Vila-Matas
No Ficción

Vila-Matas desaparece

Conversamos con Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) sobre muchas cosas, pero sobre todo de su defensa cerrada de una escritura exigente y ambiciosa, personal, una literatura que construye a su propio lector y lo reta en cada nuevo libro. Tras casi treinta años peleando su propia guerra de la independencia, contraataca con Aire de Dylan. Sigue ocultándose entre personajes y palabras

Por Johann Page


Vila-Matas es un defensor cerrado de la pasión artística como motor para alcanzar una obra singular. Dice que fue la entrega absoluta a un determinado proyecto literario lo que dio valor a sus muchas horas de esfuerzo y dedicación. Todo empezó en 1973, cuando decidió tomar el largo camino de los escritores «raros». Sabía que nada le garantizaría el reconocimiento. El fracaso estaba allí, asomándose tras cada nueva página, libro tras libro. Pero Vila-Matas persistió. Aprovechamos el lanzamiento de Aire de Dylan, treintaitrés títulos después, para hablar por teléfono con él e indagar en la personalidad y la obra de uno de los escritores menos concesivos de nuestro tiempo e idioma, el creador del que parece ser un inacabable proyecto de literatura de vanguardia.
1.
«¿Cómo puede uno vivir sin contarse?». La pregunta, sin embargo, no es mía. Nace de una conversación entre Ricardo Piglia y Juan Villoro, e indaga sobre la naturaleza de la literatura y sobre su futuro. Vila-Matas escucha y sé que está urdiendo una respuesta tamizada por su ironía. Antes del golpe le redondeo la idea. Le digo que, en una onda optimista y menos apocalíptica, Piglia concluyó que la literatura ha de sobrevivir «porque la vocación de sentido va a persistir». Vocación de sentido. El deseo de ordenar. De interpretar. Aquello brinda suficiente esperanza para continuar afrontando los retos de interpretación de nuestra época, hecha de retazos de sentido. Vila-Matas concuerda. Y agrega: «La pasión por saber siempre va a estar allí. Hasta los más idiotas desean saber, escuchar relatos. Las historias nos alimentan». «¿Y si no estuvieran más? », pregunto. «Pues si la Literatura no existiera, la habría inventado yo», responde. Asiento.
Pero, ¿cómo sería el mundo sin relatos? Piglia también tuvo una respuesta, menos ambiciosa que la de Vila-Matas: «Acaso los locos son aquellos que viven en la fragmentación, en la historia destejida». En todo caso, si bien hay cierto grado de locura en la fragmentación, hay autores que, como equilibristas sobre un abismo de sinsentido, exploran los límites de la literatura y otorgan un orden a ese caos personal e interior que todos cargamos. Malabaristas con máscaras en las manos. Me queda claro que Enrique Vila-Matas es uno de esos autores. Aunque ese mismo nombre contenga a muchos otros más.
2.
Creador de una de las obras más personales de la literatura en español, Vila-Matas es un best seller extraño y curioso. Ha logrado que coincida en su nombre el ansiado reconocimiento de la crítica y de los lectores –muchos lo admiraron siempre, antes de los flashes–, así como mantenerse fiel a un discurso (el suyo) gracias a una tenaz voluntad artística. Voluntad que, como un destino irreparable, lo ha llevado a convertirse de un escritor para escritores –aquella categoría para escritores de culto que suele derretir a los escribientes más huraños– a un narrador preocupado por uno de los temas fundamentales de la literatura misma: el papel del autor como creador, como artista, como colega, amigo, amante, sufriente, sujeto alterado y excéntrico, influido e influyente e incluso como ser desdichado digno de conmiseración. Examen y también devoción a la intensidad y altura del artista-escritor del siglo XX.
