno, dijo sentirse orgulloso de premiar a Fonseca, «quien con su prolífica obra ha influido poderosamente la narrativa iberoamericana». El escritor Iván Thays, miembro del jurado del premio agregó, desde su blog Vano Oficio del diario El País, que para él fue «un descubrimiento, un autor genial, un brasileño que estaba reinventando la novela social convirtiéndola en una novela policial donde los grandes temas eran tocados de soslayo pero sin dejar de ser contundentes… una escritura hecha con los nervios, con los músculos y con el estómago». Imposible estar más de acuerdo.
Fonseca es popular sin hacer concesiones. Es un bestseller talentosísimo, feroz, afilado. Un grande.
Este año tampoco ganó el Nobel que tanto merece, y lo cierto es que Fonseca es, aunque parezca increíble, aunque suene absurdo, un hombre muy viejo. Quizá la Academia se lo pierda.
Un hombre que parece haber vivido muchas vidas.
Una leyenda viva, potente.

Los hábitos hacen al autor
Ante el dilatado alejamiento del ojo público, no sorprende que la figura de Rubem Fonseca y, sobre todo, su cotidianidad, despierten el morbo colectivo. Por lo pronto, se sabe –porque lo ha dicho él en sus textos, lo han dicho otros, lo dice la leyenda– que casi no duerme, que se levanta tempranísimo, que lee mucho (sobre prácticamente todo), a un promedio de cien páginas por hora. Cien. Que sus platos favoritos son todos a base de brócoli, que gusta del bacalao, que gusta más de la sardina, que detesta la cebolla. Que le obsesionan los ejercicios físicos. De otro lado, disfrutaba del vino y los habanos, pero ha tenido que dejarlos. Oye rock. Es Tauro, como sus admirados Balzac, Freud, Nabokov, Shakespeare, Bertrand Russell, Gary Cooper y Orson Wells. Vive solo en un departamento que es más una biblioteca, con unos ocho mil ejemplares diseminados, una casa tomada. Sigue el fútbol, mira cine siempre. Es un amante de los árboles, un dendrófilo. Y de las mujeres.
Muchas de sus manías y aficiones parecen trasladados a los personajes de sus cuentos y novelas, en los que también encontramos elementos constantes: la literatura, la reflexión a través de sus personajes, el crimen, hombres desdichados que se ganan la vida realizando quehaceres que les permitan sobrevivir, presentados muchas veces como seres errados de la naturaleza, el erotismo, la denuncia implícita hacia los poderes que rigen los destinos del mundo, la subversión de las buenas costumbres, las mujeres. Todo esto matizado con un lenguaje desgarrado y efectivo, nada concesivo. La palabra justa, como diría Flaubert, uno de sus héroes. En el cuento «El enemigo», de su primer libro, leemos: «El hombre es un animal solitario, un animal infeliz, solo la muerte puede ponernos de acuerdo». Cuarenta años después, su guion para la película El hombre del año (dirigida por su hijo José Henrique, autor de la reciente y aclamada Heleno) comienza con un personaje diciendo esto: «Antes de que uno nazca, alguien, tal vez Dios, define con exactitud cómo va a joderte la vida. Esa era mi teoría. Dios solo piensa en el hombre en el arranque. Cuando decide si tu vida será buena o mala. Cuando no tiene tiempo, hace una guerra, un huracán… y mata un montón de gente sin tener que pensar en nada. Pero en mí, Él sí pensó».
Con el cierre de la editorial Norma, muchos se preguntan qué sucederá con los títulos de Fonseca. Ahora, los derechos para Sudamérica los maneja la chilena Tajamar. Su director nos ha asegurado la continuidad y ampliación del catálogo del carioca. Así podremos seguir disfrutando de su narrativa limpia, directa; de esa prosa negra del amor, la locura y la muerte: nadie como Fonseca para narrar la tensión entre Eros y Tánatos que vive en el corazón de cualquier hombre o mujer o huracán de la vida real, como uno, en cualquiera de nuestras pobres ciudades.

Aldo Incio (Lima, 1981). Es literato y librero.

«Betsy»
Historias de amor (1997)Betsy esperó el regreso del hombre para morir.
Antes del viaje, él había notado que Betsy mostraba un apetito extraño. Después aparecieron otros síntomas, excesiva ingestión de agua, incontinencia urinaria. El único problema de Betsy era la catarata en uno delos ojos. A ella no le gustaba salir, pero antes del viaje había entrado inesperadamente con él en el elevador y pasearon por la orilla de la playa, algo que ella nunca había hecho.
El día que el hombre llegó, Betsy tuvo el desvanecimiento y permaneció sin comer, acostada en la cama con el hombre. Los especialistas que consultaron dijeron que no había nada que hacer. Betsy sólo salía de la cama para beber agua.
El hombre permaneció con Betsy en la cama durante toda su agonía, acariciando su cuerpo, sintiendo con tristeza la flacura de sus piernas. El último día, Betsy, muy quieta, los ojos azules abiertos, clavó la mirada en el hombre con la misma mirada de siempre, que indicaba el alivio y el placer producidos por su presencia y sus caricias. Comenzó a temblar y él la abrazó con más fuerza. Al sentir sus miembros fríos, el hombre acomodó a Betsy en una posición más cómoda en la cama. Entonces ella extendió el cuerpo, como si se desperezara, y volvió la cabeza hacia atrás, en un gesto lleno de languidez. Después estiró el cuerpo aun más y suspiró, una exhalación fuerte. El hombre pensó que Betsy había muerto. Pero algunos segundos después emitió otro suspiró. Horrorizado por su meticulosa atención el hombre contó, uno a uno, todos los suspiros de Betsy. Con el intervalo de algunos segundos exhaló nueve suspiros iguales, con la lengua de fuera, colgando de lado en la boca. Luego empezó a golpearse la barriga con los dos pies juntos, como lo hacía ocasionalmente, sólo que con más violencia. En seguida quedó inmóvil. El hombre pasó la mano con suavidad por el cuerpo de Betsy. Ella aflojó y estiró los miembros por última vez. Estaba muerta. Ahora, el hombre lo sabía, estaba muerta.
El hombre pasó la noche entera despierto al lado de Betsy, acariciándola con cuidado, en silencio, sin saber qué decir. Habían vivido juntos dieciocho años.
Por la mañana, la dejó en la cama y fue a la cocina y preparó un café. Fue a tomar el café a la sala. La casa nunca había estado tan vacía y triste.
Por fortuna el hombre no había tirado la caja de cartón de la licuadora.Volvió al cuarto. Cuidadosamente, colocó el cuerpo de Betsy dentro de la caja. Con la caja bajo el brazo caminó hacia la puerta. Antes de abrirla y salir, se secó los ojos. No quería que lo vieran así