Segunda temporada ■ Número 18 ■ Primavera del 2019


Mi padre me espera junto a la máquina expendedora de café. Lleva la camisa a cuadros y el pantalón azul que usa la mayoría de domingos. Me dice que en aquella esquina se puede conversar con tranquilidad. El resto del área de espera de la clínica se encuentra abarrotada de familias. Mamá y los padres de Marita aguardan al otro lado de la sala, desparramados sobre un par sofás de cuerina cuarteada. Cada vez que mi madre alza la mirada para vernos, papá se frota las manos. Es un tic que delata su nerviosismo. Mi padre introduce una moneda en la máquina de café y empieza a hablar. Me dice que me perdí el nacimiento de Renata, que grabó en su teléfono todo lo que pudo desde que mi hermano salió vestido como doctor de la sala de parto. Cree que mi sobrina se parecerá a nosotros. Retira otro vaso de café de la máquina e inmediatamente cambia de tema. Habla del nuevo proyecto de su vida. Uno que por fin lo aliviará de sus deudas. Ha conocido a unos inversionistas chinos que seguro querrán financiarlo. Entonces, como siempre, me desconecto y pego los ojos en el televisor que cuelga a unos metros de nosotros. Papá habla para sí mismo, le basta con que asiente con la cabeza. Soy la interlocutora de utilería que necesita para contarse otra de las historias con las que se protege. En ellas, los políticos y los empresarios lo reconocen. En ellas, siempre se encuentra a punto de cerrar negocios millonarios. En ellas, nunca es culpable. De niña me gustaba escucharlo. Me hablaba del bienestar del país y de arquitectura. De su plan para resucitar el Davory, una cafetería de moda durante su juventud, y convertirla en una franquicia que compitiera contra Burger King. Yo lo animaba, me ofrecía para trabajar en el negocio cuando me hiciera grande. Vivíamos la misma fantasía. Hoy temo convertirme en él. Me repito con todas mis fuerzas que prefiero ahogar cualquier sueño antes que ser mediocre o fracasar. Me burlo de aquel compañero de la universidad que se mudó a Nueva York para convertirse en actor y hoy deambula por el circuito latino de teatro para aficionados. Mi padre es verborreico, no admite preguntas y se defiende ante cualquier crítica cambiando de tema. Sin embargo, hay dos episodios que recuerda sin escudo y sobre los que espera preguntas. Dos momentos en los que fue un héroe y hubo testigos. Se izan como banderas blancas entre los dos. Los cuenta con la voz pausada y los ojos brillantes, moviendo los brazos como si fuese un pájaro que por fin alza vuelo.

El primero sucede en 1981 y la luz de verano rebota con toda su fuerza sobre la mesa de vidrio de la cocina. Frente a ella, mi hermano Sergio, de cinco meses, abre la boca. Es la primera vez que prueba comida de verdad. Mi madre captura la escena a través del lente microscópico de una cámara de bolsillo Kodak. El abuelo levanta una taza de café en un brindis improvisado. Mi hermano pide otra cucharada relamiéndose los labios. La abuela sonríe y guía otro avión de papilla hacia su boca. Mi padre celebra besando el pelo castaño de su hijo, toma las llaves del auto y se despide apurado. Cuando enciende el motor de su Volkswagen azul, todo cambia. Escucha gritos que provienen del interior de la casa. Reconoce la voz de mi madre. Salta del auto sin apagar el motor. Corre a la cocina. Encuentra a mamá arrodillada en el piso con las manos juntas en una oración. A mi hermano de cabeza, sostenido en el aire, colgado de los pies entre las manos del abuelo. Mi hermano se mueve como un pez agonizante mientras la abuela le golpea la espalda. Papá sabe que en ese momento la vida de los cinco se extingue. Coge a mi hermano y lo coloca sobre la mesa de vidrio. Tiene los ojos volteados y una vena marca su piel desde la frente hasta la parte baja del cuello. Mi padre introduce dos dedos entre los labios morados de mi hermano. No sabe si empuja el alimento hacia el esófago o si lo extrae, pero siente cómo el oxígeno ingresa de golpe a los pulmones de su hijo. El aire también regresa a mis abuelos y a mi madre. Los ojos de mi hermano vuelven a ser verdes. Mi madre carga a mi hermano con brazos temblorosos. El abuelo se acerca a mi padre y le coge con fuerza la mano. «No sé qué hubiera pasado si no llegabas», le dice con los ojos cristalinos y la piel pálida. Papá limpia el puré que cubre sus dedos, se vuelve a despedir y parte al trabajo. Esa mañana conduce el Volkswagen sin encender la radio mientras en casa mamá tira la cuchara, el plato y la Kodak a la basura.

