Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

OTERO CONTRA EL CANON

Días laborables ■ Diego Otero (Lima, 1973) Literatura Random House (2018) ■ 138 páginas ■ 49 soles

Por Carlos Yushimito


Novela. Una lectura inicial de Días laborables, de Diego Otero, convoca a algunos referentes literarios, rioplatenses en particular (Levrero, Soriano, etc.), que nos hacen pensar en una sensibilidad postmoderna. No obstante, aunque lo anterior se haga patente, su influencia debería hallarse principalmente en cierta cinematografía de autor. A medida que la leemos, recordamos, por ejemplo, los lentos travelling de Jim Jarmusch o la caracterización distante de Paul Thomas Anderson o la ralentización escénica de David Lynch. De este último ha tomado, sin duda, el manierismo de sus personajes y el humor opaco que podría encontrar, también, paralelos en la narrativa de Kafka. El tedio, se diría que casi psicopático del narrador, cuyo desapego radical de los acontecimientos nos habla por igual de una alienación ante el mundo corporativo y de cierto cinismo paralizante, acaba por generar un enorme extrañamiento en el lector, quien no encuentra nunca modelos realistas con los cuales identificarse.

El texto aspira a la realidad escénica, el discurso avanza en función de la efectividad de las imágenes. Prevalece la ausencia de una retórica. Ante el requerimiento mercantil de la legibilidad, la novela propone, por lo menos, dos incomodidades contemporáneas: la dilación y la digresión como apuestas narrativas. La de Otero parece ser, por consiguiente, una narrativa de la distracción, rebelde para un tiempo que proscribe ese aparente defecto a favor de un claro ordenamiento realista. Por si fuera poco, muestra un interés mínimo por el desarrollo de la trama, siendo esta reemplazada por cierta sucesión de imágenes que se van construyendo, casi aleatoriamente, como una historia, en la acumulación estática de la lectura. De ello procede un tono moroso que se acentúa a medida que los sinsentidos en la conducta de los personajes, bien en el espacio “real” de la historia, bien en el de los sueños que la complementan, se adecúan cada vez más a una atmósfera limítrofe o intermedia entre el absurdo y la conciencia. Aunque su narrativa puede producir una impresión de monotonía –lo que se percibirá erróneamente como un defecto–, ocasiona también una interpelación a la lectura acomodaticia habitual, precisamente por romper las expectativas de lo que las narrativas canónicas esperan que encontremos en una reformulación del yo narrativo. En este texto en primera persona, en el que la sensación de vacío e indiferencia del protagonista roza una radical neutralidad, los seres humanos revelan su artificio, su cansancio y, naturalmente, su esperpentismo. Todo se aletarga en el relato de su protagonista ante el apremio de una sociedad trivial y mediocre de la que se incomunica.

Hay algo del hastío, del desencanto de los noventa en la subjetividad que, tras el filtro irónico, queda como sedimento argumental. Eso lo convierte en un relato mucho más generacional de lo que, a primera vista, aparenta ser. Es inevitable entonces encontrar un diálogo con las novelas breves de Victoria Guerrero o Jerónimo Pimentel que reformulan el realismo sucio —el inspirado por el pulp— y con la producción moderada de la vanguardia de Carmen Ollé o Mario Bellatin, cuya naturaleza deliberadamente ficticia distancia e intimida a un lector que no se encuentra preparado para un consumo subversivo de la realidad ■


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