Segunda temporada ■ Número 18 ■ Primavera del 2019

NUNCA UN FINAL
FELIZ

John Maxwell Coetzee y la «Trilogía de Jesús»

Por Alejandro Neyra

Foto: Diario La Tercera

No suele dar entrevistas. Sus apariciones públicas se suelen limitar a lecturas de textos: no dialoga con el público. Pero a poco de la aparición de La muerte de Jesús, la última parte de una trilogía —y alegoría— sobre un niño refugiado de aptitudes extraordinarias que encuentra en los absurdos actos de los mayores las respuestas a algunas de las cuestiones filosóficas más urgentes de nuestros tiempos, J. M. Coetzee accedió contestar algunas preguntas a esta revista. Entre su admiración por Cervantes y la lectura de poesía argentina, se acerca a los lectores en español, anunciando la posibilidad de que Elizabeth Costello tenga aun algunas palabras de despedida para quienes la admiramos.

Hombre clásico

Cuando Coetzee recibió el Premio Nobel el 2003 no contó sobre sus orígenes, su vida o las lecturas que lo animaron a escribir: para eso escribió Infancia, Juventud y Verano, novelas de tinte autobiográfico. Tampoco hizo una reflexión política o social: para eso están las lecturas de su personaje Elizabeth Costello, la polémica filósofa australiana que diserta sobre diversos temas de actualidad con extraño candor. Y para explicar la tragedia absurda del mundo contemporáneo, ha escrito en los últimos años una trilogía que este 2019 culminó con La muerte de Jesús. Y es que Coetzee habla poco; se siente más seguro escribiendo o, cuando tiene que hacer una aparición pública, leyendo lo que ha escrito como si fueran lecciones o, casi literalmente, parábolas. Nadie mejor que él para decir que sus obras hablan por sí mismas y por él mismo.

En una de las contadas entrevistas que ha concedido y que han quedado registradas, se le nota incómodo frente al entrevistador. Se toma mucho tiempo para pensar sus respuestas, como si buscara la palabra justa, tal y como lo hace al escribir. Hace allí una reflexión que volverá a él en diversos momentos de su vida: ¿cómo enfrentar el acto mismo de la creación? Y, sobre todo, ¿qué es un clásico? Coetzee recurre entonces a un ejemplo que cobra sentido pleno al leer su reciente trilogía. Él, dice, no se siente como Beethoven, un genio que en las imágenes aparece sobrecogido por la inspiración; se siente más como el alumno de Johann Sebastian Bach, un maestro anciano y apacible que acompaña a quien quiere aprender a escuchar y a sentir la música, descubriendo así el mundo. Justamente en su ensayo sobre los clásicos, confiesa la emoción que sintió por primera vez al escuchar una melodía de Bach —el «Clave bien temperado»— siendo un adolescente en Ciudad del Cabo. Desde entonces, consciente de ese sobrecogimiento, de que lo clásico es aquello que sobrevive —sus ejemplos son Bach y Virgilio, pero Coetzee es también un experto en Beckett, en Dostoievski y en la literatura alemana, en especial de Goethe— se ha convertido en uno de los pocos escritores vivos que pueden quizá reclamar para sí ese mismo título. Y en su «Trilogía de Jesús», al tiempo de hacer hablar al Quijote en boca de sus personajes, se acerca a esa perfección de lo narrado que puede hacerlo uno de ellos.

Números y letras

En su juventud estudió Literatura, pero luego se aproximó, mientras trabajó en Gran Bretaña en IBM durante los 60, al lenguaje básico de las computadoras de aquellos tiempos. La poesía que escribió entonces utilizó algunas combinaciones algorítmicas y parte de sus investigaciones literarias buscaban acercarse a dos lenguajes completamente distintos a la vez que perfectos: la poesía y las matemáticas. Aquella era su forma de encontrar respuestas al mundo bipolar y continuó mientras el joven sudafricano se sumaba a las protestas contra la guerra en Vietnam, estudiando y enseñando en las universidades de Austin y Buffalo —aquello le impediría a la larga optar por la nacionalidad norteamericana y lo obligó a volver a Sudáfrica.

Poco a poco, Coetzee, además de convertirse en narrador, fue configurando una obra basada en esas mismas obsesiones por la perfección del lenguaje. Como si quisiera alcanzar un engranaje narrativo solo comparable al algebra en su intento de interpretar la sociedad, fue elaborando una serie de historias que bien podrían leerse como un continuo. Así fue como ganó dos Bookers con Vida y época de Michael K (1983) y Desgracia (1999), además, por supuesto, del Nobel en 2003. Su segundo Booker, una obra que confrontaba el racismo de Sudáfrica a través de una historia de violencia sexual, no estuvo exenta de polémica y lo llevó a mudarse a Australia, donde vive y cuya nacionalidad ostenta actualmente.

