Segunda temporada ■ Número 18 ■ Primavera del 2019

POSFACIO: UNA EXPLICACIÓN

Los cien años de Salinger, la devoción y qué hacer con los textos recobrados (por ejemplo, traducirlos).

Por Guillermo Niño de Guzmán

Foto: El Cultural

Cuando J. D. Salinger murió, a los 91 años, el 27 de enero de 2010, se rumoreó que había dejado un valioso legado de manuscritos inéditos. Si bien no había difundido nada nuevo en casi medio siglo (su último relato, «Hapworth 16, 1924», había aparecido en el New Yorker en 1965), se sabía que había seguido escribiendo hasta el final de sus días. Según Joyce Maynard, una joven universitaria de 18 años que había sido su pareja sentimental durante casi un año, en 1972 el escritor contaba con dos libros terminados. Sin embargo, no tenía el menor interés por publicarlos. En una rara entrevista que concedió al New York Times en 1974, el propio Salinger revelaría: «Hay una paz maravillosa en no publicar... Me gusta escribir. Me encanta escribir. Pero escribo solo para mí y para mi propio placer».

En realidad, se había alejado del mundo desde 1953, año en que decidió abandonar Nueva York. El desbordante éxito de su primer libro, la novela El guardián entre el centeno (1951), lo había convertido en un autor popular, algo para lo que no estaba preparado. Salinger decidió instalarse en el pueblo de Cornish, en New Hampshire. Compró una casa y mandó construir una empalizada para preservar su intimidad y protegerse de los intrusos. A partir de entonces, adquirió una fama de recluso voluntario que se haría cada vez mayor a medida que envejecía y era asediado por lectores y periodistas.

El aislamiento del escritor y su reticencia a publicar lo volvieron un personaje de leyenda. Algunos biógrafos han rastreado las raíces de su conducta huraña en las terribles experiencias que vivió durante la Segunda Guerra Mundial. Enrolado por el Ejército, Salinger estuvo en el Día D, así como en las feroces batallas del Bosque de Hürtgen y de las Ardenas. Fue asignado a una unidad de contrainteligencia, donde interrogó a prisioneros de guerra. Ascendido a sargento, entró en el campo de concentración de Dachau en abril de 1945. Luego de la derrota alemana, sufrió un colapso nervioso y tuvo que ser internado en un hospital, aquejado de estrés postraumático. «En verdad, nunca te libras totalmente del olor de la carne quemada, no importa cuánto vivas», le confiaría a su hija Margaret más adelante.

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La salingermanía se extendió rápidamente no solo por Estados Unidos, donde su novela se convirtió en lectura obligatoria en los colegios, sino por el mundo entero. Dado lo reducido de su obra (cuatro libros), los fanáticos se dedicaron a buscar todos los cuentos que Salinger había divulgado a través de revistas en los años 40 y 50, y que no había querido incluir en un volumen. El escritor era muy crítico consigo mismo y, al parecer, estaba descontento con la calidad de esos relatos dispersos. No obstante, sus lectores no pensaban igual e insistieron en bucear en archivos y bibliotecas para obtener copias de los textos.

Finalmente, en 1974, apareció una edición pirata en dos tomos que reunía los 22 cuentos que el autor se había negado a recopilar en un libro. Este cronista tuvo la suerte de procurarse un ejemplar del primer tomo —que reproducía 17 cuentos— en la librería Shakespeare & Company, en París, donde no había riesgo de que la edición fuera requisada.

No obstante, la situación cambió de plano cuando irrumpió Internet y ya no fue necesario recurrir a la piratería literaria. La gran comunidad internacional de devotos no tardó en poner al alcance de cualquiera aquellos cuentos diseminados en publicaciones periódicas. Y, que sepamos, ni el escritor ni sus editores oficiales hicieron nada contra ello. Ciertamente, no había manera de impedirlo. En consecuencia, la difusión del corpus total permitió tener una idea más cabal del material que Salinger se resistía a reimprimir.

