Aportes

Ernesto Gianoli Molla

Sinatra


No sabes el gusto que me da verte después de tantos años, Tomás. Salud por el reencuentro, carajo. Vaya coincidencia: dos ex-alumnos del colegio Miguel de Cervantes encontrándose en el aeropuerto de Barajas. Claro que las circunstancias son muy diferentes. Sí, hombre, no me dirás que se puede comparar mi cortísimo viaje a Nápoles para sobornar a quién se ponga delante hasta conseguir el certificado de ciudadanía de mi difunta nona, con tu viaje a la tierra de los vikingos para unirte en pagano matrimonio, a la usanza escandinava, con una doncella sueca, nada menos. Caray, quién lo habría imaginado en aquellos tiempos del colegio. Porque para serte franco —y no es porque el jerez se me haya subido a la cabeza— tú eras… ¿cómo decirlo?, más bien del grupo de los lornas. Hace años que no usaba esa palabra: lorna. Creo que ahora se dice nerd. Cómo nos han globalizado hasta los insultos. Bueno, no importa. Me alegra que no lo hayas tomado a mal. Pero es la verdad, hermano. Nunca me voy a olvidar de esa clase de historia del zambo Loayza en la que, una vez más, nos contaba el cuento de las frases célebres de los héroes, porque no me vas a decir que alguien en su sano juicio puede tragarse que el glorioso Alfonso Ugarte antes de tirarse por el acantilado con la bandera peruana para evitar que fuera mancillada por el enemigo, y en medio del zafarrancho de disparos, cañonazos y gritos, se detuvo un instante para decir, mirando hacia la posteridad: “No tocaréis ni la cola de mi caballo”. No jodas pues hermano, ¡ni de a vainas! Además, en el muy improbable caso que aquel soldado hubiera tenido semejante delirio tragicómico, ¿quién carajo habría tenido la fina gentileza de detenerse a escucharlo y anotar su frase para el bronce? Bueno, recuerdo que después de que el zambo Loayza terminara de endilgarnos su patriotera lección, tú te paraste de pronto y le dijiste: “Qué emocionante es la historia del Perú, profesor”. Te juro que yo no fui el que te tiró el Pequeño Larousse por la cabeza. Honestamente me pareció un exceso, yo siempre he cuidado mucho los libros. Yo te tiré un borrador y fallé, siempre he tenido mala puntería.

Pero ya ves, pasaron los años y el “aspirante a monaguillo abusado por un fraile de provincia” (no te molestes, esa chapa te la puso el Gato Bernaola, que en paz descanse) se convirtió en un brillante… ¿ingeniero civil me dijiste? Ah, claro, en un brillante representante de ventas de Ericsson. Ojo que Ericsson es una de las transnacionales más grandes de este puto planeta. Y ahora te vas a casar con una sueca, nada menos. No sabes las ganas que tengo de conocerla. Sí, ya sé, las mujeres una vez que entran al Duty Free ya no las sacan ni con grúa. Pero tarde o temprano tiene que aburrirse, y entonces me la presentas. Además, si dices que la acompaña tu hermano no creo que se demore mucho: los hombres no nacimos para vitrinear. Espero no estar muy borracho para la ocasión. Como aquella vez de la fiesta del colegio en el Club Naval. ¿Te acuerdas? Cómo no te vas a acordar, si al final nos botaron a patadas por culpa de Mandibulín. ¿No te acuerdas de Mandibulín? No te creo. Haz memoria. Acuérdate que él se acercó a tu enamorada… Ah, era tu prima, bueno, da igual. Te decía — ¿en serio no te acuerdas?— que el degenerado de Mandibulín se acercó a tu pareja y le preguntó si podía sacarse la prótesis dental en caso de sexo oral de emergencia. La que se armó, hermano. Porque parece que el Chino Lam escuchó todo y se le tiró encima a Mandibulín (tú sabes que el Chino nunca le perdonó a Mandibulín que desflorara a Sandrita Aguirre justo en la víspera de su regreso del viaje de intercambio), y allí saltó toda la patota de Punta Hermosa y se armó el despelote. Hasta los músicos contratados se metieron a repartir patadas voladoras y cabezazos en la cara, seguro que en solidaridad contigo porque tu terno de lentejuelas era igualito al del vocalista. Por la pinta que traías esa noche te hiciste acreedor al otro apodo que, tengo que reconocer, lleva mi firma. ¡No, no me digas que todavía no sabes por qué desde esa noche pasaste a ser Sinatra para todo el colegio! No, no es por la voz, yo no tengo la menor idea de si cantas bien o mal o como Julio Iglesias. No, tampoco es por los ojos azules; de hecho no recordaba que tuvieras ojos claros. Mira, tú sabrás perdonar la chiquillada, es una cojudez muy infantil: en realidad Sinatra era por sin-atractivo-alguno. Pero no te vas a molestar por eso, que ya está enterrado en el pasado.

