Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

MONUMENTO A LA LECTURA

Mercedes Mommany: la crítica literaria fuera del canon.

Por Gabriel Ruiz Ortega


¿Qué tiene que ocurrir para que un libro sea considerado un clásico? ¿Cuál es el camino que debe recorrer para ser considerado tal? ¿Quién o quiénes son los encargados de estampar el rótulo que asegura la posteridad o, en el menor de los casos, la nominación referencial por un par de generaciones más? Me hago estas preguntas no pensando en un libro de ficción importante o un poemario determinante, sino en uno que ubicaríamos en los terrenos de la crítica literaria, aunque fuera del código críptico exclusivo de los claustros académico. Me refiero a un género que bebe de los ríos del ensayo (no confundir con papers, por favor), de la verdad emocional, del impresionismo puro tal y como lo proyectó Montaigne en el ensayo, sus Ensayos, a decir de los entendidos, el fundador del género.

Se suele creer que el sello de clásico viene a cuenta del oficialismo letrado, lo cual hasta cierto punto es cierto. Como también lo es que, para que aquello suceda y no haya dudas de la decisión, este tiene que partir de una legitimidad, de un favor, digamos, democrático, el cual solo puede ser deparado por los lectores. Pero no nos equivoquemos. Si bien la lectoría legaliza un libro, existen distintos grados de diferencia en su conjunto. Por un lado, tenemos los lectores que prefieren los títulos de divertimento y por otro están aquellos que en silencio (aunque esta cualidad deja de ser tal en estos tiempos virtuales pautados por la metralleta de likes, en los que se ha entrado en una absurda carrera por ver quién lee más y quién se hace dueño de la última novedad editorial) forjan una tradición personal de lecturas.

En el imaginario de los lectores de ficción en español, se manifiestan distintos terruños de consumo. Pensemos en la idea que atesoran de la tradición narrativa norteamericana, que hasta la década de los sesenta dependía de plumas canónicas de la tradición narrativa gringa de entre siglos y que gracias a los autores del Boom pudieron acceder a otras voces que pasaron de la ubicación de oídas a una demanda por traducciones de sus libros. Fueron los Fab Four (Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar) y allegados del Boom (José Donoso y Cía), quienes promocionaron sus influencias directas e indirectas de los autores estadounidenses de la primera mitad del siglo XX. No nos referimos a un suceso menor, porque no solo se quedó en la justificada algarabía del Boom, sino que permitió que los lectores que empezaban a conocer a los entonces extraños (William Faulkner, John Dos Passon, Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway) fuesen tras otros autores que obedecieran a la influencia de la sombra benigna de la tradición narrativa norteamericana. De esta manera se armó un ejército de lectores (editores, traductores, agentes y periodistas culturales) que rastrearon a esos autores y libros fuera de la élite de los promocionados por los machos del Boom.

Se armó una cadena bibliográfica que permitió acceder a un universo distinto, quizá no con las luces de los integrantes de la llamada Generación perdida, pero no menos importantes en cuanto a aliento formal y estilístico. Al respecto, recomiendo la lectura de Walt Whitman ya no vive aquí (Sexto Piso, 2018) del traductor y escritor español Eduardo Lago. En esta publicación, Lago ordena para el lector en español toda esta tradición post Generación perdida, erigiendo a David Foster Wallace como el mayor representante de la misma. No es un trabajo que goce de éxito inmediato, en verdad no creo que suscite una conmoción comercial, pero sí un suceso en los lectores que ya han hecho suyo las avenidas principales y atajos de la narrativa gringa del siglo XX y que siguen con atención la que se escribe en estos años del siglo XXI.

Nos referimos, bajo todo punto de vista, a un triunfo de la lectura y sus consumidores, que demuestran su independencia a cuenta de su curiosidad sin estar pendientes de las últimas tendencias impuestas por las grandes editoriales y del canon académico que prefiere transitar por lo seguro en vez de arriesgar por lo nuevo (que no es igual a novedad).

En lo personal, me gusta cuando los lectores practican la crítica literaria, guiados por el afán de compartir títulos, poniendo de manifiesto la verdad emocional, que es el sello de agua de la lectura como experiencia total, en la que entran en comunión todos los sentidos encaminados por el placer, que en algunos casos podría ser equiparable al disfrute sexual. Es así como debe asumirse el acto de leer, al menos de esta manera la asumo yo.

