Aportes

Me enseñaste a orinar

Orlando Mazeyra


—«Cuando la vela está por acabarse nadie la quiere agarrar», solía repetir tu abuelo. Por ese entonces, ya se había convertido en un anciano achacoso e insoportable al que la familia resolvió, por unanimidad, considerar un afecto en obsolescencia.

—Esa frase de la vela me la sé de memoria, papá. En verdad, estoy cansado de escucharla.

—¿Y cómo así, hijo?

—Pues, parece que la edad te está haciendo olvidar que el abuelo llamaba casi todos los días a casa preguntando por ti, pidiendo que lo visitaras, que se sentía muy solo y enfermo. Insistía más los sábados y domingos. Tú siempre te negabas a contestar.

—¿Él qué te decía? Hazme acordar…

—Pásame con tu padre, ñato.

Mi padre, sentado en la mesa del comedor, hacía una señal negativa intensificada por una mueca de desgano. Yo empezaba a creer que era aburrido conversar con un viejo (así el viejo del que hablemos fuera el padre de mi padre, es decir, la semilla de mi semilla, en términos prácticos: también mi padre).

—Abuelo, mi papá no está.

—No lo niegues, sé que no quiere acercarse al teléfono como siempre, dile que no le cuesta nada visitarme, que no se olvide de su padre: soy una vela que está por acabarse y ya nadie la quiere agarrar.

—¿Qué te dijo tu abuelo?

—Lo mismo de siempre… que no te olvides de visitarlo.

—Que no friegue —y se daba el asunto por terminado.

La verdad es que a mí tampoco me gustaba visitarlo, porque él era poco dado a las muestras de cariño. Las contadas veces que pisé su casa me hacía gestos extraños, me torcía los ojos, y cuando me acercaba, con mucha cautela, a darle un beso, entonces me daba pellizcos en las mejillas o en los muslos. Parecía disfrutar haciendo sentir mal a los demás:

—Aprende a peinarte, ñato —me reprendía—. Con los pelos todos parados pareces un chuncho.

Era extraño el abuelo. Tanto le molestaba el caos de mis cabellos que llegó a desempolvar un viejo mamotreto de Charles Darwin para mostrarme fotografías de «chunchos» africanos.

—Si no aprendes a peinarte, siempre te verás así —y su índice apuntaba a las ilustraciones en blanco y negro. Casi todos los individuos capturados por el lente fotográfico estaban calatos. A propósito de esto, alguna vez me contaron que, mientras su salud se lo permitió, se desnudaba en las madrugadas y salía al patio a hacer ejercicios mientras rezaba en latín. Si había una orden en casa que se debía respetar sin objeciones, era que mientras el patriarca no culminara sus ejercicios y letanías nadie podía salir de sus habitaciones, ni siquiera a orinar al baño (entiendo que una de sus hijas, mi tía Clorinda, sufre de incontinencia urinaria, razón más que suficiente para no olvidarse de su padre).
Para sostener a la familia —eran diez hijos— el abuelo tuvo diversos oficios: enseñaba en universidades, escuelas fiscales y colegios privados. Fue cartero («siempre denle un vaso de agua a quien les traiga la correspondencia», recomendaba), periodista, antropólogo, escritor, pianista de cafés y de cines —cuando el cine era mudo— y un referente cívico en la ciudad.

—Tu abuelo hizo de todo y siempre con excelencia, por eso lo admirábamos, nosotros y la ciudad… Sin embargo, hay algo que nunca supo hacer.

—¿Qué cosa? —pregunté tratando de imaginar un oficio para el que el abuelo, el que en vida todo lo pudo, hubiera sido un negado.

—A ver, hijo, recuerdas que él sacaba pedacitos de papel del bolsillo de su saco, escribía cosas, luego los volvía bolitas y te mandaba a echarlos en una esquina de su huerta.

—¡Cómo no recordarlo, papá! Si me prohibía leerlos y era muy enfático: lánzalos, uno por uno, con los ojos cerrados y pensando en nada—

—¿Podías pensar en nada?

— No. Trataba de imaginar lo que había escrito en los papelitos, pero nunca los abrí por temor. Al abuelo siempre le tuve mucho miedo. Además, le lancé los papelitos pocas veces, ¿qué cosas escribiría, no?

—Yo siempre recogía esos papelitos. Tengo en el garaje una latita con varios de ellos.

—¿Y qué dicen? —pregunté envuelto por una desmedida curiosidad.

