Aportes

El cliente

Giuseppe Albatrino


Incluso de pie en el paradero, Jiménez tenía todo lo necesario para ser reconocido como profesor: maletín estampado con el logo de la universidad, cabello peinado con raya a la izquierda, anteojos de carey, barba descuidada y un libro de Mario Bunge en la mano. Se trataba de un profesor esperando un taxi en una ciudad de taxis, por lo que no tardaría demasiado en encontrar uno.

Pero el profesor Jiménez no pararía cualquier taxi. Prefería siempre examinar al conductor (creía ser tan veloz en tasar a las personas como el detector de metales del aeropuerto), y se fiaba de sus intuiciones. Así que, una vez que vio al indicado, negoció la tarifa y se embarcó en un viaje que calculó duraría unos veinte minutos. Los empezó a cronometrar apenas cerrada la puerta; como siempre, ese día tenía muchos recorridos por hacer.

Los carteles de la primera vuelta acababan de ser retirados por un pequeño ejército que, a su vez, los reemplazaba por otros de vida aún más corta. Tratándose de Jiménez, era inevitable conversar sobre el tema, más aún porque el periódico del día yacía sobre la guantera.

—Oiga maestro, ¿quién cree usted que ganará? —No solo quería sondear la situación, sino que quería ganarse el respeto de su interlocutor, a quien sospechaba que pocos trataban con deferencia por la apariencia de su auto.

—Pues mire usted…, está parejo. Aunque creo que me voy por el gordito. El otro… ¿cómo se llama? El narizón pues…Ese no me convence.
Nada como un taxista dispuesto a conversar. Más allá del nivel académico que posea, recoge y lleva información de cientos de pasajeros de toda la ciudad con la misma eficiencia que un agente infeccioso. Precisamente por esto Jiménez gustaba de interactuar con ellos, para poder lucir sus hallazgos frente a sus colegas. Además, si tenía suerte y lograba iniciar un buen debate, podría demostrar cuánto conocía sobre las tácticas del duelo verbal, como el uso del non sequitor, del post hoc, ergo propter hoc, entre otras…Lo excitaba la posibilidad de emplearlas ahora, pero sabía cómo mantener la calma.

No deseaba hacer ningún alarde.

—Disculpe que esté en desacuerdo, pero he escuchado que el narizón López está a favor de apoyar a la educación de toda clase de niños.

Ante el largo silencio que prosiguió, el profesor estuvo a punto de morderse la lengua. Por aquella foto colgada junto al rosario, era obvio que el hijo del taxista tenía algún síndrome, quizá el de Down. “¡Mi bocota!, he ido muy lejos.”, pensó. Por fortuna, el señor Martínez —leyó su nombre pegado en el asiento—, lejos de echarlo, se interesó en el tema. Jiménez, entonces, no dudó en explicarle lo que había leído sobre el asunto. Los buenos profesores no pierden oportunidades para enseñar lo que saben.

—Pero López es divorciado y vuelto a casar, eso es pecado —protestó el padre del niño con el síndrome.

“¡Ad hominem!”, pensó Jiménez. Quedó mudo al ver que su interlocutor se estaba yendo contra el candidato y no contra sus ideas. Sabiéndose una persona observadora, se sorprendió de no haber previsto que aquel rosario podría implicar tal compromiso religioso. Con todo, él apoyaba a la versión reencauchada de Cyrano, y pelearía por él aunque fuese público que su contendiente era un caso más fácil de llevar.

Miró las calles asombrado por la inusual falta de tráfico. –No le quedaba mucho tiempo.

—Pero acuérdese que Iglesia y Estado están separados, ¿acaso quiere usted que nos gobierne el señor Cardenal? Ya no estamos en la Edad Media.

—Bueno. En todo caso, es una vaina no tener encuestas…Estaban parejas y uno ya no sabe cuál es el voto ganador —Aceleró un poco al doblar la esquina, tal como todos hacen.

—¿Sabe? Tengo un amigo que trabaja para Encuestas Perú, y me dijo, no se vaya usted a molestar, pero me dijo que López ya le sacó una ñata de ventaja al gordito —Se animó a soltar, apenas a una cuadra de su destino. Creyó ver, aunque no estuvo muy seguro, que por respuesta su conductor afirmó con la cabeza en dirección al espejo, ¿o en dirección a la foto?

No importaba. De seguro el taxista correría la voz entre aquellos que abordaran más adelante. Se apeó con una sonrisa y cerró la puerta como si fuese la de su propio auto. Esperó un tiempo prudente hasta que este desapareció. Luego, tomó nota del número de la placa y de todo lo sucedido. Se esperaba que él, así como los demás miembros del ejército de actores contratados para la ocasión, tomaran cuantos taxis fueran necesarios para que su cliente ganase la segunda vuelta. Sonrió satisfecho ante un público invisible, preguntándose cuál sería el papel que le tocaría interpretar al día siguiente.


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