A través de ensayos, novelas y relatos, Coetzee ha venido construyendo una obra reconocible y apreciable. Su Elizabeth Costello, la pensadora australiana, habla de temas que preocupan al propio autor, como el maltrato a los animales y el vegetarianismo, y se ha consolidado como su alter ego, apareciendo también en su novela Hombre lento. De esta forma reflexiva, a través de relatos alegóricos, Coetzee se aproxima a su propia filosofía sobre el mundo moderno.

Es con su última trilogía —concebida desde el inicio como un todo, según nos contaría— que ha sido capaz de retomar sus temas recurrentes, diseñando una compleja fábula que nos lleva por historias que imitan —no sin cierta ironía— desde la vida de Jesús y la narrativa del cristianismo, hasta el drama actual de los refugiados y las contradicciones de la educación moderna, pero sobre todo por preguntas que, a través de la mirada de un niño excepcional, cuestionan el mundo contemporáneo. Incluso los mismos personajes llevan nombres simbólicos, en un juego de espejos y de alusiones que seguramente divierten al propio Coetzee.

Ilógica y sin final feliz

El niño David, y sus padres «escogidos» Inés y Simón —una nueva sagrada familia que habla en español— debe encontrar hogar en Novilla, una ficticia localidad que parece tan latinoamericana en su precariedad y exotismo como la propia Judea del siglo I. Desde allí, también en un símil bíblico, deben huir de los censos pues los padres temen que David les sea arrebatado. Así es como llegan a una ciudad más pequeña, Estrella, donde se asientan y debaten sobre la forma en que deben educar a su hijo, quien da muestras de ser un superdotado —la más evidente es haber aprendido a leer de manera autodidacta, con un ejemplar del Quijote que el niño memoriza e interpreta de manera excepcional.

Es en este deseo de educación que David confirmará su talento, pero también su incapacidad para adaptarse a un mundo extraño, en el cual su único compañero fiel y comprensivo parece ser su perro Bolívar. De esa forma, en una huida permanente, David mismo va a encontrar dos espacios educativos, o más bien dos métodos de aprendizaje, que le permiten interactuar con niños de su edad. Sin embargo, los adultos que dirigen esos mismos centros son, al igual que sus padres, incapaces también de domar el alma libre del niño maravilla.

Coetzee narra de manera magistral esta serie de desencuentros entre David, sus maestros y sus compañeros, pero a la vez aprovecha cada episodio para hablar de aquellas obsesiones que cuestionan el mundo actual. La escuela de música y danza a la que acude el pequeño es dirigida por Juan Sebastián Arroyo —una castellanización del nombre de Bach— y su esposa Ana Magdalena. El niño aprende entonces algunos pasos de baile, pero no hay forma de que sepa detenerse o seguir el ritmo que quieren imponerle los maestros. David no entiende lo que es una secuencia; tampoco quiere aprenderlo. Decide entonces alejarse de su familia, atraído por la hermosa profesora Ana Magdalena, hasta que termina asesinada por Dimitri, el guardián del museo que colinda con la escuela, quien se ha hecho amigo del niño —en realidad, prácticamente su discípulo— y quien llevaba aparentemente una doble vida de amor y locura con la maestra.

Tras aquella tragedia que enluta a Estrella y cuando, al inicio de La muerte de Jesús —la última novela de la trilogía— parece que David ha decidido llevar una vida normal, jugando fútbol con un grupo de chicos de su edad, llega a su vida el señor Julio Fabricante, misterioso dueño del orfanato Las Manos, que acoge a niñas y niños sin hogar para enseñarles labores manuales y técnicas. David decide dejar a su familia postiza y reconocerse a sí mismo por lo que en realidad es, un huérfano, y se queda bajo el cuidado de Fabricante y en compañía de muchachos y muchachas que encuentran en la labor física una forma de enfrentar la cotidianidad.

De la misma manera que David es un lector precoz y un bailarín prodigioso, resulta ser también un futbolista destacadísimo, capaz de driblear y anotar más y mejor que ninguno otro. Hasta que llega un partido en el que, tras burlar a toda la defensa rival, cae enredándose con sus propias piernas. Es entonces cuando la vida del niño elegido da un vuelco total. David es incapaz de patear, pero también de correr. Un día llaman desde el orfanato a Simón, el padre postizo, quien debe hacerse cargo nuevamente de David y llevarlo al hospital de Estrella.

