Ficción

Ya de nada me sorprende

Por Ulises Gutiérrez


Este mundo, raro que es, ya de nada me sorprende. Esta sequedad de ahora, por ejemplo, nada es comparado con el que hubo cuando yo era maltón. La sequía que hubo aquí cuando yo era maltón, hace años de años ya, cuando aquí no había carretera, ni autoridad, ni nada de esas máquinas que ahora se ve; esa sí que fue una sequía bien seca, larga larga, pura desgracia nomás.
El loco Tarulichi siempre traía malas noticias y esa vez que te digo él también trajo la mala noticia. ¡El Moccomocco está muriendo!, ¡el Moccomocco está muriendo!, gritando gritando entró el loco al pueblo, tempranito, antes de que claree el día todavía. Nadie le atenció creyendo que era otra de sus pendejadas para asustarnos, para burlarse de nosotros. ¡Calla, mierda!, le gritó tayta Aparicio Cuéllar, que salió de su casa, medio calato todavía, amargo porque el loco siempre venía a fastidiar ahí, y lo correteó a fuetazo limpio hasta la bajada de Chalapampa. Pero justito cuando el loco ya se ha había desaparecido como alma entre los álamos del camino, por ahí mismo se apareció como un espanto mama Silvia Ccanampa. ¡El puquio se ha muerto!, ¡el puquio se ha muerto!, llorando llorando, gritaba como si a ella, ya también, le hubieran pegado. De los pies lo agarró a tayta Aparicio, como si fuera su marido todavía, y llore que te llore le explicaba, quechuando, que ahora sí estábamos jodidos, que ahora sí Diosito nos había abandonado, que ahora sí todititos nos íbamos a morir.
Ahí sí todos empezaron a salir. Remigio Chumbe, Jacinto Vilcatoma y yo, incrédulos que éramos, fuimos corriendito hasta el puquio. Y cierto era, pues. El Moccomocco, que desde que la sequía se fue alargando alargando alargando… una cosecha, dos cosechas, tres cosechas, más todavía; ya estaba casi muerto. De un riachuelazo que era, que solito se regaba toda las chacras de Sayna, de Maras, de San Benito, y que encima todito el pueblo nos tomábamos agua, nos lavábamos la ropa, un hilito nomás quedaba.
Como si el cura Chumpitaz nos hubiera campaneado, toditos terminamos frente a la iglesia. ¡Cómo ya pues Dios nos puede castigar así! ¡Qué pecado ya también estamos pagando!, decía Sólida. A la virgencita hay que sacar en procesión, de nuevo hay que sacar, le exigía al cura como si ella fuera más cura que el cura. Claro, para ella facilito era eso pedir porque ella no tenía que cargar semejante anda de la virgen María, nuestra patrona del pueblo que era. Todos los adultos y los maltones que éramos en esos tiempos, ya cansados estábamos de sacar en procesión a la virgen, a taytito Corazón de Jesús, al Señor de los Milagros; hasta a la Cruz Verde del cerro Paccpaloma, tremendos troncazos que eran, habíamos traído desde la cumbre, arribota que era y lo paseamos por todo el pueblo rogando rogando, rezando rezando a Dios para que de una vez lloviera, y nada, nada de llover.
Nada funcionaba. Ni el pago que hicieron los comuneros de San Cristóbal, con su coca quinto, su cañazo fuertote todavía; ni los pajonales que quemaron los comuneros de Pachay como si fuera junio todavía, ni los corderitos que enterró el churcho Solórzano en el cementerio, medio brujo que era; nada hacía que el cielo volviera llover. Ni siquiera nubes se aparecían. Todo azulito nomás el cielo se pasaban los días, las semanas, los meses. Ya qué íbamos a sembrar nada así. Con el calor, toda la sementera de los cerros donde no había riego se secaba. Hasta el ganado como charqui andaba, flacos flacos comiendo chala, pasto seco nomás, y se nos moría.
Pero así y todo nosotros habíamos aguantado hasta esa vez. Sabe Dios de dónde ya habría sacado agua el Moccomocco todo ese tiempo en medio de tanta sequedad; siquiera regando los que teníamos chacras en Sayna, en Maras, en San Benito, un poquito papa, un poquito maíz, podíamos comer. En cambio de otros lados, de Taccas, de Ccananpata, ahí donde solo de la lluvia dependían las cosechas, hambrientos ya también en fila la gente llegaba. Flaquitos flaquitos. Uno, dos días se quedaban en el pueblo y como no había comida para todos, a Pampas, a Huancayo, se iban. Se iban.
