Aportes

Rosas en vez de margaritas

Orlando Mazeyra

Él libertará al inocente, y por la limpieza de tus manos éste será librado.
Libro de Job 22:30


Al volver de la casa de la tía Sofía encontramos el coche estacionado en la mitad del garaje: las dos llantas traseras lucían desinfladas; el capó abierto había sido rayado con inquina y, si se aguzaba la vista, se podía llegar a leer insultos ilustrados con figuras obscenas. Álvaro me las señaló nervioso y quiso decirme algo. No tuvo tiempo:

—Mejor tú quédate aquí —le ordené a mi hermano y le hice un gesto enfático para que no hiciera el menor ruido.

Resolví ingresar al garaje.

Me acerqué a tientas a la parte delantera del auto y miré a través de la ventana del copiloto: papá tenía la bragueta abierta, con su cuerpo desparramado sobre el asiento y tocándose con vehemencia el pene. Sus ojos cerrados, la cara amoratada, y todo el ambiente apestaba whisky. Mientras lo contemplaba frotándose el sexo conté tres botellas de licor vacías y un par de condones anudados que contenían semen en su interior.

Sentí ganas de vomitar cuando, de pronto, lo escuché murmurar: «Sara, ¿en dónde mierda te has metido? Ahorita llegan los chicos de la casa de tu hermana y te van a estar buscando». ¿Quién era mi padre?, me pregunté, pasmado, mientras veía cómo se le humedecían los ojos: « ¿Qué les voy a decir a los chicos? ¿Cómo me has hecho esto, Sarita? ¿Cómo nos has hecho esto, Sarita?», repetía, y la escena, aparte de patética, era, aberrante, terrible, absurda.

Salí de la cochera deprisa pero sin dejar sentir mis pasos y me aproximé a mi hermano que me esperaba anhelante:

—¿Cómo está?

—Como siempre, pues —repuse—: borracho. Y ahora anda hablando huevadas…

—¿Y por qué no ha podido meter el carro dentro del garaje? ¿Lo han atacado?

—Qué sé yo —me dije con fingido desinterés imaginando el número de invitados a su última orgía—. No sé nada: a mí no me interesa su vida…

—Tu sí sabes, hermano —nunca me llamaba por mi nombre, siempre me decía «hermano»—. Lo que pasa es que te duele verlo así.

Álvaro era un lustro menor que yo, sin embargo, a sus trece años, parecía alguien maduro, con la lucidez suficiente como para imaginarse lo que estaba haciendo papá dentro del automóvil:

—¿Qué crees que está haciendo en el carro? —indagué molesto.

—Cochinadas —respondió de inmediato—. Puras cochinadas.

—Y lo peor es que finge preocuparse por mi mamá —le dije.

Él se quedó callado y me escudriñó con avidez en medio de una atmósfera malsana.

—¿Por qué me miras así, Álvaro? ¿Yo tengo la culpa?

—Es que hace tiempo que no la visitamos —me dijo a manera de reproche o como quien ha logrado resolver un acertijo—. ¿O no es verdad?

Me demoré en caer en la cuenta. Cuando lo conseguí, el llanto de mi padre empezó a ganar la calle.

—¡Puta madre! —exclamé furioso—. Yo no quiero volver a cargarlo hasta su cuarto. Seguro otra vez se ha cagado en la ropa. Huele a mierda…

—Y a whisky —completó mi hermano—. Mierda con whisky, qué mala combinación, ¿no?

—Mejor nos vamos —le dije.

—¿A donde mi mamá? —me preguntó ilusionado: sus ojos, color avellana, le brillaron. Hacía mucho tiempo que no lo veía así.

—¿Quieres ir a donde mamá?

—Sí, hermano —asintió—. ¿Acaso tú no?

Volví a mirar el capó del auto y escupí en el suelo:

—Vamos donde mi mamá entonces. Aprovechemos lo que queda del domingo.

—¡Gracias!— exclamó y revisó sus bolsillos—. Yo tengo para los pasajes.

—Está bien, Álvaro, vámonos antes de que quiera salir del carro: no nos vaya a ver mi papá.

Corrimos a la esquina y quebramos a la izquierda. Caminamos dos cuadras y Álvaro aprovechó en el trayecto para robarse unas margaritas de un jardín muy hermoso de una anciana jubilada.

Llegamos al paradero del servicio de transporte urbano y, de súbito, se me vino a la mente mi padre masturbándose mientras decía el nombre de mamá. ¿Ella estaría al tanto de todas estas porquerías?

—Ahí viene la «C» —me avisó mi hermano desvaneciendo mis sombríos pensamientos—. Es la que nos deja en la puerta del cementerio.

«A la próxima prometo llevarte rosas, mamá», dije para mis adentros y subí detrás de mi hermano al autobús.

Álvaro era presa de un inusitado júbilo. Y, mientras él contaba sus margaritas, yo llegué a convencerme de que jamás tendríamos que volver a casa.


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