Segunda temporada ■ Número 18 ■ Primavera del 2019

LA MUTACIÓN INFINITA

Una conversación con Patricio Pron sobre humanidad analógica dando tumbos en el bosque de los algoritmos

Por Dante Trujillo

Fotos Jeosm

No es por pereza ni falta de motivaciones para resumirlo, sino que el sustento del acta del jurado que en enero pasado concedió el Premio Alfaguara 2019 a Patricio Pron por Mañana tendremos otros nombres ya nos refiere bien el libro. Dice: «…es la fascinante autopsia de una ruptura amorosa, que va más allá del amor: es el mapeo sentimental de una sociedad neurótica donde las relaciones son productos de consumo. Bajo la anonimia de unos Él y Ella, construye la historia de dos personajes que son vagamente conscientes de su alienación. Un texto sutil y sabio, de gran calado psicológico, que refleja la época contemporánea de manera excepcional y toma el pulso a las nuevas formas de entender los afectos».

La concesión de este premio —uno de los más importantes en todos los sentidos del ámbito hispanoamericano— es el reconocimiento acertadísimo a una novela tan conmovedora como sorprendente, la caída libre que prosigue la separación de una pareja intelectual e hiperlúcida en los límites de la juventud. Esto mientras parecen terminar de caer, a la vez, los últimos vestigios del mundo «antiguo»: la tecnología no se ha quedado allá afuera, sino que ha comenzado a invadirnos a nosotros mismos, se ha infiltrado en nuestras vidas, en la manera como nos relacionamos, amamos, escogemos, deseamos, opinamos, sin que nada ni nadie pueda ya evitarlo. «Esta novela es la afilada historia de una ruptura amorosa celebrada en el corazón del capitalismo actual», dijo Manuel Vilas.

Es eso, y bastaría. Pero no, también el premio es una recompensa bastante justa para una carrera —aunque él mismo discrepe con la palabra— tan rica y versátil como la de Patricio Pron.

Pron (Rosario, 1975) lleva 20 de sus 43 años publicando. Cinco cuentarios, ocho novelas, un volumen de ensayos (El libro tachado, fascinante), una historia para chicos; además de unos 14 prólogos para libros de autores tan disímiles como Malcolm Lowry y Peter Bamm, Chesterton y Copi (sobre quien sabe mucho). E incalculables columnas, críticas, perfiles, reportajes. Parece leerlo todo, estar atento a todo lo que sucede, pensarlo todo.

Un amigo me decía hace poco que le parecía «muy argentino». Es una simplificación, pero se entiende la idea: en sus historias se traslucen continuos viajes a la reflexión para volver con proyectos desconcertantes y filudos, que prueban los límites de los géneros. Tiene una especie de impronta ensayística y es cerebral, sí, y experimental, pero no por ello menos emocional. Al contrario, Pron logra con cada libro mutar, adaptarse, pero ni mucho menos por efectismo, y no solo para llevarnos a sus distintos terrenos/obsesiones —el pasado en conflicto, las formas de la política, la complejidad de las relaciones humanas, el miedo— e interpelarnos, sino también para tocarnos el pecho. Con brillantez. Como un perpetuo ejercicio de estilo, con su fraseo personalísimo, sus textos y subtextos subordinados, su humor de todos los colores. No es fácil.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, La vida interior de las plantas de interior, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, El comienzo de la primavera, Nosotros caminamos en sueños, Una puta mierda, Lo que está y no se usa nos fulminará (su último libro de cuentos hasta hoy, sin duda de lo mejor del 2018)… Después de ejemplos tan relevantes de la narrativa contemporánea en español —y en cualquier lengua, en realidad; se le lee también en inglés, en alemán, en noruego o en japonés—, a Pron le llegó el momento de descuadrar a todos con una historia «romántica». Romántica pero no de género. Una vez más, se trata de una metamorfosis del autor al servicio de la exploración de nuevos mundos de la emoción y la vida común.

«Tengo la impresión de que hemos premiado una novela excelente que quizá el tiempo convierta en una obra maestra», dijo Juan José Millás, presidente del jurado del Premio Alfaguara. Lo de obra maestra inquieta, y Patricio Pron nos contó en la charla siguiente que lo que busca escribiendo, en realidad, es alejarse del ruido. Para observar, pensar, inventar. Mutar. Escribir libros «emocional e intelectualmente vivos»

Uno termina Mañana tendremos otros nombres y se pregunta (y te pregunta) ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor hoy?