No ha sido fácil levantar una obra así, y me lo deja muy claro. «Yo empecé escribiendo en una época muy dura para la literatura, pero a la vez más satisfactoria. De mucha energía. Desde luego, no valía nada ser escritor en aquella época. Mi primer libro es de principios de los setenta, y si hay algo que recuerdo de esos años es que no existía el más mínimo aprecio por la figura del escritor. Nadie que se tomara en serio podía pensar en eso como una profesión». Sin embargo, agrega que, como suele suceder, también fue un periodo de enorme esplendor para las artes y la escritura. «La pasión», señala, «esa era la clave. En un momento de la historia donde uno no vale nada por lo que escribe, solo si es genuina la dedicación podía haber una retribución al esfuerzo. Las vocaciones que nacieron en esa época fueron todas auténticas».
De aquella época, recuerda, su primera novela era ya una piedra en el agua que perturbaba la quietud del panorama literario de la España franquista. Mujer en el espejo contemplando el paisaje (1973) que es, en efecto, un curioso artefacto literario, anunciaba los primeros pasos de un proyecto que desafiaba la lógica común de las novelas históricas, las únicas tomadas en cuenta en aquel entonces. Le siguieron títulos que perfilaban con sutileza la línea programática de Vila-Matas, sin definirla del todo. Mientras tanto, exploraba su otra pasión: el cine, como creador (realizó dos películas a principios de los setenta) y como feliz espectador, una afición harto declarada (aunque confiesa no ir más a las salas al verlo «tan corrompido»). Poco después se mudó a París y allí, bajo el ala protectora de Marguerite Duras, concluyó un ciclo de novelas que culminó con Imposturas (1984). Pero fue con Historia abreviada de la literatura portátil (1985) que revoloteó la escena literaria y se abrió paso en la medianía. Se sumaron Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Recuerdos inventados, Lejos de Veracruz y Extraña forma de vida, de 1988, 1991, 1993, 1994, 1995 y 1997, respectivamente; y El viaje vertical, con la que ganó el premio Rómulo Gallegos en 2001. La posterior publicación de Bartleby y compañía (2001), aquel «homenaje a los genios ágrafos», terminó por abrirle las puertas y la crítica se rindió ante el experimento que prometía todo aquello que firmaba.
El mal de Montano (2002), ganador del premio Herralde, es un libro que condensa en buena medida el universo del catalán: la fusión de novela, diario personal (y sentimental), ensayo y autoficción, donde nuevamente la enfermedad de la literatura es la protagonista, y los convalecientes, escritores: Kakfa, Katherine Mansfield, Henri Michaux, Cesare Pavese y muchos más son diagnosticados y expuestos en sus laberintos personales en la sala de cirugías de Vila-Matas: una indagación en la figura del escritor, entendido como un ser incapaz de rechazar el encargo vital de continuar escribiendo. Y la exploración continuó con París no se acaba nunca (2003), Doctor Pasavento (2005), Exploradores del abismo (2007) y Dublinesca (2010), que solo lo han afianzado y elevado su reputación.
3.
Pero ¿cuál es el misterio tras el personaje Vila-Matas? ¿Por qué se ha hecho imprescindible en los catálogos de los lectores exigentes y, sobre todo, de los escritores en ciernes? Él no tiene una respuesta, pero discrepa conmigo en lo de imprescindible. Le leo una de las mejores definiciones que encontré sobre él, de Rodrigo Fresán: «Vila-Matas es el más argentino de los escritores españoles». Señalaba su manía referencial «y su siempre dúctil aparato enciclopédico, el humor en serio, los juegos metaficcionales donde el autor es siempre protagonista, las apelaciones cómplices a su lector, y el tránsito cosmopolita, constante y sin compromiso, por las bibliotecas y las ciudades». Del otro lado del espejo, le recuerdo a Vila-Matas que se definió a sí mismo como poseedor de una personalidad tripartita, «compuesta por la tenacidad laboriosa de Picasso, el deseo de disolución de Duchamp y una tendencia al exhibicionismo y al alboroto calculado de Dalí».
