Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

Fotos de Carla McKay

LOS OJOS EN EL COSMOS, LOS PIES EN LA TIERRA

Nona Fernández y el despegue de Voyager

Por Dante Trujillo


La salida hace apenas unas semanas de Voyager la encontró en el centro mismo de las revueltas en Chile. No estaba previsto que así fuera (nada lo estaba) y, a la vez, siguiendo el espíritu de este ensayo novelado, podríamos creer que sí, que tal ejercicio de memoria, aproximación científica, reflexión y confrontación con la realidad no pudo llegar en un momento más oportuno; que más bien todo está conectado, como en el libro mismo, con la fe puesta en que quizá, del caos que viene sacudiendo la sociedad chilena hasta sus bases, pueda surgir una nueva vida, un nuevo relato, un nuevo país.

Desde hace dos meses Nona Fernández (Santiago, 1971) ha estado presente en todas las marchas, en todos los comités, organizando acciones ciudadanas, participando en conversatorios con el colectivo Las Tesis, hablando fuerte sobre arte, feminismo, paridad, resistencia frente los vejámenes del poder; escribiendo tanto pancartas como artículos para la prensa desde el nervio mismo del conflicto. A la vez, trabajaba en el montaje de una obra de teatro sobre el suicidio de adolescentes y en la reposición de su pieza El taller, una comedia negra original del 2012. Por si fuera poco, el 18 de noviembre, durante la breve visita de Patti Smith a la capital chilena, esta leyenda del rock y la poesía la llenó de halagos durante una presentación en la Cátedra Bolaño. Smith le pidió a Fernández subir al escenario para abrazarla, no sin antes agradecerle su literatura.

Y en esta coyuntura salió el libro, editado por Literatura Random House. Su octavo título —sin contar la presencia en antologías, piezas teatrales y guiones para la televisión— tras la publicación de La dimensión desconocida, novela por la que en 2017 ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, que reconoce la excelencia literaria de las mujeres en español.

Voyager es difícil de clasificar: es una memoria personal, una novela, un ensayo. Es un libro sobre las señales del espacio y sobre los recuerdos, sobre el nacimiento de los astros y de los humanos, sobre las causas cósmicas, inefables, y todos los efectos de la naturaleza que terminan dentro de cada uno de nosotros, haciéndonos. En pocas páginas concentra una rica diversidad temática que va de lo íntimo a lo político, de lo familiar a lo científico y viceversa, todo amarrado delicada, naturalmente, haciendo de la digresión un estilo poderoso y conmovedor. La voz narrativa, pura profundidad e intuición que representa a la misma Fernández, puede hablarnos del origen de la vida, de un cangrejo del sur, de Giordano Bruno, de un astrónomo conmovido en la noche del desierto, de los crímenes de la dictadura, del infame Julio Guzmán, de su abuela yendo a votar durante el referéndum de 1988, de los recuerdos y del cumpleaños número 80 de su madre (que también ocurrió hace unos días), y de lo que le toca a la generación de su hijo. El libro fue escrito tiempo atrás, siguiendo una propuesta de la editorial, pero despegó cuando comenzaron las revueltas.

Interrumpimos la urgencia de los días de Fernández para hablar de Voyager y del proceso que transitó para escribir algo tan breve como intenso, tan verdadero como necesario y conmovedor y entretenido. Sin ninguna duda, uno de los mejores títulos recientes en nuestra lengua.

Haber crecido bajo la atroz dictadura pinochetista recorre como un ruido de fondo tu producción. En Voyager, como en tus libros anteriores, se mezclan la memoria personal con la colectiva, la familiar con la de todos. Escribes mirando para adentro y viajando hacia atrás, con valor, para volver con regalos duros y a la vez luminosos. ¿Cómo pesa ese pasado? 