«Papá, Sergio ya salió», digo señalando la puerta blanca adornada con cigüeñas que acaba de atravesar mi hermano. Terminamos el café y caminamos juntos hasta el sillón donde está mi familia. Papá retira su celular del bolsillo, se coloca los anteojos y me muestra el video que grabó una hora antes. Es una grabación movida que dura diez segundos. En ella, una enfermera empuja el carrito que transporta a Renata hacia el área de neonatos. Mi hermano la sigue y saluda a la cámara. Cuando alcanzamos a Sergio, papá se frota las manos sin parar. Mi hermano nos habla del peso y la talla de Renata, nos dice que es una niña sana, después nos guía hacia la sala de recién nacidos. En el camino mi padre no deja de hablar. Mamá apura el paso para no tener que escucharlo. Renata se encuentra en la cuna número cinco. Nos recibe con los ojos entreabiertos y confundidos por las luces que le apuntan de todas las direcciones. Sé que no puede vernos, pero me acerco lo más que puedo a ella. Su cuerpo se mueve con dificultad bajo la manta que la abriga. Me apoyo en el vidrio grueso que nos separa. Le explico en silencio que seré su madrina. Que le compraré libros de Oliver Jeffers. Que le enseñaré que los perros siempre serán mejores mascotas que los gatos. Sergio se rasca la ceja mientras contempla a su hija. Lo abrazo después de mucho tiempo. Desde chicos cada fecha especial nos saludamos copiando un apretón de manos que veíamos en El príncipe del rap. Sergio y yo compartimos las mismas manías. Odiamos el gentío, nos rascamos la ceja al ver televisión. Mi padre saca fotos de su nieta. Lo hace compulsivamente como si el nacimiento de Renata fuese también una nueva oportunidad para él. Señala a mi sobrina y exclama que tendrá el color de ojos de mi hermano. «Ay, por favor. A esa edad todos los niños tienen los ojos grises», responde mi madre sin mirarlo. Papá retrocede y revisa una página de noticias en su celular. En cuestión de segundos, se aleja con el teléfono pegado a la oreja. Finjo no escucharlo. Me concentro en Renata. En el cartel de letras rosadas donde han estampado las huellas de sus pies.

Mi padre ha postulado dos veces a la alcaldía distrital. He visto su rostro rejuvenecido por el Photoshop en paneles publicitarios y periódicos de poca circulación. Se define a sí mismo como un demócrata que rechaza las injusticias. Nunca he votado por él. De niña fantaseaba con volverme periodista, fabricaba mi propio periódico de historias disparatadas con papel para impresora y lapicero azul. Hace unas semanas encontré varios ejemplares de El Informativo mientras empacaba mis cosas para mudarme de casa. En la edición de julio de 1994, una niña y su padre encuentran el diamante más grande del mundo en el techo del restaurante donde comen hamburguesas. El padre de la historia se llama como el mío. La niña no lleva mi nombre, pero sí mis lentes y mi flequillo desordenado. La noticia es el titular del día y se acompaña con un dibujo. La niña y su padre tomados de las manos posan frente a las cámaras de televisión, detrás de ellos un grupo de bomberos monta la piedra preciosa sobre una grúa de construcción. En la edición de julio de 1995, un arquitecto de 42 y su hija de 10 inauguran un refugio para perros abandonados en una casona vieja de Cieneguilla. Los ejemplares de El Informativo se encuentran llenos de versiones distintas de mi padre. En el diario mi madre nunca aparece.

El año en que cumplí 12 la relación con mi padre empezó a cambiar. Se diluyó de a pocos como un bloque de hielo entre las manos. Una tarde Sergio apareció en mi dormitorio sin aviso mientras yo miraba televisión. Se sentó al borde de la cama, cogió el control remoto y apagó el aparato. «Tengo que decirte algo», soltó mientras jugaba con el encendedor plateado que tenía entre los dedos. Lo encendía y lo apagaba sin desviar los ojos de la llama. «Mi papá no viajó a Cusco por trabajo. Se fue para casarse con Rocío». Le pregunté desde cuándo lo sabía. «Me llamó del aeropuerto, me encargó que te diera la noticia», dijo mirándome fijo. Mi silencio habló por mí. Sergio aspiró hondo y dejó el zippo sobre la cama. «Tú sabes cómo es. Solo piensa en él mismo. Es un huevón». En los ojos de Sergio no había pena ni molestia. Mi padre se había encargado de vaciarlos. Recordé a mi hermano angustiado, vestido con la camiseta de Alianza Lima, desparramado sobre el sofá, listo para ver junto a papá un clásico al que nunca lo llevaría. Pensé en mí, durante la primaria, cantando «We Are the World» en el auditorio del colegio, buscando a mi padre sin éxito entre el público. Sergio siempre lo enfrentaba por los dos. Mi hermano abriendo el sobre de dinero que papá nos entregaba cada mes, solo para constatar, una vez más, que faltaba la mitad de la mensualidad de nuestros colegios. Mi hermano de 16 increpándole con voz firme en medio del restaurante que si no fuera por mamá estudiaríamos en un colegio estatal. Papá secándose el sudor de la frente, tartamudeando, pidiendo la cuenta. Sergio siempre lo empujaba contra las cuerdas. Yo observaba sin hablar, aunque por ratos pateaba sus canillas por debajo de la mesa.