Así que Suecia, nada menos. Mira tú: otra coincidencia. Yo estuve en Suecia en el 94, fui —como ahora— pagado por mi hermano Julio a comprar unos catálogos industriales que no se vendían por correo. ¿Te acuerdas de Julio? Bueno, no tienes por qué acordarte, pero —no me vas a creer— el año pasado me preguntó que qué sería de la vida de Sinatra. Y yo ni idea, pero fíjate lo que son las cosas, nos venimos a encontrar aquí, justo aquí. Te decía que estuve en Suecia, menos de una semana, pero fue suficiente para tener una de las experiencias más extrañas que me ha tocado vivir, una situación que parece sacada de un libreto de Buñuel. Te la voy a contar con detalle, porque de otro modo no vale la pena. Además ni tu doncella sueca ni tu hermano aparecen todavía. Pero antes otra copita de jerez, compadre.

Como siempre ahorra gastos (seguro así amasó la fortuna que tiene, el desgraciado), Julio me mandó a la casa de unos amigos de su ex, en Estocolmo. Una pareja mixta: él era sueco y ella uruguaya. Claro, lo primero que se le pasa a uno por la cabeza con esa información telegráfica es ¿Cómo estará la uruguaya? Mira, hermano, era psicóloga pero con ese físico podía hacer carrera como guardaespaldas de Arafat. Noventa kilos al menos, casi uno ochenta de estatura, brazos de estibador. Y el sueco no era precisamente el prototipo del vikingo. Uno sesenta y cinco, con suerte, y una cara de gnomo sátiro que hasta a mí me llegaba a dar miedo cuando se acercaba a mi sofá-cama a decir buenas noches. Eran muy amables, excelentes personas, no lo puedo negar, pero su sentido del humor era algo que yo no podía captar sin un par de psicotrópicos adentro. Todos los santos días Sven, que así se llamaba el gnomo, le pedía a Silvana -la sílfide- que hiciera la imitación de Göran Persson para mí. Y ella comenzaba a balbucear en sueco mientras se metía las manos en los bolsillos y se bamboleaba toscamente como un oso mareado. Todos reíamos. Ellos dos seguro se reían de Göran Persson, yo me reía de lo patético de la situación, de las nulas artes dramáticas de la osa, y de mi mala suerte. Porque si era suficiente frustración llegar a Suecia y no poder corroborar el mito del porno duro y la liberalidad sexual femenina, ya me parecía demasiado tener que padecer a la cómica hilarante y su entusiasta empresario. Ah, y hasta ahora no sé quién es Göran Persson.
Lo peor vendría después, y no exagero. Resulta que el padre de Sven, el ilustre Stig Pettersson, cumplía 80 años ese fin de semana. Y adivina a quién designaron como invitado extranjero de honor. Llegamos antes que el resto de la familia, pero Silvana y Sven tuvieron una pelea feroz en la cocina: ella me había traducido la cena y había dicho arenque podrido y Sven corrigió “fermentado”, como si fuera gran diferencia, y empezaron a subir la voz y a pasar del castellano al sueco. No sé quién tenía razón, pero el olor a podrido del pescado llegaba hasta la casa de enfrente. Yo salí de la cocina y me recibió muy amable y sonriente Don Stig, quien a pesar de su sordera manifestaba interés en conversar conmigo. Modestia aparte, tantos años de hacer trabajos en lugares tan diferentes y con gente tan rara, me permite defenderme en situaciones incómodas. Mi inglés no era malo, nos entendíamos, aunque él pasaba de pronto al sueco o al francés, y yo quedaba más perdido que Adán en el día de la madre. En esos casos, hacía lo que los diputados cuando no entienden al embajador yanqui: reír si el tipo se ríe, y asentir con la cabeza si él no se ríe. No falla. Hay muchos que han llegado hasta la ONU aplicando esa estrategia. Bueno, el hecho es que el viejo me agarró conversación; yo, para devolver la gentileza, le pregunté cuál había sido su profesión. “Dediqué casi toda mi vida a la historia del interior” -me dijo. Tú tal vez creerás, como creí yo entonces, que el viejo era historiador especializado en las provincias. Pero no. Me miró con sorpresa cuando le pregunté si se había especializado en las provincias polares, donde vivían los lapones, quienes según el mito tenían costumbres antropófagas en épocas de hambruna. Al escuchar su horrorizada negativa deduje que el anciano se había dedicado a estudiar el alma o la mente, ¿será psicólogo? Tampoco. Se puso serio cuando le pregunté sobre la fase anal del desarrollo infantil según Freud. Resulta que el patriarca de los Pettersson era arquitecto; el interior era arquitectónico. Y durante los siguientes treinta y cinco minutos fui sometido a un curso intensivo de “la organización artística de la realidad práctica”, los orígenes de lo tectónico, el neoclasicismo, la función del dintel y las pilastras en la tensión entre monumentalidad y gigantismo. Sin pasar por alto los revolucionarios aportes de Le Corbusier, Maillart y los hermanos Perret. Confieso que no me aburrí. Prefería mil veces las lecciones de arquitectura de Don Stig a la imitación de Göran Persson.

