Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

Riesgos de los viajes en el tiempo

Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938) Alfaguara (2019) ■ 320 páginas ■ 84 soles


Novela. Riesgos de los viajes en el tiempo es una historia estrictamente Orwelliana: el planeta se ha reordenado en bloques de países, uno de ellos liderado por Estados Unidos, los individuos son sometidos a una vigilancia permanente que opera a través de la paranoia colectiva, el calendario ha sido recalculado —su punto de partida son los atentados del 9/11—, los libros fueron eliminados a inicios del «nuevo tiempo» y las ideologías han desaparecido para dar paso a una sola forma de gobierno. A eso se le suma un guiño a la visión xenofóbica de Trump: las personas son clasificadas por su «raza» y, como es predecible, los caucásicos están en la cima de la pirámide.

Además, igual que en 1984, el olvido es una política pública. La diferencia: el régimen que propone Oates no se limita a un control riguroso de la información, sino que suprime la existencia de sus enemigos potenciales enviándolos al pasado. Específicamente a la universidad de Wainscotia, en Wisconsin, 1959. Así ocurre con Adriane Stohl, que por una falta mínima —ser la más destacada de su promoción, preguntar abiertamente por el origen del nuevo gobierno en su discurso de fin de escuela— es secuestrada y enviada al exilio. Adriane, de diecisiete años, se convierte en Mary Ellen Enright.

Su exilio funciona como un reformatorio. En la universidad de Wainscotia de fines de los cincuenta, los físicos más renombrados se esfuerzan por desmentir la teoría del Big Bang para validar la existencia de Dios, los profesores de antropología defienden la «teoría de creación especial» sobre la selección natural de Darwin y el conductismo de Skinner está en su auge. Esta es una de las fortalezas de la novela: Oates consigue que una época —ortodoxa, desinformada, controladora— no solo sea coherente con su futuro distópico, sino que lo legitime. La historia de la ciencia, en su punto más retrógrado, respalda al universo creado.

Mientras tanto, la política del olvido se impone a lo largo de la novela. En Wainscotia, Mary Ellen es atacada por dolores de cabeza cada vez que intenta pensar en su familia. Recordarlos es su único recurso para mantenerse a flote, pero también un acto de desobediencia y una manera silenciosa de protesta. Olvidar, siempre, es una forma de rendición. Por Emilie Kesch


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