Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

LA PARADOJA DEL
CAPITAL

Mario Vargas Llosa, Tiempos recios y la contrariedad de la ficción

Por Gustavo Faverón Patriau

Foto: Difusion Penguin Random House

Es parcialmente cierta esta ya vieja observación: si hay alguien que sepa poner en entredicho las ideas del político Mario Vargas Llosa, ese alguien es el novelista Mario Vargas Llosa. Su notable Tiempos recios puede llevar a muchos a repetir el juicio. Retrato del infierno pintado por un artista descreído, bajo un título tomado de la mística prosa de una santa (Teresa de Jesús), la novela parece mirar a los ojos al lado demoniaco del capitalismo global. Que su autor sea un proponente del capitalismo no la hace sino más interesante y más peligrosa, en el mejor de los sentidos.

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En los años en que se declaraba socialista, escribía ficciones en defensa de las libertades del individuo (La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral); en los de su aprendizaje liberal, sus novelas criticaron la tecnocracia, la violencia de la modernización, (Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo); en el periodo en que más opinó a favor de la asimilación de las culturas indígenas, escribió El hablador, que pone en escena el debate sobre las ventajas de la asimilación contrastadas con su violencia, y que deja el resabio de que el debate lo ha perdido el personaje Vargas Llosa y lo ha ganado su amigo y contrincante, Mascarita, el sanmarquino convertido en fabulista machiguenga. Entrado en años el giro vargasllosiano de la novela experimental a la popular culta, que comienza con La guerra del fin del mundo, libros como El paraíso en la otra esquina y El sueño del celta parecen sugerir una duda superviviente acerca del ideal occidentalista, aunque Vargas Llosa, fuera de sus novelas, lo siga defendiendo.

Entre sus ficciones escritas en el siglo XXI, las más atrevidas son las políticas, La fiesta del Chivo y Tiempos recios, libro este último de experimentos inusitados y que, además, parece marcar el inicio de una nueva búsqueda formal. La fiesta del Chivo y Tiempos recios no solo comparten media docena de personajes y sus contextos en la dinámica de la dominación caribeña por parte de Washington; también coinciden en su denuncia de la barbarie del sistema capitalista cuando no es controlado por una inclinación democrática, socialmente inclusiva. No es el libro que esperan sus enemigos; es el que esperan quienes han tratado de leer a Vargas Llosa sin prejuicios durante las últimas seis décadas.

En los sesenta y hasta principios de los setenta, las primeras tres novelas de Vargas Llosa fueron saludadas por los gurúes de la izquierda latinoamericana, —notoriamente Roberto Fernández Retamar y su Casa de las Américas —, como formas de ficción rigurosamente modernas, concienzudamente historicistas, militantemente revolucionarias. Cuando Vargas Llosa se alejó del castrismo, Casa de las Américas denunció que La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral eran poco menos que manifiestos liberales, escritos por quien no había sido nunca otra cosa que un enemigo de la Revolución, un burgués equivocado, un lobo con piel de cordero, un anacrónico, un reaccionario. Nunca será posible señalar a ciencia cierta si esa retractación de la crítica de izquierda fue una maniobra hipócrita, una relectura partisana, destinada a destruir al adversario con argumentos de birlibirloque. Sospecho que no hubieran podido hacerlo si no fuera porque, en las ficciones de Vargas Llosa, siempre late una contradicción, porque es uno de esos raros escritores capaces de crear ficciones que van contra sus propios ideales, que abren un espacio para la genuina contrariedad y el disenso, donde todas las ideas son considerables y a cuya fuerza el novelista se somete, en vez de controlarlas y llevarlas por un camino programático.

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Tiempos recios ocupa un sitio extraño en esa tendencia que atraviesa la obra de Vargas Llosa. Los resúmenes del argumento que circulan por ahí son engañosos, porque corresponden más a la idea que da origen a la novela que a la novela misma. Describen Tiempos recios como la historia de la caída del gobierno guatemalteco de Jacobo Árbenz (1951-1954), un reformista socialdemócrata que fue víctima de un complot de la CIA, que lo caricaturizó como un comunista radical y animó una sangrienta rebelión, una guerra civil, un golpe y el inicio de una serie de gobiernos títeres manejados desde la CIA y la Secretaría de Estado americana, que a su vez propiciaron persecuciones e inauguraron un sangriento periodo de violaciones de derechos humanos contra opositores, por un tiempo, y contra los indígenas guatemaltecos por varias décadas.

Todo eso está en la novela. Pero el centro ideológico de la historia narrada incide, mucho más que en las culpas políticas del intervencionismo, en su origen, y denuncia que ese origen es el desbocado poder del capital privado —hambreador, abusivo, semiesclavista—, representado desde las primeras páginas, en esa suerte de capítulo prologal titulado «Antes», por los fundadores y los propagandistas de la United Fruit. Estos son dueños de un poder capaz de imponerse sobre la política internacional norteamericana, y convertirse en ella, ocupar su lugar, titeretear a gobernantes democráticos y a gobernantes de facto, hacerlos convivir en una misma entidad infernal, asesina, ciega, que reemplaza los ideales de la política internacional con los intereses de la empresa transnacional, que se mueve en América Latina como un criminal pervertido en las calles oscuras de una ciudad en vilo.

