Piérdase todo, sálvese la honra

Beso estas manos

Por Leonardo Aguirre


Mi primera reseña se publicó a principios de 2000 en las páginas de cierto diario de tiraje considerable: quinientas palabras sobre una compilación de Ricardo Silva Santisteban titulada Valdelomar por él mismo. Yo no elegí el libro –recién comenzaba– pero sí decidí principiar mi texto coloreando con brocha la partida de defunción. Así, mi preámbulo rezaba que «interrumpiendo la cena, el Conde de Lemos explora el segundo piso del hotel en busca del baño. La luz es débil y no destella el ópalo del índice; tampoco sirven los quevedos. Resbala y se quiebra el espinazo en el fondo de un silo. Noviembre de 1919, tenía 31 años».
Ese verano yo estudiaba Comunicaciones en la Católica y llevaba un curso que, a la sazón, dictaba Manuel Miguel de Priego, autor de una muy informada biografía del poeta, narrador, ensayista y reportero de Pisco: Valdelomar, el conde plebeyo. El caso es que don Manuel, habiendo leído mi reseña, me citó después de clases para fustigar duramente mi preludio efectista. No solo eso: me ordenó leer a conciencia su propio libro y prepararme para el examen privado que me tomaría la semana entrante. No me regaló su ejemplar; me lo prestó diez minutos para sacarle fotocopias. Y de aquellas fotocopias –que aún conservo– resalto este párrafo que, prácticamente, me aprendí de memoria: «en la penumbra ayacuchana de 1919, nuestro escritor marcha por un paso desconocido, al parecer una simple pared que conduce a una escalera interior (…), y súbitamente cae a un montículo de piedras (…). Transcurrieron algunas horas antes de que se le encontrara, quejumbroso, con la columna vertebral fracturada…».
Para ser estrictos, la perversa historieta proviene del arequipeño Alberto Hidalgo. Pese a que fuera muy amigo del Conde y, además, imitara sus gestos y tenidas, este characato, sin recato transcribió de oídas «la verdad del suceso»: en «un hueco de diez a veinte metros de profundidad, abierto en el interior de las casas, y al cual se le da el nombre de silo (…), un excelente poseur (…) atacado de exhibicionismo (…), había de morir de manera tan inmunda…» (Muertos, heridos y contusos, 1920).
Ese mismo verano, el editor que aprobó mi reseña me dejó firmar también la primera crónica de mi vida: «Palais Concert, discoteca-videopub», una endecha muy esnob por «el histórico cuartel de la intelligentzia limeña» que, curiosamente, capitaneaba el pisqueño Valdelomar; oficina y tribuna del grupo Colónida que, al cabo de un siglo, derivó en un antro llamado Cerebro. Y entonces, otra vez, repetí un trascendido. Sin tocar las fotocopias del profesor, me despaché, sin empacho, con el «tan socorrido silogismo que acuñara el dandy: El Perú es Lima; Lima es el Jirón de la Unión; el Jirón de la Unión es el Palais Concert; el Palais Concert soy yo; luego, el Perú soy yo». Naturalmente, don Manuel me cuadró de nuevo. Con su libro en mano, arguyó, primero, que no era un silogismo sino un sorites. En segundo lugar, me mostró el artículo «La ciudad de las confiterías» que publicó La Prensa en 1915: «El Perú, dicen las gentes, es Lima. Lima, decimos nosotros, es el Jirón de la Unión; y el Jirón de la Unión es hoy la esquina del Palais Concert. Total: el Perú es la esquina del Palais Concert». Y por último, el profe precisó que la primera planta del edificio, donde funcionaba el Palais, fue ocupada por una pollería, y que la discoteca Cerebro se instaló en el sótano. Total: el Palais no devino en discoteca sino en pollería. Hoy aloja un local de Ripley.
Terminando ese verano, redacté, para un taller de narrativa, una versión del famoso incidente del Presbítero Maestro: como se sabe, en noviembre de 1917 la bailarina rusa Norka Rouskaya, invitada por los asiduos del Palais, interpretó entre las tumbas una pieza de Chopin. Según mi relato, «los colónidas aplauden el bikini de la rusa mientras que su líder sorbe sin ganas un pitillo rubio. A la mitad del sarao, el fumador se aleja discretamente con su secretario, un tal Pacheco, y rumbo a la puerta del panteón tropieza con un excremento de perro. Pacheco, solícito, le limpia el zapato con su propia camisa. El Conde, mirando el pecho velludo de su valet, cambia de idea y se interna con él en un mausoleo abandonado. Un gallinazo aterriza en el umbral del mausoleo; no se moverá de allí hasta que salga la pareja».
Obvio: pura ficción. Sin embargo, el profesor se cansó de mis insolencias. Aclarando que Valdelomar no fue al Presbítero, que Rouskaya no bailó semidesnuda, y que no existen pruebas fehacientes de la homosexualidad del Conde, me jaló sin acabar el ciclo.
Pero aprendí. Por eso no listaré «todos los tóxicos» que, «uno por uno, los conoció y gustó»; ni recordaré que «se polveaba la cara como un arlequín» (Hidalgo: op. cit.); ni afirmaré que Vallejo se comió esta boutade bajando del tren: «Ya puede decir en Trujillo que ha estrechado la mano del gran Valdelomar». Prefiero, en cambio, cerrar con una certeza. Una certeza fundada en lecturas y fondeada por leyendas: el tipo, sin vainas, era un genio. Murió a los 31 y dejó una obra tan diversa y voluminosa que yo, a mis 36, siento tanta vergüenza de mis cuatro libritos miserables.

Leonardo Aguirre (Lima, 1975) es escritor, editor, periodista y crítico literario. Su última novela se llama Karaoke.