Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

LA SOPA FRÍA

Por Gustavo Rodríguez


—¡Ya sabes, hasta que termines!

El niño le devolvió una mirada furiosa. Por un instante pensó obedecer y coger la cuchara, pero la terminó arrimando lejos, como al cómplice de su propia tortura. Quizá si su reclamo no hubiera salido tan rabioso, esta historia hubiera resultado distinta.

—¡Nooo!

Ella intuyó que si se quedaba un segundo más junto a su hijo podía acabar cometiendo un acto abominable, así que dio la media vuelta y sus pasos se alejaron con un eco furioso.

El niño sintió cierto alivio al verse solo. Sin embargo, también lo visitaron una serie de inquietudes. ¿Hasta cuándo debía permanecer así? ¿Valía la pena perderse la tele, por ejemplo, para salirse con la suya? Quizá no. Tal vez lo mejor sería tomársela ahora que al menos estaba caliente. ¿Y si se comía solo los fideos y tiraba el líquido por el lavadero? Podía ser. Pero al pensarlo mejor, se dijo que aquella sería una victoria mentirosa: su madre tenía que saber que él era indoblegable, como el hueso rodeado de carne que asomaba del plato.

El humo de la sopa se fue adelgazando y, luego de un tiempo, cierto brillo empezó a formarse en la superficie. Cuando los pasos de su madre se volvieron a sentir en el pasillo, la sopa ya estaba fría.

—¿Todavía? Allá tú. Hasta mañana.

La vio guardar en la alacena un par de platos limpios antes de irse. Mientras la escuchaba alejarse notó que apagaba la luz del pasillo, un recurso efectista para acentuar el abandono en que lo dejaba. Pero él no se inmutó.

Los sonidos del vecindario se fueron extinguiendo hasta que solo se sintió en compañía del rumor de la refrigeradora. Hubo un momento en que una polilla aleteó junto al foco mortecino que pendía sobre la mesa, pero fue solo por un instante.

Su espalda, que había estado recta contra el respaldar, poco a poco se fue doblando hacia la mesa. Entonces llegó el primer bostezo. Arrimó el plato y sus brazos se cruzaron, como un nido, para recibir su rostro adormilado.

A la mañana siguiente lo despertaron los ruidos de los trastos en el lavadero. Un sol blanco entraba por la ventana mientras su madre fingía indiferencia de espaldas. En la mesa, junto al plato intacto, descubrió el pote de margarina y la canasta de pan junto a unas cuantas migajas esparcidas. Su madre tarareó una canción al vuelo, le dio una mirada a modo de despedida y se marchó a trabajar. Mientras cogía uno de los panes por encima del plato de sopa, el niño se conformó con el empate que iba consiguiendo.

Al final de la tarde tuvo algo de hambre, pero pudo haber sido mucho peor si es que la señora que hacía limpieza no se hubiera aparecido en un día que no le estaba asignado. Cuando la señora le puso al lado un sándwich, el chiquillo pensó en la posibilidad de que su madre le hubiera dado esas instrucciones y suspiró con un cariño fugaz.

Esa noche soñó con una piscina sin agua, donde un par de flotadores y una pelota desinflada yacían abandonados sobre mayólicas rajadas al sol. Con el tiempo, al plato de sopa terminó por ocurrirle algo parecido. El caldo terminó por evaporarse y una película de grasa recubrió la cerámica. Los fideos, secos, terminaron formando una loma de aspecto plástico. El trozo de carne, oscurecido, parecía un galeón encallado a su suerte. Hubo una noche en que el niño se sobresaltó en la duermevela al notar que unas cucarachas exploraban esa piedra de carne, pero pronto les restó importancia.

Estuvo tentado de llamarla en voz alta, pero aquella palabra que había usado cuando era niño no le salió. Quizá tuvo miedo de derrumbarse con solo pronunciarla.

No lo supo entonces, pero era la señal de que había dejado de ser un niño.

Su madre, entre tanto, ya había cambiado varias veces de apariencia. De tener el pelo largo, como la cascada más alta, había pasado a usarlo cada vez más recortado. Los tintes variaban, pero no demasiado. A lo más que se atrevió fue a mostrarse coronada por un caoba rojizo que al joven le pareció en el límite. Así se lo hizo saber a las amigas de su madre que, a veces, se sentaban a la mesa para tomar el té con ella. Las visitas, cada vez más espaciadas, le satisfacían porque eran la forma más directa de conocer lo que ocurría fuera de esa cocina. Se enteró de guerras lejanas que nadie recordaba cómo habían empezado, de revueltas civiles en las proximidades, de una plaga que abatió un continente y de ciertos adelantos científicos que de tanto en tanto maravillaban a esas señoras ya bastante maduras. Sin embargo, cuando un día les preguntó si es que se había encontrado alguna cura para la joroba, no supieron qué responderle. Le miraron la espalda con sutileza y arrimaron el tema, lejos de esa colina que se le había formado.

Un día su madre no entró a la cocina y temió lo mejor. Aguzó el oído y lo trató de dirigir hacia el pasillo desde donde tantas veces la había visto aparecer. Sin embargo, en vez de sus pisadas, solo recibió el motor de la refrigeradora y el risrás de su barba gris mientras se la frotaba inquieto. Estuvo tentado de llamarla en voz alta, pero aquella palabra que había usado cuando era niño no le salió. Quizá tuvo miedo de derrumbarse con solo pronunciarla.

Al cabo de un par de días, el aire fue tomado por un olor insidioso.

Entonces miró fijamente el plato. Una telaraña lo unía, como un puente colgante, a la cuchara que alguna vez había apartado.

Se preguntó, temblando como un pajarillo, si se acordaría de caminar■


Gustavo Rodríguez (Lima, 1968). Publicista, columnista y escritor. Es autor entre otras, de las novelas La semana tiene siete mujeres, Te escribí mañana y Madrugada.

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