Me alegra que suceda eso. La proliferación de un tipo específico de novela acerca de la experiencia amorosa (y por supuesto, de filmes y teleseries sobre el tema, así como telenovelas) nos ha llevado a creer que no hay mucho más que decir sobre esa experiencia. Y, sin embargo, tengo la impresión de que ella nos puede decir mucho acerca de la forma en que vivimos. Si le hacemos las preguntas correctas, claro.

La multiplicación de fake news, teorías conspirativas, denuncias anónimas, trolls y fenómenos similares apunta a la percepción generalizada de que la aparición de toda esta esfera de lo virtual (cuyos efectos no son virtuales, por supuesto) ha hecho que sea imposible determinar qué constituye una experiencia objetiva y, por lo tanto, cuál es nuestro lugar en el mundo

 

¿Y cuáles serían esas preguntas? Es decir, si uno escribe para hacerse preguntas (y no necesariamente hallar respuestas); y la tuya no es ese «tipo específico de novela», ¿cómo crees que el amor —erótico— impacta en la forma en que vivimos? Creo que solemos pensar que solo se da lo contrario.

Uno de los aspectos más interesantes de la irrupción de las nuevas tecnologías en el ámbito de la subjetividad es que estas nos someten a las mismas tensiones que existen en el terreno laboral; ejercen sobre nosotros una enorme presión para «optimizarnos» (mediante filtros fotográficos, haciendo gimnasia, «poniéndonos en escena» de cierta manera) en el marco de la cual devenimos objetos de consumo y aceptamos y comprendemos la precariedad como la única forma de existencia posible.

¿Tenías previsto escribir una historia «romántica» cuando empezaste el proyecto? ¿Tenías previsto escribir una novela de cómo afecta la tecnología (en múltiples sentidos) la vida contemporánea (por poco contemporánea que suene)? ¿Tenías previsto escribir una historia de amor, sin más, con lo moderno como fondo? En verdad, ¿tenías algo previsto?

No creo que esta sea una novela «romántica», entre otras cosas porque la novela romántica tiene unos elementos específicos, unas marcas de género que no aparecen en este libro. Una novela acerca de cómo, a través de la experiencia amorosa de dos personajes, podemos acceder a un conocimiento rectificado de en qué consiste la contemporaneidad (incluyendo la manera en que ésta es modificada por la tecnología): esta creo que es la mejor descripción del libro. Lo que más me interesaba a la hora de escribirlo era explorar las profundas modificaciones que experimentan dos aspectos clave de la manera en que pensamos en nosotros mismos: el eje público-privado y el eje subjetividad-experiencia objetiva.

El primer eje resulta obvio. ¿Cómo se manifiesta el segundo en la novela y, de paso, en la realidad?

La multiplicación de fake news, teorías conspirativas, denuncias anónimas, trolls y fenómenos similares apunta a la percepción generalizada de que la aparición de toda esta esfera de lo virtual (cuyos efectos no son virtuales, por supuesto) ha hecho que sea imposible determinar qué constituye una experiencia objetiva y, por lo tanto, cuál es nuestro lugar en el mundo. La multiplicación de versiones, la atención que se presta en igual medida a un dato objetivo y a su comentario, la manipulación de las imágenes y la información, la «emocionalización» de la discusión pública impiden que esa discusión esté presidida por alguna forma de pensamiento crítico. Leer las redes sociales y creerse todo lo que se dice allí, o no creerse nada, es lo mismo, porque, en última instancia, ambas posturas dan cuenta de la misma imposibilidad de concebir una realidad objetiva al margen de la experiencia individual, lo que equivale a no ser capaz de imaginar siquiera que haya un otro.

Los aplicativos, los gadgets; la corrección política y, en general, el ritmo actual ¿va a afectar nuestra manera de relacionarnos, de educar a nuestros hijos, de tener amigos, de querer, de perdurar? ¿O crees que igual se impondrá lo que siempre hemos entendido como relaciones humanas?

Por supuesto. Ya está produciendo numerosas modificaciones, algunas de las cuales son tremendamente positivas. Existen otras, sin embargo, sobre las que me permito ser cauteloso, como la cesión de la soberanía sobre nuestra vida sexual y sentimental a un algoritmo, el cual (supuestamente) sabría mejor que nosotros qué es lo que queremos y cómo obtenerlo, la mercantilización de los sujetos en plataformas de búsqueda de pareja y en redes sociales, la emocionalización de la experiencia estética e incluso de la acción política: todo eso está produciendo cambios en la manera en que pensamos en nosotros mismos y en los demás que la novela contemporánea en español no estaba abordando, de manera que pensé que, en ese sentido, este era un libro necesario.