Los recuerdos son como nuestra huella digital, un sello de identidad. Ahí nos encontramos, en ese montón de espejitos rotos y desordenados que contienen nuestra biografía. Viví mi niñez y mi adolescencia —que son etapas claves en la vida de toda persona— en un contexto especial, oscuro, extraño. Tengo muchos espejos reflejando instantes confusos de ese entonces. Costaba entender lo que ocurría porque los adultos tenían la cabeza en otra parte, porque nos protegían con su silencio, o porque no estaban o tampoco entendían mucho. Crecí pensando que ese mapa incompleto en el que viví iba a aclararse con la llegada de la democracia, pero no fue así. Una democracia en la medida de lo posible que pactó muchas cosas para ser, entre ellas parte de su memoria. Entonces quedé frustrada, con la sensación de que había episodios de mi propia vida que se me estaban clausurando. Y comencé, sin plan, una investigación escritural sobre todo aquello que vivencié, que escuché, que vi, que no tuvo lugar en la historia oficial. He estado en eso ya 20 años, en revelar y contar esas vivencias que se me cruzaron y que sentí que merecían un espacio de enfoque, de memoria. Escribiéndolas he ido completando mi propio espejo.

La gran historia no está aparte de nuestra historia doméstica, pequeña. Somos parte de ella, estamos involucrados y tenemos la obligación de aportar a ese álbum fotográfico, de no dejar que nos la cuenten ni que la escriban por nosotros.

¿Cuál consideras que es la esencia del libro, tan breve, pero a la vez tan cargado de sentido, información y sentimiento?

Las constelaciones son grupos de estrellas asociadas arbitrariamente por alguien. Un ojo en la antigüedad miró el cielo, en un grupo de estrellas vio la forma de un cangrejo y con un hilo invisible ató esas estrellas y las convirtió en una constelación que, además, porta una historia. Este libro sigue esa lógica. Mi ojo metiche fue explorando materiales documentales relacionados con la memoria en muchos frentes, neuronal, universal, doméstico, histórico, científico, y los fue organizando, asociando, con la forma de constelaciones. La hebra que me llevó ahí fue un recuerdo de mi madre. En un examen neuronal al que la acompañé le pidieron convocar un recuerdo amigable para que se relajara. Cuando pensó en él vi cómo un grupo de neuronas se encendían con la forma de una constelación. Esa fue la imagen madre de esta escritura. De ahí el paralelo que establece el libro entre los recuerdos y las estrellas. Y si además pensamos que las estrellas son postales del pasado, luces que vienen del ayer a iluminar nuestro presente, entonces finalmente este libro es un intento por constelar mensajes que vienen de otro tiempo. Y que, por lo demás, son mensajes enviados por una parte de nosotros mismos. Ya para nadie es una novedad el hecho de que estamos constituidos por material estelar. Entonces quizá este libro es un intento por cazar mensajes que nosotras y nosotros nos estamos enviado desde hace mucho y que por alguna razón no hemos querido escuchar.

Voyager combina el ensayo con el aliento de la novela, y salta de un tema a otro, el dato y la anécdota, hilvanando todo con delicadeza e inteligencia. ¿Estaba previsto así, en camino entre los géneros?

Cada vez me siento más cómoda en estos libros híbridos, sin clasificación posible, lejos de cualquier etiqueta. Estamos viviendo tiempos tan extraños, donde se nos impone la importancia de los límites en todos los aspectos —territorial, racial, social, político, de género—, inventos para ejercer el control sobre nosotros. Entonces desarrollar esta escritura híbrida ha comenzado a ser una postura no solo estética, sino que ética. Por lo menos en el territorio de mis libros no hay muros ni fronteras.

El libro comienza con ese pasaje potente que mencionaste —las imágenes que resultan de un examen neurológico a tu madre, en el cual la ves recodando—, lo que da pie a una serie de alegorías y reflexiones. Entre otros, el asunto de la maternidad y de la conexión entre generaciones vibra en las páginas. ¿Llegó en un momento especial de tu propia vida, o se trata de algo que estuviste barruntando?