Una manera de diferenciar la evolución del pensamiento de las ficciones de Vargas Llosa desde La fiesta del Chivo hasta Tiempos recios es prestarle atención al personaje de Leonidas Trujillo, el dictador domincano, que en la primera novela es el demonio encarnado a quien todos se someten, y que obra a voluntad sostenido por el apoyo de Washington; pero que, en Tiempos recios, es un mequetrefe, una marioneta ridícula, aunque aún temible y despiadada, capaz de cualquier vileza pero también de someterse a cualquier humillación con tal de no ofender al gobierno americano y a la United Fruit, (que no son aquí sus aliados, sino sus patrones). En La fiesta del Chivo el infierno era un producto caribeño y la barbarie era latinoamericana; en Tiempos recios el infierno es diseñado y manipulado por la ferocidad del capital privado a través de un gobierno americano que es poco más que su ejército de guardaespaldas, y la barbarie es la omnipresencia y la omnipotencia del capitalismo sin frenos.

Pero, ¿esto va realmente en contra de las ideas políticas de Vargas Llosa? No lo creo. Vargas Llosa es un defensor del capitalismo y de los ideales del liberalismo clásico, pero también es enemigo del capitalismo fagocitador, de esa vertiente criminal que ya identificó en El sueño del celta, el colonialista que inventó, en sus orígenes, la esclavitud moderna, y, en su segundo impulso, la servidumbre disfrazada de empleo, y que fue más bárbaro mientras más acusó de bárbaras a sus víctimas. No es sorprendente, entonces, que su novela reivindique a Jacobo Árbenz como un político visionario, humanista, que quiso transformar Guatemala fomentando simultáneamente el capital y los sindicatos de trabajadores, la productividad modernizada y la repartición de la tierra, la asimilación de los pueblos indígenas a la economía occidental y la protección de sus derechos ciudadanos.

Es más sorprendente, en cambio, que esta ficción escenifique algo que Vargas Llosa, hasta donde sé, no ha formulado en sus especulaciones sobre la historia política de América Latina (la observación se la debo al sociólogo Félix Reátegui): que Estados Unidos y —esto es crucial— el capital privado americano son responsables por la germinación en la región de las formas más radicales de autoritarismo de izquierda, incluido el comunismo cubano. No hablo del viejo relato acerca de cómo el bloqueo estadounidense contra Cuba dejó a Fidel Castro con la única salida de asimilarse al eje soviético para subsistir. Me refiero más bien a que, en la novela, se propone que la criminal y mitomaníaca ejecutoria de los conglomerados empresariales estadounidenses en el Caribe asfixió todos los reformismos al crear, en conjunción con el macartismo y las dinámicas de la Guerra Fría, una situación en la que ningún gobierno latinoamericano podía fijarse un programa de rehabilitaciones reformistas en democracia, ni siquiera uno de reivindicaciones humanitarias o de ayuda social o de igualitarismo cívico, porque el ejemplo de la caída de Árbenz sirvió como disuasivo para cualquiera que quisiera, simplemente, construir una sociedad más justa, sin radicalismos ni extremismos. En suma, Tiempos recios propone la idea de que hay una naturaleza mezquina, prepotente y canibalizadora en el capital, que se impone sobre programas políticos y que hace su imperio incluso sobre los gobiernos más poderosos, y que el descontrol de esa naturaleza es una barbarie, y que nunca se corregirá si la avaricia capitalista no tiene el contrapeso de unos ideales humanistas, liberales en el sentido clásico, no muy lejanos de lo que en América Latina se llamarían progresistas. (Esto, por cierto, no disiente mucho de las declaraciones de Vargas Llosa acerca de la actual crisis social chilena).

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Dije que, en Tiempos recios, Vargas Llosa explora una forma narrativa nueva en él. A diferencia de la mayoría de sus novelas de los últimos treinta años, esta no es una narración lineal, sin distinción entre trama y argumento. Pero tampoco es una construcción de relatos alternos rigurosamente estructurados, como en sus novelas del primer periodo, ni una en la que tres o cuatro líneas argumentales se trencen o regresen cíclicamente, como en sus novelas del periodo intermedio, incluyendo La fiesta del Chivo. Hay, claro, núcleos narrativos que funcionan como centros de gravedad, pero el mecanismo de construcción es la yuxtaposición de relatos, con saltos temporales que en algunos casos implican décadas, sin un orden aparente, en cuya secuencia los misterios de un fragmento pueden resolverse más adelante, o quedar en la oscuridad para siempre. Si recordamos otra vez La fiesta del Chivo, en aquella el gran hallazgo formal (e ideológico) fue hacerle pensar al lector que la muerte del Chivo, el magnicidio, sería el fin del desastre y el comienzo de la recomposición, para de inmediato defraudar esa expectativa con una triste revelación: muerto el Chivo, sigue la fiesta. El infierno sobrevive a su fundador, genera demonios reemplazantes, se perpetúa. En Tiempos recios, esa es una verdad asumida desde el inicio: la abundancia de personajes malévolos, sus retorcidas relaciones, no emanan de ningún centro interior, no son promovidas por ninguna figura luciferina fundadora: está en el orden social, o en la decadencia y la corrupción de un orden que nunca llega a serlo, y son exacerbadas desde fuera.