Toda esa sequedad me había presentido yo. Cuenta me di el mismo día de la última lluvia que llovió. Has dado cuenta que ningún kiskís está cantando, cumpa, le dije a Jacinto Quispe, mi compadre que era en ese entonces. Cierto era pues, de largo rato ya que había terminado la lluvia, de largo rato ya que había empezado a orear, y el kiskís nada de cantar. Por ahí andarán pues jodiendo, cumpa, me dijo, burlándose todavía mi compadre. Así será, pues diciendo dije; a lo mejor una vez en la vida se habrán distraído pues; a otro lado ya también se habrán ido a cantar, diciendo dije. Pero cuando me fui a cazar perdices y no encontré ninguna perdiz, ahí sí que me comencé a preocupar. Una semana, dos semanas buscando estaba y ninguna perdiz podía encontrar. Ni siquiera en los barrancos de Inta, en los cañones de Muyocc donde ponían sus huevos de chocolate para empollarlos como gallinas, ni siquiera ahí había. ¡Pacapaca!, ¡pacapaca!, como ellas diciendo, me paseaba por todos lados, y nada, no aparecían. Antes rapidito, ¡pacapacapacapaca!, diciendo me contestaban, y zuac, con mi jebe proj, me los bajaba. Ya se habían ido pues a otros lados, de repente, más atrás, atrás del Ccollcceloma todavía, donde la selva ya dice que era, donde llovía como siempre dice. Ahí se abrían ido pues las perdices, decía yo. Claro, que iban a cantar: pacapaca pacapaca, diciendo, como antes, antes de llover, si en el pueblo hace meses ya que no llovía.
Después de ahí, feo feo todo se fue poniendo. Poco a poco varios del pueblo se han comenzado a ir. Cuando el Moccomocco se secó, más todavía. Ya sin el Moccomocco, ¿qué íbamos a hacer? ¿Sin agua ya pues quién vive? A Pampas, a Huancayo como los hambrientos ya también con sus mulas sus caballos casi todos han empezado a irse porque ya ni el hilito de agua que brotaba alcanzaba para todos. Los que quedábamos ya también de donde sea teníamos que buscar agua, hasta del Ccachamocco hemos tomado agua. Antes qué íbamos a usar ese puquial que hasta los chanchos lo despreciaban por su sabor a pichi que era, pero así y todo teníamos que aguantar, y agua del Ccachamocco hemos tomado.
Yo una semana más nomás aguanté. Mi comida ya estaba acabando. Y eso que yo solito nomás vivía en ese tiempo, soltero todavía que era; mis padres con el resto de mis hermanos en Chocce todavía vivían; así solito que era tenía que medir mi comida. Por eso yo ya también tenía que irme; como los hambrientos me iré pues con mis padres, mis hermanos, diciendo me fui del pueblo con mi mulita nomás; matando mis últimos carneros, cerrando, amarrando mi casa nomás, me he ido, yo que nunca había salido del pueblo, yo que nunca había ido a esas ciudades; de oídas nomás que conocía, igualito me fui.
De temprano salí. Hasta Chocce caminaré para llegar en la nochecita y dormir donde mis padres mis hermanos, diciendo dije; de ahí con todos, convenciéndolos, nos iremos juntos, diciendo salí. Con mi cancha con cal, con mi agüita de cedrón y un poco de maíz que me quedaba cargando en mi mula me fui. Como a las cuatro de la tarde dando la vuelta Cconoloma ya estaba, normal nomás, caminando, guardando fuerzas para los días siguientes que sí teníamos que caminar duro. Tiempo que no iba por ahí. Pura quichka nomás había, pura tuna, puro gigantón; hasta los álamos seco seco nomás estaban. Pena me dio en ese rato. Antes qué iba a ser así. Todo verde, bonito, lleno de chilca, de ciraca que estaban esos montes. Ahora nada había, pura tierra, puro seco, pura muerte nomás parecía. Ahí me lloré. ¿Cómo ya pues tanta sequedad? ¿Quién ya podía vivir así? Ni en la guerra con Chile dice que había sido así. Don Severiano Yangali, viejito viejito que era y que todavía en el pueblo vivía en ese entonces, y que había peleado junto con el mariscal Cáceres en la guerra con Chile, ni siquiera en esos tiempos dice que había habido tanta hambre.