Lo mejor de todo fue comprobar que, dentro del conjunto, había algunas piezas que sí poseían suficientes méritos. ¿Por qué vacilaba tanto el autor frente a estas narraciones? Después de todo, se descubrió que había llegado a hacer una excepción en la década del 60 y que había aceptado publicar en el Japón un libro integrado por cinco de aquellos relatos dispersos bajo el título de El bosque invertido (1968). Vistos los hechos en retrospectiva, ¿no es lícito preguntarse por qué los lectores japoneses podían gozar de un privilegio que se le negaba al resto del mundo? ¿Cedió el escritor por meras razones económicas o —lo que es más probable— por sentirse conmovido ante la abrumadora afición que imperaba en el Japón? En este punto habrá que reconocer que uno de sus apasionados lectores, el novelista Haruki Murakami, se empeñaría en hacer una nueva traducción de El guardián entre el centeno en el 2003.

Ahora que se celebra el centenario de Salinger, la situación ha tomado otro cariz. Luego de su fallecimiento, sus herederos anunciaron que iban a publicar parte del material hallado entre sus papeles. Algunos investigadores señalaron que se esperaba difundir al menos cinco libros nuevos. Sin embargo, han transcurrido ya nueve años y no ha salido ninguno. Lo que sí se ha lanzado es una recopilación denominada Three early stories (2014), que recupera tres de las piezas publicadas en revistas. Y ello ha sido posible gracias a que su sagaz editor se percató de que su propiedad intelectual había pasado a ser de dominio público por negligencia de los albaceas (estos montaron en furia, pero no consiguieron recobrar los derechos).

La salingermanía no se ha contentado con rescatar lo que el escritor publicó en vida, sino que ha dado un paso más al sacar a la luz manuscritos inéditos que este depositó en bibliotecas universitarias y centros de investigación. No pertenecen al material que guardaba celosamente en una caja de seguridad en su casa de Cornish y que hoy están en manos de sus herederos. Son siete relatos que datan de los años 40 y que, por una u otra razón, se abstuvo de publicar. La mayoría son simples esbozos, borradores de historias que aún requerían ser desarrolladas o revisadas. Pero hay dos que son cuentos realmente acabados y no desmerecen en absoluto respecto a su obra publicada. Se trata de «El último y mejor de los Peter Pan» y «El océano lleno de bolas de bowling», que se encuentran en la Biblioteca Firestone de la Universidad de Princeton. Los otros cinco están en el archivo del Centro Harry Ransom de la Universidad de Texas. Tanto en uno como en otro caso pueden ser consultados por los estudiosos, aunque bajo supervisión del personal (no se permite sacar copias). Según las estipulaciones del autor, solo se autorizaría su publicación 50 años después de su muerte (o sea, el 27 de enero de 2060).

Pues bien, en noviembre del 2013, en una lista británica del sitio de subastas eBay, se consignó la venta de un libro simplemente titulado Three stories, que agrupaba tres de los cuentos inéditos mencionados. De acuerdo con el pie de imprenta, era una edición londinense de 1999 y con una tirada de apenas 25 ejemplares. La noticia corrió como un reguero de pólvora y el libro pirata no tardó en venderse. Afortunadamente, su feliz propietario quiso compartir el hallazgo, así que escaneó el texto y lo puso en la web al alcance de todos los fanáticos.

Por supuesto, siempre se interpondrá el problema ético acerca de si debe respetarse o no la última voluntad de un autor. En ese sentido, habrá que recordar que el narrador estadounidense no destruyó sus papeles, lo que sugiere que era consciente de que eventualmente podrían ser leídos.

 

El suceso levantó cierta polvareda, ya que contravenía los deseos del autor. En alguna ocasión, Salinger se había referido a estos relatos y había sido rotundo. «Quiero que tengan una perfecta muerte natural —dijo—. No estoy intentando ocultar las torpezas de mi juventud. Solo que no creo que sean dignos de publicarse». Esta aseveración es válida en lo que concierne a «El chico del cumpleaños» y «Paula»: el primero puede descartarse por su obviedad y carencia de sustento; el segundo resulta peor, ya que está en una fase embrionaria, aparte de ser inverosímil. Pero el tercero, «El océano lleno de bolas de bowling», es la joya de la corona. Un crítico no ha dudado en señalar que está a la altura de «Un día perfecto para el pez banana» y de las demás piezas que integran su segundo libro, Nueve cuentos (1953).