El segundo matrimonio de mi padre duró cinco años. Fue él quien terminó la relación. Lo hizo por walk over. Nunca le pidió el divorcio a Rocío. Le dijo que necesitaba tiempo para pensar y se mudó a una pensión en la avenida Pardo. Papá regresaba todas las mañanas al departamento donde vivía con su esposa mientras ella se encontraba en el trabajo. Retiraba sus pertenencias en silencio y de a pocos. Primero se llevó los abrigos desterrados en la parte más alta del closet. Después cargó con sus camisas y pantalones. Lo último que se llevó fue su guitarra Falcón. Dejó las fotografías de su matrimonio y una computadora malograda. Al mes de que mi padre abandonó a Rocío, ella apareció en la puerta de casa. La excusa era dejar nuestros regalos de Navidad. Se notaba que los había comprado al paso. A Sergio le dio un cd que nunca escucharía. A mí, un top morado que jamás me pondría. Antes de irse, Rocío pidió hablar con mi madre. La sujetó del brazo aferrándose a ella como si se hundiera en un pantano desconocido. Mamá la invitó a la sala y le sirvió un vaso de agua. Rocío se dedicó a lanzar teorías construidas junto a su psicoanalista. Papá tenía una personalidad borderline. Papá nunca superó la muerte de su madre y sufría de carencias demasiado profundas. Papá solamente necesitaba un poco de tiempo. Rocío se sobaba los ojos. Negaba con la cabeza. Mamá tampoco encontraba respuestas. Alzaba los hombros ante cada hipótesis. Cuando Rocío se quedó sin teorías, abrazó el cojín y se echó a llorar. Unos meses después, me la cruce en el supermercado. Se había teñido el cabello de rubio y colocaba frutas y verduras en el carrito como si fuera un autómata. No la saludé.

La oscuridad es rojiza si se está tumbado en la pista a mitad del día. Mi hermano y yo somos la aparición que lo acompaña. Sergio y yo, de niños, aprendiendo a volar cometa en el malecón de Miraflores.

 

Rubén aparece con un regalo entre las manos. Es una caja grande perfectamente envuelta en papel lustre amarillo. «Ya eres abuela», exclama, y besa la frente de mamá. El esposo de mi madre deja el paquete en el piso y felicita a Sergio. Después saluda a mi padre con un apretón de manos. Papá se suelta rápido y clava los ojos en la caja, mientras Rubén se acerca al escaparate que nos separa de la sala de cunas. Papá se frota las manos, contempla su celular. Rubén sonríe. Sus ojos se iluminan al ver a mi sobrina. Desde que Rubén llegó a casa se convirtió en mi cómplice. Tomaba mi lado cuando me peleaba con mamá. Me llevaba a comprar libros. Luego parábamos en el Bembos y hablábamos hasta que no quedase ni una papa frita en la bandeja. Conversábamos del tiempo en que vivió en Alemania antes de que cayese el Muro de Berlín. De sus épocas como tenor en el coro nacional. De cuando fue trotskista y casi lo encarcelan. Rubén participaba en mis locuras de adolescente. Él y yo sentados en su auto frente al hotel Los Delfines esperando durante horas a que Alejandro Sanz se asomara por el balcón a saludar a sus fans. Él consiguiendo el número de fax de la habitación del cantante para que yo pudiese enviarle una declaración de amor. Rubén señala las huellas de mi sobrina. Dice que tendrá pies largos y espigados como mi madre. Detrás de mí, papá carraspea. «¿Vamos por un café?», le pregunto. No sé a cuál de los dos quiero proteger. De camino a la máquina expendedora, mi padre suelta la misma cantaleta de siempre. Me dice que Rubén luce viejo y demacrado. Que podría pasar como mi abuelo. Me pregunta si todavía enseña en la universidad. Dice que no entiende cómo pudo haber sufrido un preinfarto por estrés teniendo un trabajo tan poco exigente. Antes de que pueda responderle, cambia de tema. Vuelve a los inversionistas chinos. Explica que les propondrá construir un complejo hotelero frente a la Costa Verde. Un resort como los que se erigen en El Caribe. Cuando se trata de mi padre soy intolerante. Enfurezco ante sus ilusiones, anulo cada una de sus ideas, lo lastimo.

