Un niño de seis años se convirtió en asesino: le clavó una azada, destrozándole el cráneo, a su compañerito de juegos, un chico con labio leporino. Más de cuarenta años después ese pequeño homicida –convertido en un millonario habitante de Manhattan– recuerda con detalle aquello que ha querido olvidar. Lo hace mientras observa conmocionado una imagen en la televisión, una escena que parece sacada de una película de serie B: policías armados con metralletas y fusiles rodean un edificio en llamas porque ha sido tomado por una turba de desaforados, justo cuando uno de ellos comienza a cortarle la pierna (con un machete) a un rehén que quiere escapar por el techo. Es real, son las noticias, sucede en la cárcel de un país bárbaro. Todo esto ocurre en una novela de 1986 de Gordon Lish, un escritor norteamericano más bien conocido por haber sido editor de Raymond Carver. La escena de la cárcel es tan importante para la historia que motiva el título: Perú (Periférica, 2009).
Durante los años de la violencia interna el nombre de nuestro país dejó de estar asociado (únicamente) a aquel exotismo que reconoce Luis Loayza en El sol de Lima y que llena la mayoría de páginas dedicadas al Perú en la historia y la ficción, como las de Rojo y Negro de Stendhal o En busca del tiempo perdido de Proust que él (Loayza) menciona. En diversas novelas contemporáneas aparece el nombre vinculado a grupos terroristas, muerte, violencia y espanto. No son escritas por autores peruanos o latinoamericanos. Tampoco por detractores de la marca Perú ni por perros del hortelano. Son narradores de distintas tradiciones que encuentran brutal el nombre de nuestro país, y que lo consideran el escenario ideal para ambientar aventuras de espías, novelas negras y dramas románticos.
Por ejemplo Gerard de Villiers, quizá el novelista francés más leído de todos los tiempos, situó una de las historias de su famosa serie SAS en el Perú, un país podrido. En Chasse a l’homme au Pérou (Plon,1985), Su Alteza Serenísima (SAS) Malko Linge –un príncipe austriaco que trabaja para la CIA– es enviado aquí para detener a Abimael Guzmán, líder de las intratables huestes de Sendero Luminoso. Y aquel tipo duro y valiente, que se lleva por delante a cuanto hombre (y mujer) se le cruza por el camino, quedará horrorizado luego de sufrir torturas en la Dincote y darse cuenta de que aquí la violencia no era exclusiva del terrorismo (la compartía con la Policía y las Fuerzas Armadas). Por suerte la ficción le es favorable a Linge, quien se va del país no sin antes haber probado la dulzura de sus insaciables mujeres y sufrido no pocos rasguños y moretones, así como el trauma que lo lleva a pensar que el Perú es el verdadero corazón de las tinieblas.
(De Villiers, un exquisito ambientador, vino al Perú para conocer su nuevo escenario; intentar comprender lo que sucedía aquí; y, de paso, negociar la inminente publicación de su novela, por entregas, en las páginas del diario La República).
La profecía celestina, un libro escrito –y al principio editado, publicado y distribuido– por el estadounidense James Redfield en 1993, vendió más de 14 millones de copias. En esa joya del kitsch, unos manuscritos son hallados en el Perú a inicios de los años noventa bajo unas ruinas incas situadas cerca de Iquitos. Son nueve piezas escritas en arameo (!) que datan del año 600 a.C. Cada una de ellas contiene una revelación que promete cambiar el destino de la humanidad. Pero el Gobierno del Perú persigue a aquellos que intentan revelar las profecías. Para ello, utiliza toda la fuerza militar a su alcance, en alianza con el oscuro Cardenal Sebastián, quien teme que los documentos secretos pongan en riesgo la fe católica y la humanidad entera. Por suerte un gringo está dispuesto a superar todas las pruebas y adversidades, cruzar los Andes hasta Machu Picchu y luego viajar hasta Iquitos para que podamos conocer la verdad, aunque sea necesario enfrentarse a esa violencia que solo se vive en estos territorios salvajes. Oh my!