Creo que la posta de la vida y de la memoria han estado siempre presentes en mis libros, ligadas a la maternidad o al traspaso generacional. Pero sin duda el hecho de que mi madre esté grande y haya cumplido 80 años me pone en una situación sensible al respecto. Cuando se me abrió la primera imagen al ver su recuerdo en una pantalla médica, entendí que el libro iba a estar convocado por ella. La memoria del infinito, la de Chile, la mía propia, todas enredadas con esa cabeza voluntariosa de mi madre que hasta el día de hoy se resiste a olvidar. Repasar también parte de su historia como un reflejo de la historia de muchas mujeres que han hecho su vida solas, sin el apoyo masculino, prescindiendo de él, me pareció un gesto relevante. En momentos donde las mujeres estamos trabajando a diario por democratizar la vida para nosotras en completa igualdad, enfocar esa historia sencilla de mi madre y de su capacidad de acción solitaria y resuelta es una manera de valorizar la tremenda energía que tienen las mujeres.

Una idea central del libro, bellísima, es la de la memoria de todos contenida ya en el origen, en las estrellas; un paralelo entre el cosmos y nuestros cerebros, lo infinito y lo privado.

Esa doble dimensión del pasado, a escala neuronal en nuestros cerebros y a escala estelar en el universo, fue tejiéndose para reflexionar sobre ese estrecho vínculo de la memoria universal y personal. Somos capítulos de una memoria que viene corriendo en nuestros cuerpos desde hace tanto y que nos vincula al universo porque solo somos un pedacito insignificante del todo.

A propósito, en el libro hay muchas referencias científicas —hay astronomía, biología, historia y más— tratadas con espíritu divulgativo, y al servicio del relato. ¿Hiciste trabajo de investigación y documentación, o tenías ya esta información o acaso esta inclinación por la ciencia? 

Carl Sagan, mencionado en el libro, tuvo gran importancia en la formación de mi imaginario desde niña. Con él se tejió la seducción que tengo por la ciencia. A comienzo de los ochenta, en plena dictadura, me sentaba ansiosa frente al televisor para ver los capítulos de Cosmos. Ahí existía la certeza de que podíamos emprender un viaje de conocimiento. Una puerta de escape a otra realidad, lejos de las balaceras y los toques de queda. En esas aventuras televisivas comprendí que el tiempo presente era insignificante en el plano cósmico, que los puntos de vista sobre un tema eran infinitos, y que cualquier saber era el fruto de un profundo e imparable cuestionamiento. Y aunque Sagan hablaba de ciencia, yo sentía que sus palabras eran un mensaje secreto para mí, una niña sudaca que intentaba entender el quebrado país donde le había tocado vivir.

Creo que todo el despliegue en tono de divulgación científica que el libro tiene, y que por supuesto fue fruto de mucha investigación, es un homenaje a Sagan y a ese talento maravilloso de hacer simple y cercano algo tremendamente complejo.

«Cada vez me siento más cómoda en estos libros híbridos, sin clasificación posible, lejos de cualquier etiqueta. Estamos viviendo tiempos tan extraños, donde se nos impone la importancia de los límites en todos los aspectos —territorial, racial, social, político, de género—, inventos para ejercer el control sobre nosotros».

Voyager salió en Chile hace apenas unas semanas, en plena crisis, como si su escritura hubiera sido clarividente. Tras los años del espanto, nos vendieron la idea del crecimiento económico y el bienestar común ejemplares; recién nos dimos cuenta de la verdadera dimensión del asunto. ¿Cuán presente está el pasado?