Diosito me habrá escuchado ahí. Ahí fue que clarito clarito escuche: kiskís, kiskís. Rapidito me callé. Kiskís, kiskís, sonaba. Loco ya, como el Tarulichi me estoy volviendo, diciendo dije, cómo ya pues el kiskís va estar cantando si hace más de dos años que no hay lluvias. Kiskís, kiskís, de vuelta sonaba. Rapidito he seguido el sonido, difícil que era ubicar todavía porque como los chillicos, igualito a esos, el kiskís parece que canta por aquí, pero en realidad está por allá, y cuando te estas acercando, rapidito se calla. Despacito despacito me acerqué a las pencas que de ahí yo clarito sentí que venía el sonido. Y lo encontré. Bien ocultadito que estaba detrás; verde, acurrucadito, como hoja de chilca que estaba, rapidito lo ubiqué porque era lo único verde que había. Medio muerto estaba. Todo flaco, medio transparente ya porque no tenía nada en su panza. Ni siquiera quiso volar. Ahí en la palma de mi mano tranquilito se quedó. Qué cosa ya también estás haciendo aquí, diciendo le dije. Como loco ya también hablándole estaba yo. No cantaba. Con sus ojazos nomás me miraba, todo frío, como sapo me miraba. Canta pues, canta, diciendo le decía, y él, opa se quedaba.
Pena me dio en ese rato. ¿Qué pensando ya también había cantado, si todo era seco nomás? A mí ya también te pareces, diciendo le dije, loco como yo ya estás, diciendo le dije. Pena me dio en ese rato y lo metí a mi bolsillo; y cuando de nuevo estoy empezando mi caminata, otra vez: kiskís, kiskís, por otro lado ya también comenzó a sonar. Después, más allá: kiskís, kiskís. Mas acá, kiskís, kiskís. Ahora sí loco ya estoy, diciendo me arrodillé. Me puse a rezar. Hay Diosito, aunque sea a Chocce nomás déjame llegar, pues, donde mis padres mis hermanos déjame llegar, diciendo le dije. Ahí es donde Dios me ha iluminado. A lo mejor ahora que el mundo anda al revés, ahora que ya nada funciona como antes, a lo mejor ahora el kiskís ya no canta después de la lluvia, sino antes de llover, diciendo dije. ¡Eso debe ser! Si no, ¿de dónde ya tanto kiskís había salido si no que tanto empeño por cantar? Entonces corriendito me fui para Chalana, al fundo de don Severiano Yangali, dos horas antes de Chocce que estaba. Él, bien sabio que es, medio ciego y todo que lee, él debe saber por qué recién ahora hay tanto kiskís por aquí, diciendo, corriendo corriendo me fui. Cuando cerca ya estoy de su casa, cuando sus perros ya me estaban ladrando del otro lado de la quebrada, en el cielo una nube, otra nube comenzó a aparecer. Negro negro se venían como nunca desde de detrás del Ccollcceloma, de la selva ya dice que era. ¡Ya ves, ahora todo funciona al revés!, diciendo dije. ¿Cuándo ya pues las nubes venían de ahí? ¿Cuándo ya pues el viento venía de ese lado? ¡Ahora sí va a llover! ¡Ahora sí va llover!, comencé a gritar. Más todavía he corrido con mi pobre mula, todo cansado que estaba y al ratito, ¡proj!, ¡proj!, los truenos comenzaron a reventar. ¡Zas!, ¡zas!, un chaparronazo comenzó a llover.
Mojadito llegué a la casa de don Severiano. Ahí también el kiskís ya estaba cantando por todos lados, por todo el monte. Déjame descansar un poquito en tu patio pues, don Severiano, diciendo le dije, a Chocce nomás me estoy yendo, diciendo le dije. De otras cosas ya también hemos hablado los dos, como si no fuera raro que estuviera lloviendo después de tanto tiempo. A lo mejor, yo nomás a los kiskís estoy escuchando, diciendo dije, a lo mejor yo nomás estoy viendo la lluvia. No le conté nada de lo que había visto. Ya ni del kiskís que tenía en mi bolsillo le hablé; loco como al Tarulichi ya también no me vayan a creer, diciendo dije. ¿Qué me iban a creer pues, en ese tiempo, que ahora el kiskís canta cuando le da la gana?

Ulises Gutiérrez (Huancavelica, 1969) es ingeniero y narrador. Ha publicado el libro de relatos The Cure en Huancayo (2008) y la novela Ojos de pez abisal (2012).
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