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Probablemente, Salinger escribió este cuento en la primavera de 1944, es decir, en plena guerra. En 1946, lo envió, sin éxito, a Harper’s Bazaar. En 1948 lo sometió a consideración de la revista Woman’s Home Companion, pero su editor juzgó que era demasiado «pesimista» y rehusó publicarlo. También tropezó con la negativa de Collier’s. Al cabo de un año, corrigió el texto (y le dio un nuevo título: «Un accidente de verano») y lo propuso al New Yorker, con similar resultado. A partir de ese momento, seguramente desalentado, optó por retirarlo de la circulación.

«El océano lleno de bolas de bowling» es el más claro precedente de El guardián entre el centeno, que, como se sabe, refiere las desventuras del adolescente Holden Caulfield. Luego del rechazo del New Yorker, Salinger retomó la novela con la que venía batallando desde hacía unos años y que lo haría famoso de la noche a la mañana. Pero su cuento había sido la primera piedra de la edificación de la saga de la familia Caulfield.

El protagonista es un hermano menor del rebelde Holden llamado Kenneth, quien será rebautizado como Allie cuando aparezca en El guardián. En «El océano lleno de bolas de bowling» ya asoman varios de los elementos que Salinger desarrollará en su única novela: el ámbito escolar, la presencia de un adolescente iluminado, unos hermanos que hablan sobre literatura y una devastadora muerte en la familia. Y, por cierto, la peculiar forma de relacionarse de los hermanos también anticipa la que el escritor adjudicará a los miembros de su otra saga familiar: los Glass (entre los que se cuentan Seymour—el personaje principal de «Un día perfecto para el pez banana»—, Buddy, Boo Boo, Franny y Zooey, entre otros).

Pese a que la historia del cuento gira en torno a Kenneth, la introducción de Holden mediante un recurso epistolar es uno de los episodios más felices del relato. De acuerdo con el editor literario de la revista Collier’s, Knox Burger, «incluye la carta más notable que haya escrito jamás a su hogar desde un campamento escolar un hombre o un niño». Salinger debió sufrir mucho por la incomprensión de los editores respecto a este cuento, pero se las arregló para transvasar su espíritu a la novela que sería considerada su magnum opus. Sin embargo, en esta última hizo algunos cambios: el nombre y la edad de un personaje, y la enfermedad grave que padecía (leucemia en lugar de insuficiencia cardiaca). Más aun, el protagonismo pasó de Kenneth a Holden (aunque mantuvo el detalle del guante zurdo de béisbol donde transcribía poemas). A raíz de esas modificaciones, Salinger debió de pensar que el cuento complicaba la narrativa alrededor de los Caulfield que había orquestado en El guardián entre el centeno, y decidió renunciar a él.

No tengo ninguna duda de que «El océano lleno de bolas de bowling» es uno de los cuentos más entrañables de J. D. Salinger. Además, deja entrever una grieta fantástica insólita en una producción tan marcadamente realista. Por supuesto, siempre se interpondrá el problema ético acerca de si debe respetarse o no la última voluntad de un autor. En ese sentido, habrá que recordar que el narrador estadounidense no destruyó sus papeles, lo que sugiere que era consciente de que eventualmente podrían ser leídos. Ahora bien, ante la reticencia o indecisión de sus albaceas, ¿hay que resignarse y aceptar que solo algunos profesores universitarios y estudiantes sean quienes gocen de la potestad de conocer el legado de Salinger? A fin de cuentas, su lectura no está prohibida (el veto atañe a la publicación en forma de libro). Hoy el texto original de «El océano lleno de bolas de bowling» se encuentra a la disposición de cualquier cibernauta. Solo queda agradecer el valor y la paciencia de aquel fanático que se atrevió a transcribir, palabra por palabra, esta obra cautiva de su escritor favorito. ¡Holden Caulfield hubiera hecho lo mismo!

Por lo demás, la versión que se ofrece en estas páginas es la única que existe hasta hoy en español■


Guillermo Niño de Guzmán (Lima, 1955) es escritor, traductor, crítico literario, periodista y editor. Entre otros, ha publicado Caballos de medianoche, Una mujer no hace un verano y Algo que nunca serás.

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