Relatos Autobiográficos
Reseñas

Relatos autobiográficos

Thomas Bernhard (Heerlen, 1931 – Gmunden, 1989) ■ Anagrama (2009) ■ 496 páginas ■ 112 soles


Memorias. Como si se tratase de uno de esos personajes shakesperianos –Hamlet, Falstaff, Claudio, Cleopatra– que, recuerda Harold Bloom, gozan de la extraña capacidad de existir fuera de sus tragedias, el Bernhard de los Relatos autobiográficos podría ser protagonista de otras historias, en otros tiempos y otras geografías. Si uno se lo piensa dos veces, no es difícil concluir que tanto aquel Salzburgo presa del catolicismo y del nacional-socialismo, como el internado en el que más de un escolar ha decidido suicidarse; y también ese sótano donde funciona un lúgubre almacén de ultramarinos, son simples pretextos para que Bernhard, autor-narrador-personaje, haga hincapié en las miserias del sistema educativo, del trabajo remunerado y, sobre todo, de ese amasijo de representaciones mentales que, basado en el sinsentido más absoluto, ha adquirido el nombre de cultura. Y es que estas historias narradas con una expresividad que se apoya en la repetición terca e incesante, serán seguramente también las del espíritu que persista y logre nutrirse de su lectura, porque estamos ante un libro no apto para el que conciba la literatura solo como un mero divertimento, pero tal vez menos aun para quien posea una visión de la vida atada de forma ineludible a un cierto sentido de la pertenencia (sea este familiar, patriótico, o, más probablemente, corporativo, como conviene a nuestro peculiar Zeitgeist). Estos Relatos autobiográficos, al igual que toda la obra de Thomas Bernhard (libros como Helada o El sobrino de Wittgenstein), son un desafío para iniciados en búsqueda de lo nuevo, como alguna vez propuso Ingeborg Bachmann, poeta y amiga del autor. O, dicho con otras palabras, una propuesta que va más allá de la construcción de un argumento y un estilo –ambos magníficos en este caso particular–, para apostar por un pensamiento autónomo y atreverse a cuestionar el sentido mismo de la creación literaria. Hallar motivos nuevos –y mejores– para seguir escribiendo después de su lectura será la tarea pendiente que estos relatos dejarán a algunos de sus lectores.
Por Octavio Vinces.


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