No es menos traumática la historia que cuenta Agustín Rejas (aka Ketín Vidal) al periodista John Dyer, el narrador de The Dancer Upstairs (Harvill, 1995), la novela de Nicholas Shakespeare. Rejas, interpretado por Javier Bardem en la regular película del mismo nombre dirigida por John Malkovich en 2002, debe capturar al camarada Ezequiel, líder de una sanguinaria guerrilla maoísta en un país sudamericano que aunque jamás se diga que es el Perú, no se le parece sino que es igualito. Entretanto, deberá enfrentarse al malvado jefe del servicio de inteligencia Tristán Calderón (el tío Vladi), vaya hombre sin escrúpulos, y evitar la tentación de enamorarse de la profesora de ballet de su hija (digamos Maritza Garrido Lecca).
Es curioso cómo Shakespeare puede hablar de amor en un lugar en el que todo parece obedecer simplemente a las reglas de la violencia más extrema. Pero quizá sea cierto que la gente se puede enamorar aun en las condiciones más extrañas y en los lugares menos propicios. Eso al menos es lo que le sucede a los protagonistas de Bel Canto (Perennial, 2001), la novela con la que Ann Patchett ganó el Orange Prize de 2001. Esta también transcurre en un país sudamericano innombrado pero en el que un grupo terrorista toma y mantiene como rehenes a muchas personas importantes en la casa del Vicepresidente (el Presidente, que se salvó de asistir, es de origen japonés). Es esta una novela más naif si se quiere, en la que el amor entre un empresario nipón y una cantante de ópera norteamericana, y la relación entre el intérprete también japonés y la guerrillera Carmen, ocupan el nudo de la historia. Aunque Patchett se esmere por llamar de distintas maneras al grupo terrorista («La familia de Martín Suárez» es el ridículo nombre que recibe el MRTA) y a las autoridades de aquel país, simples menciones a algunas tradiciones locales y a Santa Rosa de Lima –de quien Carmen es devota– despejan cualquier duda.
En la mucho más caleta Fuga dos Andes (Record, 2009), del brasileño José Pedriali, son un periodista y una terrorista enamorada quienes escapan en una historia llena de sangre, sudor y sexo dedicada a las víctimas de Uchuraccay. Es esta también una ficción con visos de realidad, basada en una historia que el propio Pedriali confesó que le ocurrió en el Perú en 1983, cuando trabajaba como corresponsal de un diario de su país. En todo caso, con relación al más potable «boom» gastronómico, el protagonista de Fuga dos Andes parece estar obsesionado por nuestra comida, además de por Beatriz, la ayacuchana «de ojos esmeralda, nariz pequeña y afilada, cuello largo y delicado, rostro ligeramente moreno, formas armoniosas, pelo lacio a lo Chanel».
(Un desvío-anotación: los «guerrilleros» peruanos son casi siempre buenos, como aquellos que salen de aventuras con Mac Gyver en el capítulo nacional («El Tesoro de Manco», ABC, 1990), en el que los terroristas solo quieren hallar el tesoro de los incas para hacer justicia con el pueblo oprimido por militares y politicastros. Lo triste es que al final el tesoro no es el apetecido oro imperial sino un silo lleno de semillas con las que se plantarán los Andes. O como los terroristas que aparecen en una película infame, inolvidable: Lima: Breaking the Silence. En este film de 1999, protagonizado por un enigmático Joe Lara, típico galancete latino musculoso y pelilargo, resulta difícil enterarse si los malos van del lado del MRTA o del Presidente Fujimoro (sic) y su esbirro maléfico, el General Monticito Frantacino (doble sic). Fascinante).
Y es que en el Perú de ficción el amor y la muerte parecen convivir en armonía entre terroristas sanguinarios, policías corruptos, mujeres hermosas y exóticas destinadas a morir trágica y violentamente, y hombres que aún no saben que en medio de aquel país que se desbarata, siempre –siempre– hay oportunidad para que alguien pueda ver la luz… o al menos contar una historia. Aquellos años terribles del país se parecen mucho al psicópata que encarna Willem Dafoe en la clásica de David Lynch Corazón salvaje: Bobby Peru. Pasó de ser considerado territorio buen salvaje a bien salvaje. Habrá que ver qué le reserva la ficción al país de los años venideros. Temo que el Perú será un poco más aburrido y menos aventurero para los fabuladores. A menos que Ollanta Humala se siga esmerando en intentar lo contrario.

Alejandro Neyra (Lima, 1974) es diplomático y escritor. Autor de ensayos y de tres libros de relatos, su novela CIA Perú, 1985 ganó la versión 2012 del premio de la Cámara Peruana del Libro.

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