«Nada de eso funcionaría si no hay detrás un objetivo. Una negativa de concesión», me dice. «Yo pasé veinticinco años siempre luchando contra los elementos. Una lucha constante para crear un tipo de lector adecuado a lo que yo escribía. Y este tipo de aventuras son aventuras literarias que en un 80 a 90% suelen fracasar, y entonces producen escritores resentidos, amargados, que culpan a los demás de lo que les ha ocurrido. Es decir, es una aventura muy complicada porque lleva casi siempre al desastre. Yo he salido airoso, pero después de haber pasado por penurias durante años y años. No quiero ahuyentar a ningún lector, a ningún escritor joven, pero creo que se trata de no pensar en que todo se puede alcanzar con gran velocidad. El tener lectores, el ser leído, exige gran dedicación y hay que estar preparado para enfrentar todas las contrariedades».
De inmediato da la lección más importante de nuestra conversación. Un consejo guía, si se quiere, que según él debe regir y ha regido su vida como artista. «El escritor no debe hacer caso jamás de lo que le digan o le impongan o le recomienden. Aunque se lo digan, se lo impongan o se lo recomienden mentes para él muy respetables o muy amistosas, debe saber escuchar su propia voz y jamás traicionarse, jamás dar un paso contra uno mismo». Aprovecho para preguntarle por el largo camino recorrido para sacar adelante una obra tan peculiar. «Hay que tratar de ser lo que somos en la escritura, sin miedo a mostrar lo que queremos mostrar. Si no nos traicionamos, jamás tendremos que lamentar nada. El problema está en que en el camino siempre hay muchos problemas, muchas tentaciones. Yo invocaría la fábula llamada El leviatán, aquella que cuenta muy bien Joseph Roth. Es la historia de un vendedor de corales que toda su vida ha vendido corales naturales y ve cómo un día se instala al lado de su tienda uno de corales de plástico. Y ve con desagrado que el vendedor de corales falsos logra hacer mejores negocios que él. Por ello decide incorporar los corales falsos a sus corales verdaderos. Y el día que comete esa torpeza, la suerte le da la espalda, le empieza a ir mal en todo lo demás, en su vida personal. Comete el error de traicionarse a sí mismo».
–Hay que ser fiel a los corales naturales.
–Sí, porque son lo único verdaderamente nuestro.
–Como Dinesen: sin esperanza y sin desesperación.
–Exacto. Mira, y si puedo ser prosaico te diría que como el Barcelona y Guardiola, hoy en día el mejor equipo del mundo. Él sintió que debía seguir siempre con las ideas que tenía desde el principio, aunque los resultados pudieran fallar en algún momento. Y así lo hizo y le fue bien. A la larga uno puede acabar lo que quería hacer y venciendo, pero si cae derrotado, al menos no tendrá que lamentar no haber probado lo que era una idea propia.
Más preciso, ni Messi.
4.
Me entusiasma la actitud vital de Vila-Matas. Su forma de comprender su misión como creador y artista. Ese afán de constante reinvención, de hágalo usted mismo, muy punk. Quizá por eso su conexión con lectores jóvenes, a la altura de un músico de rock: algo como su admirado Tom Waits, pero menos frontal y más polifacético (como Bob Dylan).
Este autor-biblioteca, como alguna vez se le llamó a Cortázar por esa monumental cantidad de autores que convivían en su literatura, comparte con él el afán por el juego, las posibilidades extremas de la casualidad, así como los laberintos literarios. Las correspondencias, los juegos de espejos, las citas falsas o de memoria, así como las apropiaciones, son parte de un método personal cuya directriz natural parece seguir aquella máxima de Godard al hablar de la subestimada originalidad: «No se trata de dónde tomas las cosas, sino de adónde las llevas».
Y en esa carrera su nombre (él lo sabe) se ha convertido en sinónimo de experimento y exploración: lo vilamatiano es un adjetivo consolidado.
Un ejemplo de ello es Aire de Dylan, su nueva novela. «Una crónica novelada del fracaso de las ilusiones juveniles» la ha definido. En ella, el joven Vilnius trata de reconstruir hamletianamente el pasado de su padre, un artista del cual trata de diferenciarse, sin saber que en ese afán de recuperar la historia de aquel hombre, y a pesar de sus intentos de distanciarse de todo aquello que él representa, terminará por parecérsele cada vez más. Triste destino del joven, marcado desde su nacimiento por la carga de la herencia. Y desde luego, en el telón detrás de toda esa historia, se encuentra la figura de Bob Dylan. «Un artista que es un maestro del disfraz», dice Vila-Matas, «porque cambia, huye siempre de sí mismo, siempre es otro. Y todo eso lo logra porque es libre».
