Colección Underwood
Reseñas

Colección Underwood

(Colección Reunida 2007-2010) ■ VVAA ■ PUCP, 2012 ■ 719 páginas (tres tomos) ■ 50 soles


A favor de los pequeños

«Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas (…). Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría». Aquellos versos de Poemas Underwood, del joven inmortal Martín Adán, bien podrían ser el motto y la inspiración (epónima) de una colección humilde y tenaz, que entre 2007 y 2010 publicó en formatos de bolsillo (de camisa) de edición impecable a 21 narradores y poetas peruanos, algunos reconocidos y otros nóveles. Las ediciones que ahora se agrupan en la Colección Reunida se guiaron por unas cuantas premisas fundamentales (que, dicho sea de paso, comparte esta revista): 1) la buena literatura no necesita de formatos ampulosos sino de contenidos que, no por breves, sean menores, ni por su diversidad impublicables bajo un mismo formato; 2) eso no quiere decir que la forma sea irrelevante, pues ella también es significante; 3) lo bueno, e incluso lo muy bueno, puede ser, con algo de esfuerzo, incluso gratuito.
La Colección Underwood fue un invento del escritor Ricardo Sumalavia en el bullente 2003, cuando en complicidad con algunos alumnos de Letras de la re-nombrada Universidad Católica, se valió de una fotocopiadora moderna para publicar algunos relatos y poemas que se distribuían libremente entre los interesados. En aquellos números primeros, casi fanzines y hoy joyas, vendrían autores que luego darían el salto a la «formalidad», en esos años de relativo auge de las editoriales independientes: Luis Hernán Castañeda, Carlos Gallardo, Edwin Chávez, Mónica Belevan, Álvaro Lasso.

En 2007, impulsados por aquel resurgimiento editorial y por otros proyectos similares –como la aguerrida Sarita Cartonera, proyecto solidario de origen sanmarquino– un grupo de estudiantes de literatura de la PUCP (Joel Anicama, Antonio Tuya, Mateo Millones, Estrella Guerra, Fidel Tubino, bajo la guía de Julio del Valle: honor al mérito) se hizo de un pequeño financiamiento de Estudios Generales Letras, retomó la iniciativa, y con ímpetu juvenil se relanzó a la aventura. El inicio fue tímido y localista, pero gracias a mentores notables, «los Underwood» se expandieron por el país y algunos incluso cruzaron fronteras, hasta convertirse en esperadas joyas made in Peru.
Han pasado ya cinco años desde aquellos primeros números: Solidaridad en la convivencia, de Manuel Fernández; y Lo raro es ser un escritor raro, de Mario Bellatin. Hecho un balance, el resultado es más que satisfactorio. De ello dan fe los 21 volúmenes que forman esta reunión, igual que los nombres de los autores publicados, algunos reconocidos y otros que con Underwood recibieron un espaldarazo amable y no pocas veces consagratorio: Antonio Cisneros, Carlos Calderón Fajardo, Gabriela Wiener, Carlos Yushimito, Jerónimo Pimentel, José Carlos Yrigoyen, Siu Kam Wem, solo por mencionar un tercio de ellos, que sin embargo dan buena idea de la armónica variedad del conjunto.

Underwood hizo posible también algo que resulta natural en una época de contrastes y cambios veloces, en el que nuestras adquisiciones suelen ser seguramente tan dispares como nuestras lecturas y la evolución de nuestros propios gustos e intereses. Bajo esta Colección Reunida –eso se aprecia mejor ahora, observando el conjunto– se han agrupado autores peruanos de distintas generaciones y que cultivan distintos géneros. Narradores jóvenes y poetas consagrados, o viceversa; ensayos novedosos y prosa experimental; todo cabía en esos pequeños libros que, además, destacaban siempre por el arte de sus carátulas, que abstraía detalles decorativos de retablos ayacuchanos, motivos precolombinos o enrejados coloniales por igual. Solo común a toda la publicación fueron el formato (10,5 x 14,5 cm), la calidad de los textos y la pulcra estética de la edición. Dicho de otra manera, forma y fondo, lo que los lectores buscamos.
Lamentablemente, como diría Lavoe, nada dura para siempre. Y aunque «de lo bueno poco» pueda ser otra forma de ver la colección, en este caso ello definitivamente no es cierto. El financiamiento se acabó y desde hace un par de años la Underwood –como sucedió con la mítica máquina de escribir– se detuvo y desapareció, dejando un vacío aún no cubierto en el mundo editorial limeño. La calidad de las ediciones y de los textos hacen que quienes extrañamos la periódica aparición de esos libritos seamos legión. Por el bien de la literatura nacional ojalá este proyecto se relance y, por qué no, se haga más grande y fuerte. Por ahora solo queda solazarse con los 21 números de esta etapa que, por esta única vez, se venden (por un precio muy asequible, por cierto). Ojalá que nuevos estudiantes o viejos profesionales retomen el proyecto, que venga una refundación y que recomience pronto el trabajo para las imprentas. Por Alain Huaroto


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