Que nadie se mueva

Reseñas

Que nadie se mueva

Denis Johnson (Munich, 1949) ■ Mondadori (2012) ■ 189 páginas ■ 58 soles


Novela. Un cantante de coro ludópata, un matón a sueldo, una despechada femme fatale y un botín de dos millones de dólares. Si a eso le añadimos como telón de fondo la costa oeste norteamericana, tenemos los elementos para comenzar a pensar en una irresistible novela negra. Y este último libro de Denis Johnson lo es. Principalmente por dos razones. Uno, porque manipula los tópicos del género noir con una soltura desternillante; y dos, porque la acción es pirotecnia pura, una aceleración constante de situaciones límite donde lo pulp y lo cínico conviven sin vergüenza alguna. En Que nadie se mueva todo es lo que parece ser.
Johnson, escritor de culto y autor de monumentos como Árbol de humo, descubre sus cartas de inmediato: una persecución frenética es el pretexto para hacer estallar la trama y dosificar la tensión entre tiroteos, peleas, huídas y chantajes. No hay tiempo para tomar respiro, apenas para reír (y celebrar) estrepitosamente. Porque el humor también es muy invocado aquí. Un humor negro y desalmado que se filtra a través de unos diálogos secos, provocadores, descollantes. Y, mientras todo eso pasa, el relato avanza, las imágenes se construyen y deconstruyen con música pop de fondo en la cabeza del lector, el ritmo se hace ligero y el absurdo se naturaliza. Casi como una película de carretera loca y exagerada. Algo que firmaría Tarantino hace quince años y en lo que saldría de hecho Dennis Hopper.
Que nadie se mueva, en la estupenda colección Rojo&Negro de RBA, como siempre, con prólogo de Rodrigo Fresán, fue publicada originalmente en entregas en Playboy. Y lo cierto es que comparte con la revista esa noble vocación de divertimento. Pero, claro, en el libro la apuesta es singular: más que una perspectiva explícita e incendiaria de las cosas, en sus páginas se deja sentir el peso de una mirada desapasionada que encuentra empatía en los perdedores, en los caídos. Pero no solo eso, sino que les da forma. También color. Esa mirada que, finalmente, los marca y hace, torpe y trágicamente, humanos. Por allí quiere ir Johnson. Y lo consigue. Una vez más.
Por Jaime Akamine.


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