—Averígualo tú mismo. La lata está en el baúl rojo.

Corrí hacia el garaje y abrí el baúl enseguida. Me encontré con una lata de duraznos vieja repleta de papelitos y, sintiendo que violaba póstumamente una intimidad, empecé a leerlos:
«Amor», decía el primero. «No conozco el amor», el segundo. Y así, sólo una oración en cada papel, una confesión, un ruego, un sentimiento: «quiero amar», «nadie me ama», «soy un solitario de la soledad», « ¿por qué no vienes a visitarme, amor? », «amor», «amor», «amor», «amor», «Dios sabe que moriré sin conocer el amor»…
Mi padre me contemplaba en silencio mientras yo seguía deshaciendo las empolvadas bolitas de papel.

—Lo único que el abuelo no supo hacer fue dar amor —concluyó—. ¿Cómo darlo si no lo conoces?

—Todos conocemos el amor, papá. ¿No es algo espontáneo?

—¿Tú conoces el amor?

—Por supuesto. Y puedo demostrártelo.

—¿Cómo?

—Ya estás viejo y arrugado, cada vez te pareces más al abuelo: las mismas manías y las mismas neurosis —le dije con sinceridad—. Pero nunca vas a necesitar de papelitos absurdos.

—¿Por qué?

—Porque tu vela se está acabando, lo sé. Pero, por más que me queme, yo jamás la pienso soltar.

Una cursilería boba, pero legítima, hizo que mi padre me diera un abrazo que duró muchos minutos. Me sentí amado. Me sentí inmortal. Lo mejor de todo fue que no lloramos (siendo ambos muy proclives a la sensiblería).

Esa misma noche, después de una cena frugal, mi padre me llevó a espectar lo más inaudito que le vi hacer en vida:

—Llévame al Colegio, tengo que resolver un asunto —me ordenó entregándome las llaves del automóvil. «El Colegio», se sabía en toda la familia, era la institución que llevaba el nombre del abuelo.
El trayecto fue silencioso. Yo imaginaba qué razones habían llevado a mi padre a visitar «El Colegio» un domingo por la noche.

Estacionamos el coche en la calle Grande:

—Espérame acá —me ordenó.

Bajó de prisa y miró hacia todos lados. Fue tan inexplicable su actitud que, a pesar de los años transcurridos, ese recuerdo produce en mí sentimientos encontrados: lo vi escupir varias veces la placa recordatoria que habían colocado todos sus hermanos y él al lado de la puerta principal del colegio. Luego se bajó la bragueta y meó parte de la fachada. Salí del auto y le pedí que se detuviera, alguien podría llamar a la policía y ponernos en un gran lío.

—¡Acá tienes amor, papá! —exclamó entre satisfecho y ofuscado—. ¡Mira qué acto de amor más espontáneo, papá, estoy meando este elefante que lleva tu nombre!

Subimos al auto y nos fuimos a casa. No intercambiamos ninguna palabra —nunca hablaríamos de aquel episodio—. Al llegar a casa, buscó una vela, la prendió y la puso en medio de la sala.

Recé con ardor para que la vela de mi padre no se acabara nunca.

Las velas —sabido es—, como la vida, se agotan. Así se agotó mi viejo, una mañana de abril, sin pedir permiso y sin hacer aspavientos. Hizo tres cosas en la vida: plantó un árbol (que mi vecino mató por tener más espacio para estacionar su segundo coche), tuvo un hijo (que se animó a recordarlo a través de esta historia) y escribió un libro (tan aburrido que no pude terminar de leer). Ya nadie lo recuerda, ni siquiera mi madre —pues sufre del mal de Alzheimer—, pero yo sí.

Por fortuna, no preciso de un colegio o de una avenida con su nombre, porque siempre orino en el baño como él me enseñó:

—Achuntando bien, hijo, ése es el secreto.

Achuntando bien, seré yo quien orine sobre mi propia vela cuando llegue el momento definitivo. Mientras tanto, seguiré recordandolo. Me importa un bledo terminar con una confesión que puede sonar estúpida y desafortunada: papá, es al momento de orinar cuando más te recuerdo.

(*) Toda ficción, nos dice Mario Vargas Llosa, es una mentira que encubre una gran verdad. Lo he corroborado una vez más, pues, a través de este relato, no hago más que rendirle un tributo subrepticio a la persona más importante de mi vida, quien me enseñó a orinar (y a amar): mi madre, Sara, la vela que nunca se debe apagar.


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