—¿Tú qué puedes saber de hotelería?

Mi padre se aclara la garganta.

—No hay tanta ciencia, hija. Es cuestión de ser capaz de gestionar un proyecto y encontrar a las personas correctas.

—¿Tienes un plan de inversión?

—…

—¿De marketing?

—…

—¿De algo?

El sonido de mi celular nos otorga una tregua. Del otro lado de la línea, mi madre me dicta el número de habitación a donde han trasladado a Marita después de la cesárea. Papá y yo nos dirigimos al cuarto sin hablar. Se trata de una suite que cuenta con una salita para invitados. Cuando llegamos, mi hermano saca una botella de vino del minibar. Rubén le alcanza vasos descartables. Hay un brindis. Papá se mantiene debajo del umbral de la puerta todo el tiempo. Conversa con el padre de mi cuñada que vive en Piura. Habla relajado. No se frota las manos y ha guardado el teléfono en su bolsillo. Conversan sobre lo peligrosa que está Lima. Me siento culpable. «Papá, cuéntale de la vez en que casi roban la camioneta de mi tía», intervengo. Mi padre abre sus alas. Habla de ese otro momento del que se siente genuinamente orgulloso. Alza la voz como si fuese un pastor evangélico. Me adentro en la habitación de mi cuñada. Recuerdo la historia a la perfección. Mi tía estaciona el auto en el frontis de su edificio. Papá oye un golpe seco del lado de su hermana. Gira la cabeza y ve al intruso. Lentes oscuros, polo a rayas. El hombre golpea la ventana del conductor con la culata de una pistola. El cristal se muele de a pocos formando la imagen de miles de telas de araña. Papá sabe que la lámina antirrobo no aguantará otro culatazo. El hombre los obliga a salir. Antes de que mi tía abandone el auto, mi padre le arranca las llaves de las manos. Le da instrucciones de correr hacia el edificio y llamar a serenazgo. Papá respira hondo. Baja del vehículo con las manos en alto. «Yo tengo las llaves», grita. Mi tía corre lo más rápido que puede. Cruza las rejas del edificio con el rostro lleno de lágrimas. Desde dentro, observa a mi padre en una escena de película. Papá cierra el puño protegiendo las llaves de la camioneta. El hombre lo coge del cuello, le apunta con el arma. Lo patea en el abdomen. Mi padre cae al suelo. Su cabeza rebota contra el asfalto. Las llaves salen volando. Papá recibe golpes en todo el cuerpo. Piensa que va a morir. Se concentra en el cielo antes de que se le cierren los ojos. El sol se filtra a través de sus párpados. La oscuridad es rojiza si se está tumbado en la pista a mitad del día. Mi hermano y yo somos la aparición que lo acompaña. Sergio y yo, de niños, aprendiendo a volar cometa en el malecón de Miraflores. Lo último que escucha mi padre antes de perder la conciencia es la sirena de un patrullero. Lo primero que ve al despertar es el auto de mi tía: intacto, azul y brillante.

Me acerco a la cama de Marita. Le pregunto cómo se siente. Me dice que solamente quiere cargar a Renata y contemplarla. No sé si son las drogas, pero me mira con ojos aguados. Me dice que desde que es mamá su alma ha crecido. Al poco rato se queda dormida. A mi lado, mi madre construye una torre con los regalos para su nieta. Mi hermano destripa el primer paquete. Es un juego de platos para bebé. Contiene una cucharita azul y un cuenco amarillo con dibujos de estrellas, nubes y soles. A lo lejos, mi padre cuenta su historia. Mueve las manos. Forma una pistola con los dedos y le apunta en la frente al padre de mi cuñada. Me pregunto si algún día escribiré sobre él■


María José Caro (Lima, 1985) ha publicado los libros de cuentos La Primaria y ¿Qué tengo de malo?, y la novela Perro de ojos negros. El 2017 integró la nueva lista del Hay Festival de los 39 mejores escritores menores de 40 años de América Latina.

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