Lo que salvará a la crítica será la vuelta al primer amor de la lectura, a esa felicidad que significó el libro que nos hizo ver el mundo de otra manera y que no dudamos recomendar a quienes deseamos que también sean parte de ese acontecimiento. Esa es la razón por la nunca he dejado de fijarme en críticos como Harold Bloom, James Wood, Frank Kermode, Christopher Domínguez Michael, Rodrigo Pinto, Ignacio Echevarría y Mercedes Monmany.

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Desde hace un tiempo circula un título que es todo un monumento. Ese monumento es ensayo, crítica, impresionismo y generosidad. El monumento: Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI de la crítica, ensayista y editora española Mercedes Monmany.

Antes de leer a Monmany ya había leído a Monmany. Me explico: lo hice mediante su prólogo a Los días contados (Libros del Asteroide, 2009) del extraordinario autor húngaro Miklós Bánfly. Esta novela conforma junto a Las almas juzgadas y El reino dividido la Trilogía Transilvana, uno de los mayores proyectos novelísticos de la primera mitad del siglo pasado. Al igual que yo, algunos lectores más comenzaron a tener un inicial contacto con la difusión de Monmany de ciertos autores europeos no muy conocidos, y no solo en Lima, sino también en el ámbito libresco hispanoamericano. A lo largo de los años me fui encontrando con otros prólogos y trabajos de edición de Monmany, siempre difundiendo a escritores hasta entonces escondidos para la idea que tenemos de los autores europeos, la mayoría marcados por los estertores de las dos guerras mundiales. Además, sus artículos y ensayos en medios escritos incidían en esa cartografía europea. De esta forma, plumas como Kjell Askildsen, Lars Gustaffson, Arto Paasilinna, Vasili Aksiónov, Evgenia Ginzburg, Viktor Pelevin, Brendan Behan, Seumas O´Kelly, Monica Ali, Sybille Bedford, Rachel Cusk, Stella Gibbons, Izraíl Métter, Ivo Andrić, Milton Hatoum, Giorgio Manganelli, y otras, llegaron a los ojos de los lectores fagocitadores, que dejaron de estar dispersos para construir una comunidad, una pequeña gran minoría que encontraba identificación y revelación en la tradición que difundía Monmany.

Las 1.468 páginas de Por las fronteras de Europa derrochan una cualidad mayor: la escritura diáfana como canal para el conocimiento y sensibilidad de Monmany. Monmany lee muchísimo, fijando su atención en el universo europeo que la obsesiona, releyendo autores, descubriendo nuevas voces, incentivando traducciones de alguna rara avis aún no publicada en español. La claridad de la escritura es la ética de la autora. Es un símbolo de generosidad, porque pudiendo ser críptica en el registro, no lo hace porque suponemos que su intención no es para ser aceptada en los círculos de la Academia, sino para que los otros accedan también a esa experiencia vital que es la lectura de una tradición que, de otro modo, estaría oculta y dispersa, seguramente en manos de los falsos lectores que usan su bagaje para imponer una superioridad imbécil en quienes aún no conozcan esta tradición (lamentablemente, estos especímenes existen).

Cada página de este monumento a la lectura está bendecida por una luz, que no solo es prosa, sino también conocimiento y análisis de quienes aborda. El lector queda pues con una adicción por partida doble: leer todo lo que Monmany ha leído o comenzar a recorrer de a pocos este universo. Como muestra del conocimiento de la autora, señalemos el capítulo dedicado a la última Premio Nobel de Literatura Olga Tokarczuk, quien antes de ser galardonada era casi desconocida aun para los lectores atentos, menos para Monmany, que la puso en órbita a la espera de que alguien haga suyo el dato. Por su carácter enciclopédico, esta publicación se extiende como un sendero sin acceso fijo. Se puede leer linealmente, tomando nota de los títulos consignados, pero también en desorden, con la expectativa ligada al azar, que es también un suceso, la sorpresa de una narrativa a ser considerada en un futuro inmediato o a mediano plazo.

El escritor italiano Claudio Magris señala lo siguiente, y con mucho acierto, en el prólogo: «A Mercedes Monmany la mueve el amor, un amor extraordinariamente generoso por los autores y las obras que descubre». Sin duda, este es un libro para (re)leerlo toda la vida■

Por las fronteras de Europa

Mercedes Monmany ((Barcelona,, 1957) Galaxia Gutenberg (2016) ■ 1472 páginas


Gabriel Ruiz Ortega (Lima, 1977). Narrador y crítico literario. Es autor de la novela La cacería y las antologías Disidentes y Disidentes 1. Antología de nuevas narradoras peruanas.

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