Esa estructura de yuxtaposiciones produce en el lector una suspensión en la perpetua anacronía, o más bien la impresión terrible de un tiempo detenido, en el que cada historia parece fatalmente condenada a la eternidad, cada personaje encerrado en su propio laberinto, cada desgracia y cada injusticia grabada en un presente eterno, pero también produce otra sensación, más extraña todavía: la intuición de que cada hecho del presente tiene sus consecuencias en el pasado, de que cada crimen ya cometido será cometido otra vez, de que todas las formas del mal repercuten para siempre en otras, anteriores y posteriores. ¿Es esto un devaneo antihistórico o antihistoricista? No lo creo. Más bien es un sentimiento de fatalidad retrospectiva y prospectiva, de callejón a la vuelta de la esquina: el instintivo reconocimiento de que las mayores desgracias de la historia son irredimibles, acaso incorregibles, y esto sí es un pesimismo incompatible con los principios ilustrados del liberal Vargas Llosa. Este es un temor que viene desde más allá de sus convicciones políticas y que magistralmente queda plasmado en ese juego de flashbacks y prolepsis, en esa temporalidad viciada, impropia, sin telos y, por tanto, también, sin utopía.

Esta es la forma novelística más compleja que Vargas Llosa ha puesto en marcha al menos desde la melancólica estructura de revelaciones metatextuales de Historia de Mayta, incluso más compleja porque en aquella la vuelta de tuerca estaba solo en el capítulo final, mientras que en Tiempos recios el mecanismo se echa andar desde “Antes”, el proemio, y tiene su último eco en “Después”, el capítulo que cierra el libro. Ambos parecen enteramente distintos. El primero es una conversación entre los dueños de la United Fruit y los propagandistas que construyen la trampa de mentiras que habrá de derribar al gobierno de Árbenz; el último es una entrevista entre el narrador y una periodista anticomunista que ha pasado décadas contando verdades a medias sobre la historia política caribeña. Lo que ambos episodios tienen en común es que desvelan sendos orígenes de la circulación de falsedades en América Latina y con ello constituyen uno de los comentarios más agudos de la novela sobre el presente: la novedosa “postverdad” ha existido desde hace mucho, es el material del que están hechos nuestros relatos de la historia, mentiras que suplantan a la verdad, movidas por intereses políticos pero, más aun, por intereses financieros, originadas en el capital y propaladas por una prensa que no es otra cosa que la voz del capital vuelta espectáculo. (De hecho, no es exagerado decir que Tiempos recios contiene un alegato contra la sociedad del espectáculo bastante más consistente y provocador que el libro de ensayos que Vargas Llosa dedicó al tema años atrás).

Una consecuencia de esa forma del relato, paradójica acaso, es que esta novela, pese a la fulgurante vivacidad de personajes estupendos como Miss Guatemala o la patética sordidez de otros, como el abismado Johnny Abbes (el mismo chacal irredento de La fiesta del Chivo) no tenga un número discreto de protagonistas en el sentido convencional. Cada personaje es el villano o el antihéroe de su propia pequeña desgracia secundaria. El protagonista real, en toda su miseria, en toda su pequeñez, es la incomprensible pero innegable realidad de que el mal, el odio, el crimen, el horror y el genocidio tengan orígenes tan nimios y banales: es la bajeza de la política y la crueldad que posee, como un íncubo que tentara hasta el último agujero de las almas y los cuerpos más débiles, al elenco de monstruos y espantajos que escenifican la estrafalaria tragedia de la avaricia, el lado más turbio del capital: la explotación.

Tiempos recios, una novela escrita bajo el aura fantasmal de Nietzsche y de Balzac (con la nihilista certeza de la historia como eterno retorno, al modo del primero, y la inmisericorde vivisección de las más bajas proclividades del ser social, al del segundo), es la historia de la prematura decrepitud de la modernidad, y de la duda de que alguna vez tenga redención. Hay un Vargas Llosa que piensa lo contrario; también hay un Vargas Llosa que teme que el otro esté equivocado...■

Tiempos recios

Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) Alfaguara (2019) ■ 353 páginas


Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966). Narrador, crítico literario y profesor del Bowdoin College en la Universidad de Maine. Ha escrito la novela El Anticuario y coeditado la biografía Bolaño Salvaje. Vivir abajo, su última entrega, fue finalista del III Premio Bienal Mario Vargas Llosa 2019.

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