Desde entonces, en manos del doctor Ribeiro y la enfermera Devito, David sentirá entumecerse su cuerpo, al mismo tiempo que empezará a compartir su extraña sabiduría con los niños del orfanato y de la academia de música del profesor Arroyo, contando los relatos doblemente ficticios del Quijote. Se encuentra entonces David nuevamente con Dimitri, quien ha sido llevado al hospital a desempeñar tareas de rehabilitación psicológica, con un Bolívar que parece volver a su estado más salvaje, y con mitos quijotescos que lo enfrentan a su enfermedad, y tras una inexplicable agonía, a la muerte en este mundo.

Ante esta situación Inés y Simón deberán hacer frente a un mundo cada vez más cruel, y al nacimiento de un mito, el de su propio hijo, a quien se dedican homenajes bizarros a través de obras de teatro y composiciones musicales, como si aún desde el más allá se empeñara en mantener viva su presencia.

David es siempre consciente de su excepcionalidad y de su trascendencia, igual que el propio Simón, quien intenta comprender la mirada de su hijo postizo y busca con él respuestas que nunca quedarán del todo resueltas: por qué él está en ese cuerpo, por qué es él quien enferma, por qué es el quién debe sufrir. En un pasaje clave de esta última novela, el niño decide finalmente, antes de morir, dejar escrito todo lo que le ha pasado y apretar fuerte en un puño aquel papel que retenga su memoria, para recuperarlo en la otra vida. Él, como el propio Quijote —David no llega a comprender que se trata de un personaje de ficción, o más bien se niega a hacerlo— termina concediendo que finalmente de nosotros solo quedará lo escrito. Quizá ese sea el único propósito de Coetzee en esta trilogía y en su propia vida: mostrar su confianza y su esperanza en el poder de la palabra escrita y en lo que está dejando a la posteridad.

La infancia de Jesús, Los días de Jesús en la escuela, La muerte de Jesús

Literatura Random House (2014, 2018, 2019) ■ 272, 256, 192 páginas ■ 79, 39, 69 soles

Coetzee, unas pocas respuestas

Es difícil categorizar sus libros. Por lo general se les describe simplemente como «ficción», pero hay un contenido filosófico y ético muy profundo en ellos. ¿Esto se da porque es escéptico con respecto al futuro de las novelas y la literatura?

No soy para nada pesimista o escéptico sobre el futuro de la novela. Por el contrario, en mi ficción intento abordar, a través de los medios que ofrece la narrativa, cuestiones que generalmente caen dentro del dominio de la filosofía discursiva.

La Infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela se pueden leer como una alegoría ética. Pero en América Latina, además de la aparición de los nombres y los caracteres españoles (especialmente los de Simón y el perro Bolívar), existe un desafortunado parecido de estos refugiados con la situación de América Central y, especialmente, con la de Venezuela. Esa segunda novela escrita el 2016 fue casi premonitoria. ¿Está interesado en esta lectura «no ficcional» de sus libros?

La serie de novelas La infancia de Jesús, Los días de Jesús en la escuela y La muerte de Jesús fueron concebidas mucho antes de la actual catástrofe en Venezuela. Además, las similitudes entre la situación del joven David en los libros y la de los niños refugiados en ciertas partes de América Latina son extremadamente ligeras. Por ejemplo, David no termina siendo rechazado en la nueva tierra donde se encuentra, y no tiene dificultad en encontrar un protector, un hogar y una escuela.

Don Quijote es leído por David como un símbolo y una urgente llamada. ¿Qué nos puede decir Cervantes estos días?

El logro de Cervantes fue inaugurar la era de la novela y en ese mismo movimiento definir sus límites, en el sentido que Don Quijote es, para cualquier narrador que le siga, una montaña que termina siendo insuperable. Para mí, como escritor, el ejemplo de Don Quijote es, por lo tanto, diferente del ejemplo que proporciona al joven David, quien lo toma más bien como modelo de cómo comportarse en el mundo.

Las lecciones de Elizabeth Costello discuten algunas ideas morales y filosóficas de nuestros tiempos. ¿Hay alguna posibilidad de que ella pueda reaparecer después de la trilogía?

Elizabeth Costello se acerca al final de su tiempo en la Tierra, tal como yo mismo. No habrá ningún libro titulado La muerte de Elizabeth Costello, pero es posible que ella tenga algunas palabras finales que ofrecernos.

¿Qué está leyendo en estos días?

Estoy tratando de abrirme paso a través de una vasta antología de la poesía argentina


Alejandro Neyra (Lima, 1974). Escritor y diplomático, fue director de la Biblioteca Nacional del Perú y Ministro de Cultura. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Peruanos ilustres y Peruanas ilustres; la trilogía de novelas «CIA Perú»; y el libro de ensayos Peruanos de ficción.

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