Costa Verde

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Costa Verde

Fotografías de Janice Smith-Palliser, Texto por Jaime Bedoya


Camino sobre el incierto equilibrio de las piedras que niegan la arena en las playas de la Costa Verde. Debo esforzarme por ignorar el bullicio de la ansiedad vehicular del final de la tarde. Aquel ruido móvil conduce a oficinistas, escolares y trasnochados desde donde no querían ir hacia donde no necesariamente quisieran regresar, gratificados con panorámica vista al mar que, por acostumbrada, pasa inadvertida.
Imagino con entusiasmo cómo sería este lugar sin la habitual molestia de la presencia humana.
Sería una bestia aun más salvaje y dulce, de incontrolado apetito por la orilla en su inevitable alejamiento hacia el horizonte: el imperio de la geodinámica. Ahí, justo al borde, posiblemente esperaría un abismo para empezar todo de nuevo pero en sentido contrario. Lo que antes se llamaba el fin del mundo. Sería el escenario grandioso de esta maldición recurrente. El romper de ola tras ola sin un propósito fijo más allá de cumplir el tedioso castigo por una falta desconocida.
Desprovista de los adefesios propios de la civilización a medias, como este poste de alumbrado público de irresistible atractivo para la mierda de ave costera, o el restaurante sobre el espigón que tiene la virtud inversa de hacerse banal conforme uno se acerca a él y descubre su embuste escenográfico, la inmensidad marina perdería la falaz calidad de estampa postal. Y sería lo que es. Un desplante constante del orden natural de las cosas: los elementos no nos necesitan en absoluto. Es más, nos ignoran.

Basura contemporánea en la orilla y bocinazos desde el asfalto de la Costa Verde no son el mejor estímulo para concentrarse en un paseo marino por la era cuaternaria. Una zapatilla varada, que alguna vez fuera azul, es clara señal de lo acontecido. En algún momento se perdió el paso. (Y el borracho, o se ahogó o quedó descalzo). Con gran entusiasmo y reconocido mérito nos hemos interpuesto en una circunstancia ajena, queriendo someterla a nuestra propia tristeza y desprecio por aquello que nos es ajeno. Pero el mar no entra en un pozo.

Quizá haya sucedido algo: cabe la posibilidad de que la Costa Verde no sea solamente un inerte tema fotográfico. Su carácter, o venganza, podría haberse transmitido y manifestado inadvertido en los quehaceres humanos que ante ella suceden. El acantilado sería la soberbia asentada sobre lo deleznable, lo que explicaría su proclividad tanto a deslizamientos aleatorios como a voluntarios desbarrancamientos por ausencia de afecto. La neblina, la pompa de lo escarpado, sería responsable de esa imposibilidad para lo claro, definiendo el disimulo como primera lengua de la ciudad. Un determinismo geográfico animista, digamos.
La playa, siempre la playa, nivelaría las diferencias entre las posibilidades paralelas. El balcón natural donde dejarse fascinar por el misterio perfecto, sin respuesta, del movimiento perpetuo de la bahía de Lima. Quedarse viendo el mar como un idiota iluminado: qué noble trinchera, a la altura del amor o la embriaguez, ante la realidad y sus miserias. Claridad discutible, tal vez. Pero que nunca falla.

Jaime Bedoya (Lima,1965), editor general del semanario Caretas, periodista y escritor, es autor de unas narraciones difíciles de clasificar recogidas, entre otros, en ¡Ay qué rico!, Kilómetro cero y Trigo atómico.
Janice Smith-Palliser (Lima, 1982) es fotógrafa. Colabora en diferentes publicaciones y ha expuesto en las galerías El Ojo Ajeno, Artco y Vértice.

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