Pero esto no es lo más raro de la velada; finalmente hubo tregua entre Sven y Silvana, llegó el resto de la familia y nos sentamos todos a la mesa, comimos y bebimos en abundancia. Para no aburrirte, y por respeto a Sven y a su padre, no entraré en detalles escabrosos sobre el primo Niklas. Sólo diré que tenía cuarenta años, era estrábico, cojeaba, balbuceaba y babeaba. Hasta allí, se diría un cuadro de esclerosis múltiple; y que el pobre andaba más solo que un leproso. Error. El primo Niklas —que recibía una pensión vitalicia del estado sueco— tomaba cerveza como si fuera agua, tenía una colección de veinte años de Penthouse en su habitación, y —según supe después— tenía una enamorada que no estaba nada mal, a la que llevaba en su Harley-Davidson. Y no diré nada más. Excepto que vino con su hermana menor; una muchacha de ojos color cielo, pelo rubio lacio cayéndole sobre los hombros, sonrisa angelical, pechos turgentes… ¡una preciosura! Pero no debía tener más de diecisiete años, así que segundos después de registrar la generosidad de la naturaleza, la deseché como objeto de deseo. El problema es que ella no pensó lo mismo. Tú dirás que estoy fanfarroneando, compadre, que ya estoy borracho, pero no. No sé si fue mi look de latino con experiencia o una apuesta adolescente, pero el caso es que la pequeña musa escandinava no me sacó los ojos de encima durante la cena. Cuando mis ojos se encontraban con los suyos, su sonrisa angelical se transformaba en una invitación a la lujuria: se mordía la boca y cerraba los ojos. Esas escenas que destilan humedad. Al comienzo me ponía nervioso que se fueran a dar cuenta los demás. Afortunadamente, los Pettersson en pleno estaban demasiado entretenidos con la exagerada pantomima de Silvana como para notar la lascivia que se derramaba de los labios de la muchacha. El vino ayudó a que me relajara, pero también me hizo ir al baño. Entonces quedé expuesto a una hipotética acometida de la dulce Karolina, que así se llamaba. Lo hipotético no duró mucho; mi adulta resistencia moral, tampoco. Se coló en el baño y comenzó a desvestirse y desvestirme; en menos de cinco minutos habíamos terminado. Pero ella no se contentaba con nada: parecía conocer a fondo todos los manuales sexuales del surtido mercado nórdico. Ese primer round me dejó exhausto y con la espalda arañada. Pero no fue el único episodio, esa ninfa era insaciable y yo no quería dejar mal parada la reputación de los latin lovers aunque no me considerara fuera uno de ellos. Conforme avanzaba la noche y el alcohol y el sueño se apoderaban de los Pettersson, menos cuidado era necesario en las escapadas al baño (o al closet del cuarto de huéspedes, si el baño estaba ocupado). Fueron cinco rounds: una noche salvaje, desatada. Recorrí cien veces, con los labios, cada uno de los lunares de su cuerpo (dos justo al sur de su ombligo, la antesala de la locura). Agoté mi repertorio, aprendí cosas nuevas de mi pequeña partenaire que usaba la lengua con maestría diabólica. Y aunque el dolor me duró varios días, no me arrepentí. Esa experiencia alucinante me dejó marcado para siempre. Desde entonces, gracias a ella, mi vida sexual es mucho más rica y variada. La recuerdo con cariño aunque no supe nunca más nada de ella por temor a que Sven deslizara algún comentario acusador si le preguntaba por ella en los pocos mensajes que intercambiamos después de mi viaje. Sólo sé que esa hermosa ninfa ha de haber hecho feliz a varios hombres, y que si se llega a casar obligará al afortunado consorte al acondicionamiento físico. Larga vida a las mujeres capaces de refundar un cuerpo.

En fin, querido Tomás, creo que ya estuvo bueno de nostalgias escolares y relatos picarescos, se me está haciendo tarde para ir a la sala de embarque. Pero qué pasa, hace rato que te noto serio, ¿te aburrió mi cháchara o todavía te afecta recordar los cariñosos maltratos de la época del colegio, querido Sinatra? No te tomes las cosas tan a pecho, ha sido una tremenda alegría el encontrarte aquí, de verdad. Lástima que no me hayas podido presentar a tu prometida, parece se entretuvo en el Duty Free o decidió darse una manita de gato en el baño. Tú sabes, las mujeres son muy pretenciosas. Bueno, será para otra vez. Le dejas mis saludos y felicitaciones a … ¿Cómo se llama? Hombre, no me mires así, sólo te pregunté su nombre; si no quieres no me lo digas, pero no te pongas así. Mira, mejor me voy, creo que no valió la pena que me entusiasmara con tanta cosa si al final te pones agresivo. ¿Y ahora te vas a poner a llorar? No, compadre, a ti algo te está fallando en la cabeza. Por Dios, estás igualito que aquella vez en la fiesta del colegio. Ya: me voy. Entre tantas personas que circulan por este aeropuerto, justo tenía que encontrarme contigo. En fin, ya digo que yo siempre he tenido mala puntería.


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