Desde el día uno, cuando el gobierno nos decretó la guerra, nuestros ojos comenzaron a registrar las imágenes más horrorosas que hayamos visto en años. Violencia sexual, golpes, malos tratos, tortura, vejaciones, allanamientos, perdigones acumulados en los cuerpos. No se nos perdona el reclamo y la protesta. No se nos perdona el caceroleo y las pancartas. Hasta la fecha hay aproximadamente 6.000 detenidos, 3.500 heridos, 22 muertos, de los cuales cinco son por acción directa del Estado. Han disparado a los rostros y tenemos cerca de 250 traumas oculares que han devenido en la pérdida de ojos. «Chile despertó» es la consigna. Despertamos juntos, dejamos el letargo atrás, abrimos los ojos en colectivo y, porque vimos el presente, nos han querido dejar ciegos. Pero tenemos memoria y es tozuda y hace de oráculo en este déja vù autoritario en el que circulamos. Nos culpan igual que ayer. Nos dicen otra vez que la responsabilidad es nuestra. Nos tachan a todos de delincuentes. Condenan la violencia como si no fueran ellos con su brutalidad sistematizada los que la han incitado. Y nos castigarán. Y nos golpearán en nombre del orden público y la paz ciudadana. Y nos dispararán mañana igual que hoy. Igual que ayer. Igual que siempre. Y serán incapaces de asumir sus culpas, como han sido incapaces de escuchar las demandas ciudadanas expresadas por años y generar las políticas públicas que necesitamos para acabar con tanta, tanta, tanta frustración.

Es como si nunca hubiéramos salido de la dictadura. Probablemente no lo hicimos. La democracia solo fue un espejismo para mantenernos fuera del reclamo.

Otra referencia del libro en la que te explayas es la del surgimiento de la vida tras el caos. ¿Saldrá algo bueno de todo lo que está pasando, de la rabia, más allá del despertar cívico?

El caos es temido, pareciera ser un lugar imposible de habitar. Pero si nos remitimos a la memoria universal, tenemos que convenir que ese caos ha sido la manera en la que hemos llegado a ser lo que somos. Para bien y para mal, por supuesto. La sabiduría del caos es la que ha configurado el mundo y ha sido justamente el intento del ser humano por dirigir el caos, por organizar y encausar tomándose el protagonismo, lo que nos ha llevado a este momento tan crítico, sobre todo en términos medioambientales.

La naturaleza está llena de violencia, la violencia del que nace, del que rompe un cascarón, del volcán que hace erupción, de las placas tectónicas que se acomodan. Los movimientos naturales son violentos y gracias a ellos el mundo ha evolucionado. Pero otra cosa muy distinta es la brutalidad sistematizada que ejerce el hombre. El saqueo constante a la tierra, al agua, al mar, a los derechos fundamentales de los otros. La organización del caos para el bien de unos pocos. Hay que distinguir la violencia de la brutalidad. Y observar el caos como un mecanismo de la sabiduría universal para decantar en un devenir armónico.

Hace ocho años te definiste así: «Actriz por gusto. Narradora por hinchar las pelotas, por no olvidar lo que no debe olvidarse. Guionista de culebrones por necesidad. Chilena incómoda, y a ratos rabiosa». ¿Te reafirmas en todo ello? ¿Cómo te cuidas para que tu compromiso político-ciudadano no desbarre hacia el panfleto? 

Es curioso, pero me sigo reafirmando en esa aproximación a mí misma que tampoco la pensé mucho cuando la escribí. Y sobre cómo no desbordarme en el panfleto, la verdad es que me rio sola mientras porque en este mes de revuelta he estado dedicada exclusivamente a la escritura de manifiestos y panfletos y guiones de acciones públicas. La autoría fue enviada al carajo, aquí la pluma debe ser útil. No digo que la literatura no lo sea, a mí siempre me ha salvado la vida. Pero ya volveré a tomar un escritorio. Por ahora soy más útil en la calle.

Foto: María José Durán, UDP

Recientemente en Santiago Patti Smith —conocida fan de Bolaño— habló de ti. Dijo, entre otras cosas, que Space Invaders (finalista del National Book Awards) es el mejor libro publicado este año en Estados Unidos; también añadió «Casi me hizo llorar. Me enamoré tanto que tuve que volver a la librería a comprar cinco ejemplares más». Y te agradeció por escribirlo. ¿Cómo fue eso?

