Ficción

Tres cuentos

Por Martín López de Romaña

Tribulaciones de un camaleón

Tribulaciones de un camaleón


Un niño de ocho años acaba de recibir un camaleón como regalo de cumpleaños. Está fascinado con el animal y no ha parado de introducir en su jaula objetos rojos, verdes, amarillos y azules, para observar aquellas transformaciones cutáneas que le parecen un atributo mágico. Mientras le pone delante un montículo de la comida que sus padres han comprado en la tienda de mascotas, recuerda que alguna vez le oyó decir a su maestra que los reptiles son capaces de resistir bajísimas temperaturas. Puesto que indudablemente está ante un reptil, decide meterlo por un rato en el refrigerador a ver qué le ocurre. Una vez que cierra la puerta se va al campo a esperar. Allí se olvida del asunto y se entretiene por espacio de tres horas subiendo a los árboles hasta lo más alto que puede.
El camaleón, olvidado en medio de la oscuridad y el frío, deambula en busca de abrigo. Cuando ya siente que la vida se le escurre, la madre del niño abre la puerta del refrigerador. Guiado por el instinto, el reptil se ovilla entre los huevos que ocupan una canastilla de espuma plástica y adquiere el blanco reluciente de un huevo de supermercado. La madre extrae insumos del refrigerador para preparar una tortilla española: la barra de mantequilla, papas, tomates y, por supuesto, la canastilla de huevos.
Mientras la mantequilla se derrite en la sartén y el cuchillo favorito de la madre del niño cercena uno a uno los tomates, el camaleón se baja lo más rápido que puede –que no es mucho por su natural lentitud y porque está medio congelado aún– de la canastilla y se sube a un macetero donde crece una mata florecida de orquídeas. Sube por los tallos y copia, con mucho esfuerzo, los intensos colores de una orquídea. Desde allí, con sus ojos cónicos, observa cómo los huevos que lo acompañaron en la canastilla son ahora despanzurrados uno por uno y arrojados a la mantequilla que chisporrotea en la sartén.
Sin dejar de darle vueltas a la tortilla, la madre llama a su hija para que le haga el favor de poner el macetero de las orquídeas en la terraza para que reciban un poco de sol. La hija, que está en la terraza con su enamorado, va a la cocina con desgano y, sin decir palabra, se lleva el macetero. Lo coloca sobre una mesa de centro en la terraza y vuelve a sentarse en el sofá. El camaleón ya no puede mantener por más tiempo las complejas tonalidades de la orquídea. Desciende a la mesa y se apura –aprovechando que la hermana y su novio están dándose un beso– para esconderse dentro de una caja de bombones. Allí se acurruca y su rugosa piel toma el sencillo tono marrón de los chocolates que lo rodean. Luego de una larga sesión de besos, la hermana pregunta a su enamorado si quiere un bombón más. Éste acepta y saca el chocolate que está al lado del compartimiento donde se halla camuflado el camaleón, quien mira al bombón partirse en dos entre los dientes del enamorado y luego ser masticado minuciosamente. Sale de la caja procurando no ser visto y desciende por la pata de la mesa hasta el piso. Camina peligrosamente verde casa adentro en busca de la seguridad de su jaula y del montón de comida que su dueño ha puesto dentro de ella. De pronto ve salir a la madre de la cocina, con guantes de hornear y llevando en un recipiente la humeante tortilla española hacia el comedor. El camaleón se mimetiza lo mejor que puede con unos automóviles de juguete que se hallan regados por el piso. La madre coloca el recipiente en la mesa del comedor y luego se agacha para recoger –sin despojarse de los guantes– los juguetes que su hijo tiene por costumbre dejar tirados donde sea y llevarlos a su habitación. Recoge, sin saberlo, también al animal que se halla mal que bien disfrazado de una ambulancia diminuta, aunque ignore qué cosa sea una ambulancia. El camaleón se ve de nuevo en la habitación del niño y a poca distancia de su jaula. En pocos minutos logra introducirse en ella y, en pocos minutos más, ha dado ya cuenta del montoncito de comida.
El niño está tumbado boca arriba en el césped descifrando formas conocidas en las nubes de la tarde. Una de ellas le trae a la mente la silueta de un camaleón y recuerda que ha dejado a su flamante mascota olvidada en las gélidas entrañas del refrigerador. Con una punzada de preocupación y culpa corre a casa para liberarlo. Pero cuando abre la puerta del electrodoméstico su mascota no está allí. Lo busca sin éxito entre vegetales y botellas de leche. Luego pregunta a su hermana y a su enamorado si han visto a su camaleón. Ninguno lo ha visto. Su madre niega también haberlo visto y aprovecha para recordarle que no debe dejar sus juguetes o sus mascotas regadas por ahí. El niño, por prudencia, no dice nada del refrigerador y se dedica a buscarlo por toda la casa. Finalmente, busca en su habitación y lo halla inmóvil y verde claro en su jaula. Lo que no encuentra es el montoncito de comida.
Puesto que le parece imposible que el camaleón haya escapado del refrigerador forzando la puerta y ya que nadie se adjudica la acción de haberlo sacado de allí, el niño deduce que las cualidades mágicas de su mascota se extienden mucho más allá de lo que él hubiera imaginado. Se figura que la única explicación racional del asunto es que el camaleón tenga la habilidad de teletransportarse apenas ve amenazada su supervivencia. Se alegra y se congratula de ser dueño de una creatura fantástica. Decidido a ver al camaleón trasladarse en el espacio sin que medie el tiempo, se pone a pensar en alguna situación de peligro para su mascota. De pronto escucha muy a lo lejos el silbato del tren y se le ocurre una idea. Coge del cuarto de su madre un rollo de cinta adhesiva, mete dentro del bolsillo de su camisa al camaleón y sale corriendo rumbo a la línea del tren, la cual alcanza en pocos segundos. Calcula la distancia y se apresura a aferrar a su mascota a uno de los rieles con la cinta adhesiva. Luego parte corriendo hacia su habitación y se queda observando la jaula. El tren pasa tan cerca de la casa que el piso tiembla y las tazas tintinean contra los platos.