Una vez más, Vila-Matas se mueve en el mundo de la escritura y el arte y lo investiga como un antropólogo: toma nota de aquellos complejos (y muchas veces infelices) seres, sus vestimentas mentales, sus manías, sus afanes y sus locuras, sus motivaciones finales y sus temores, para luego apropiarse de ellos mismos y convertirlos en libros. Y a pesar de ser capaz de diagnosticar en esos personajes ese mal artístico-literario que los corroe, cree también, con fervor inspirador, que finalmente, vilamatianamente, la literatura les brindará salvación, pues como él mismo ha señalado antes, «escribir es corregir la vida, es la única cosa que nos protege de sus golpes y sus heridas».
Le recuerdo la frase del principio y me dice: «Es curioso, esa corrección de la vida me la mencionó Piglia también. Él dijo sobre mi obra, en un intento de definirla, que yo estaba escribiendo la historia imaginaria de la literatura de finales del siglo XX. Una especie de barco a punto de encallar con escritores, editores, agentes, lectores, y que todos juntos nos íbamos a pique en un mar revuelto de palabras. Me ha parecido estupenda esa forma de resumir un poco lo que hago. Siento que ese puede ser mi lugar en el panorama literario. Comparto con agrado esa definición».
Discrepo. Vila-Matas no construye una obra, sino lectores. Lectores ideales que se van amoldando, ajustando a las reglas de su invención y de sus juegos literarios. Sus métodos, sin embargo, los utiliza para disfrazar los temas que le preocupan, como esa cómoda gabardina de ideas que quedó retratada en una de sus mejores fotografías: aquella donde exhibe, como pequeños alter egos, fotos de muchos vila-matas colgados, como cabezas reducidas.
5.
La obra de Enrique Vila-Matas indaga en la cuestión fundamental del artista de nuestro tiempo y de su lugar en el mundo. Es también una exploración sobre la composición del sujeto posmoderno, el que se enfrenta no ya a la verdad, sino al abismo de las muchas interpretaciones para un solo hecho: el vértigo de la verdad descompuesta en miles de sentidos. Vila-Matas se apropia de esa misma fragmentación y nos entrega muchas vertientes de sí mismo. Así, también, su literatura se convierte en un método de ocultamiento. ¿Él se esconde deliberadamente del mundo? «Siento que en mí conviven aspectos contradictorios. Lo mismo me ocurre cuando paso periodos largos en casa. Solo, trabajo casi 25 días al mes. Quizá por ello trato de recuperar un poco de normalidad asistiendo a congresos y charlas. Cuando busco a mis amigos, mi deseo de pertenecer al mundo. Tengo en mí ese lado paradójico de dos fuerzas que se enfrentan: aquella que me obliga a estar sentado trabajando horas, y la otra, que me dice que debo salir a las calles. Creo que esa contradicción he logrado transmitírselas a todos mis personajes, lo cual me parece bueno. El ser humano es así, contradictorio, y hay que escribirlo con todas sus letras».

Acabo preguntándole sobre sus héroes. Específicamente sobre Robert Walser, el escritor suizo que, en un gesto bartlebiano, rechazaba con enérgica aversión la fama y el prestigio literario, y que murió solo una Navidad, en la nieve, dando un paseo por los bosques cercanos al manicomio donde se había autorecluido. ¿Qué toxicidad, si no es literaria, puede generar tamaña escena?
–Doctor Pasavento es un homenaje a Walser.
–Sí, es correcto.
–Pero a lo que representa: la desaparición del autor para que sea la obra la que hable por él.
–Es lo que uno ha escrito lo que permanece. Lo demás no tiene lugar.
Vila-Matas hace mucho ha desaparecido: lo ha reemplazado una mano que escribe obras fundamentales para aquellos que, enfermos también del mal literario, persistimos en ordenar el mundo en historias.

Johann Page (Lima, 1979) es editor y autor del libro de cuentos: Los puertos extremos.