Todavía tiemblo después de mi encuentro con ella y de sus palabras tan generosas. No sé si he terminado de procesarlo. Una mujer tan inspiradora, que siempre he observado con tanto interés, y de pronto siento que hago contacto con ella. No solo soy depositaria de su energía y de su trabajo, que es el rol normal que uno tiene con la gente que admira, sino que hago contacto. Contribuyo a encender sus propias chispas. ¡Guau! Es uno de los más lindos regalos que he recibido en mi vida.

Un pregunta directa del libro: ¿al final tu hijo tuvo que suprimir las tres frases «ofensivas e intolerantes» de su discurso sobre el 5 de Octubre?

La experiencia de censura que vivió mi hijo en su colegio es una manera de graficar cómo desde los relatos oficiales siempre se está dejando de lado a las versiones disidentes. Se busca un guión que no problematice, que nos deje tranquilos, que no proponga nuevas lecturas. Al punto que personas que se dicen demócratas ejercen la autocensura o la censura para no molestar a nadie. Es una herencia directa de la lógica concertacionista de los acuerdos, donde se debió respetar y dar un lugar a la opinión de los militares, de los antidemocráticos, de los que no respetan. En ese ejercicio, que está en ADN de nuestra sociedad, hemos llegado hasta el extremo en el que nos encontramos hoy. Hemos cedido demasiado. Hemos dejado mucho espacio a los que no respetan las diferencias ni las versiones disidentes en esta lógica de la prudencia. Racistas, misóginos, clasistas, fascistas han tenido su espacio impúdicamente. Y por eso hoy toda la revuelta social nos explota en la cara, y luego nos dicen que no se veía venir. Las ideas disconformes han estado presentes desde la llegada a la democracia, pero nunca las han querido escuchar para mantener la fiesta en paz con los intolerantes. Y mira cómo estamos hoy. Mi hijo, en su micromundo, sufrió las consecuencias de ese statu quo heredado de la Concertación, que no supo defender la democracia y que le dio espacio a los que atentan contra ella.

¿Y cómo vives con él, y con el resto de su generación valiente, lo que está sucediendo?

La generación de mi hijo es la protagonista de esta revuelta. Una generación a la que no le interesa para nada la realidad tal cual se la estamos heredando. Eso se traduce en dos síntomas: el primero es que se trata de un sector muy frágil emocionalmente, muy deprimido, con estadísticas altas de problemas anímicos serios y con índices de suicidio muy altos también. Y otro sector kamikaze, dispuesto a inmolarse por el cambio, sin miedo. En ambos casos hay una negación completa al escenario que se les propone vivir. Ellos fueron y siguen siendo la chispa de la llama. Los que nos obligaron y nos siguen obligando a abrir los ojos.

Si fueras una nueva Ann Druyan y se te encomendara enviar al espacio una cápsula registrando nuestra humanidad, tras 42 años del lanzamiento de las Voyager ¿qué añadirías?

Qué linda pregunta. Pondría algunas instantáneas luminosas de esta revuelta. La mejor cara de un país que ha decidido hacer un cambio importante. Trocitos del espejo roto de nuestra memoria actual con marchas multitudinarias, pancartas festivas, poesía callejera, bailes, música, carros alegóricos, asambleas, cabildos, estatuas transformadas en arte moderno, creatividad desbordada en las paredes, una alegría que habíamos olvidado que teníamos. Y para cerrar el listado enviaría una foto específica que vi en el muro de una calle de Santiago que resume para mí el gran despertar que vivimos y que puede servir de advertencia o de mensaje para el futuro: «No era depresión era capitalismo».

¿Qué tal salió el cumpleaños 80 de tu mamá?

Muy lindo. Puras viejas queridas celebrándola en una fiesta sorpresa■

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