 

 

Huellas

Huellas


De niño, alguien me había dicho que a las lagartijas que perdían la cola les brotaba una nueva. Pero yo, no sé por qué, había entendido que también a las colas que perdían una lagartija les crecía una nueva. Fustigado por la curiosidad, luego de varios intentos, logré coger una lagartija por la cola. Viéndose atrapada, se desprendió de esta parte de su cuerpo con un enérgico tirón. La cola quedó apresada entre mis dedos, retorciéndose como si la nueva lagartija quisiese surgir ya mismo de ella. Al cabo de un minuto, la cola se quedó quieta, meditativa.
Puse la cola sobre un plato hondo y la subí al desván de la casa para que alumbrara con toda comodidad y en privado a la nueva lagartija. Tomé incluso la previsión de colocar junto a la cola un mendrugo de pan, por si al nacer la lagartija tuviese hambre.
Por la noche me pareció escuchar ruidos provenientes del desván. Supuse que la lagartija ya había nacido, pero no me aventuré a subir. El foco del desván se había quemado hacía tiempo y me daba miedo la oscuridad.
Al día siguiente, ni bien salí de la cama subí al desván. Sobre el plato sopero no quedaban rastros del mendrugo de pan, ni de la cola, ni de la lagartija. La blanca y cóncava superficie contenía tan solo decenas de huellas de roedor. Me imaginé a la nueva lagartija enfrentándose a un grupo de ratas para defender su mendrugo de pan y luego salir del desván por cualquier agujero, victoriosa y con la barriga llena.

 

 

Una gema

Una gema


Un día jugando en el parque frente a mi casa hallé una gema. Era de un color caramelo muy oscuro y se parecía mucho al fondo de una botella de cerveza de malta. Fui corriendo donde mi padre y le pregunté qué era aquel objeto. Mi padre sostuvo el objeto entre sus manos, lo miró muy de cerca y con una sonrisa me respondió:
– ¡Te has encontrado una gema!… ¡Eres millonario!
Le quité educadamente la gema de las manos y me fui corriendo a guardarla en mi escondite secreto. No podía creer mi buena suerte. No tenía edad suficiente para pensar siquiera que debía vender la gema a alguien para adquirir los millones que me pertenecían, sino que me figuraba que la sola pertenencia de la gema ya me convertía en millonario. Me fui a la bodega de la esquina y gasté toda mi propina del mes en golosinas como para celebrar por adelantado una vida marcada por el lujo y el despilfarro. Por lo pronto me compraría la juguetería de la calle Espinar y el parque de diversiones del Centro donde nos había llevado a jugar mi padre a mi hermano mayor y a mí hacía unas semanas.
Por la noche no pude aguantar las ganas de compartir mi secreto con mi hermano mayor. Quería ver en su rostro aquella expresión de envidia que había sentido en mi propio rostro cuando le dieron un diploma en la escuela. Fui a mi escondite secreto, saqué la gema y se la mostré explicándole de qué se trataba.
Mi hermano se rió en mi cara y me aseguró que lo que tenía entre manos era la parte de abajo de una botella de cerveza de malta que se había pulido un poco con el tiempo y la arena. Le aposté lo que quisiese a que aquello era una auténtica gema y que yo era millonario.
–La propina del mes –dijo mi hermano.
–Ya me la gasté… pero si quieres apostamos las propinas de los próximos tres meses –Dije eso por decir algo. Yo habría sido capaz de poner mi propia vida sobre aquella mesa de apuestas.
–Hagamos una cosa. Traigo el martillo del garaje y le doy un golpe a tu fondo de botella. Si se rompe es un vidrio, si no, es una gema.
–Vamos a traer el martillo.
Lo trajimos y lo pusimos en el suelo junto a la gema. Yo casi bailaba de impaciencia por ver cómo se desmoronaba toda aquella superioridad de hermano mayor.
–Uno, dos, tres… –dijo mi hermano y dio un golpe durísimo contra la gema.
La gema se trizó en mil pedazos como un destino y quedó reducida a un polvo arenoso muy parecido a la azúcar sin refinar. Mi hermano se levantó de un brinco y se puso a festejar y a burlarse de mi credulidad. Yo me quedé sentado y mudo contemplando el fondo de botella de malta convertida en azúcar rubia. A mí y a mi hermano no nos gustaba el azúcar rubia, pero mi padre solo tomaba esa, no recuerdo por qué. Cogí el martillo y terminé de pulverizar aquel vidrio, lo recogí en un papelito, lo envolví con cuidado y lo guardé en mi cajón.
Esa noche dormí mal. No sé o no recuerdo qué hora era cuando me levanté de la cama sin hacer ruido, abrí mi cajón y extraje el sobre hecho de papel doblado. Descendí a la cocina. La mesa estaba ya puesta para el desayuno. Refulgía en el centro del mantel la azucarera de porcelana de la que mi padre se servía azúcar rubia para endulzar su avena.

Martín López de Romaña (Arequipa, 1975). El año pasado publicó El descubrimiento del ruido, su primer libro de cuentos.

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