Creo que no solo la novela, tampoco el ensayo en español está viendo bien el fenómeno. Tengo dos sospechas: o sucede demasiado deprisa, o se trata de tópicos desdeñados, que terminan siendo abordados, precisamente, en soportes «menores». ¿Es cortedad de miras o soberbia? ¿O es que tenemos cosas más importantes de las cuales ocuparnos?

Ni una cosa ni la otra, pienso: con enormes y muy importantes excepciones (por ejemplo, en relación con este tema, los españoles Paul B. Preciado y José Luis Pardo), el ensayo en castellano tiende a pensar en compartimentos estancos (política por un lado, sensibilidad por otro) y a desdeñar la posibilidad de que la literatura de ficción pueda hacer algo más que «contar una historia», de allí su falta de atrevimiento a la hora de determinar de qué se ocupa.

No te voy a preguntar sobre lo personal en la novela, pero sí cuánto tuviste que investigar. Hay datos de alguien que estuvo abriendo muchas ventanas en el smartphone.

Mi teléfono se estropeó hace algunos meses precisamente por ese tipo de desgaste: hay mucha investigación en este libro, y los datos más inverosímiles (sobre la actividad reproductiva de los insectos, sobre la manera en que esta presenta similitudes con la nuestra, sobre el «efecto QWERTY» y cosas así) son totalmente reales, aunque no lo parezcan. En ese sentido, mi experiencia personal jugó un papel secundario en la escritura del libro: hay un poco de ella en algunos personajes, pero, sobre todo, hay muchas historias que me contaron amigos míos, amigas y personas muy queridas por mí que me abrieron su intimidad de una manera que yo jamás pudiera haber imaginado antes de que lo hicieran. Muchas de las historias del libro son, por esa razón, reales, y no son el tipo de historias que puedas leer a menudo en un libro.

¿Abriste un perfil en Tinder?

Tuve un perfil en Tinder durante algún tiempo y experimenté con otras plataformas de forma más o menos intensiva. Me alegró descubrir que algunas personas tenían buenas experiencias con esos entornos, pero me sentía muy incómodo evaluando a los individuos como objetos (que es a lo que te fuerza la herramienta), de modo que acabe dejándolo.

Por lo general, después de escribir un libro quito todo aquello que no me parece necesario. Y los nombres, al igual que las citas, son lo primero que puedes quitar sin que el texto pierda sentido: de hecho, como en este caso, esa sustracción le otorga un sentido nuevo, y una nueva fuerza.

 

Hay un detalle, casi una anécdota en apariencia menor, pero que para mí resulta muy elocuente: el Museo de las Relaciones Rotas (que, por cierto, era el título de la novela cuando fue presentada al concurso). ¿Puedes contar un poco sobre ello y qué representa?

Bueno, no puedo contar mucho más sobre él que lo que digo en el libro. El Museo existe, tiene dos sedes (una en Zagreb, Croacia, y una en Los Angeles, además de una sede virtual importante) y propone narrar la ruptura amorosa a partir de objetos significativos para los miembros de la (ya inexistente) pareja. Y al hacerlo devuelve a la ruptura una materialidad que muy pocas veces juega un papel en el relato de la experiencia amorosa a pesar de que es un elemento importante, en especial al final de ella: todos hemos vivido o escuchado hablar de situaciones en que las personas que rompen se disputan los bienes compartidos con una ferocidad que los lleva a preguntarse a quién amaron y con quién vivieron durante tanto tiempo. Ese reparto de bienes (que se extiende a las mascotas y, desafortunadamente, a los hijos, si los hubo) suma al dolor de la ruptura un dolor añadido, pero al menos objetivado. Y de eso trata el Museo de las Relaciones Rotas.

¿Por qué no nombrar a los personajes, Patricio?

Por lo general, después de escribir un libro quito todo aquello que no me parece necesario. Y los nombres, al igual que las citas, son lo primero que puedes quitar sin que el texto pierda sentido: de hecho, como en este caso, esa sustracción le otorga un sentido nuevo, y una nueva fuerza.

En plena caída libre, Él comienza a despojarse aun más de materialidad, como una purga. ¿De qué has tenido que librarte tú para escribir este libro?

Básicamente de mí mismo, y de un estilo y de unos temas que, aunque muy valorados por los lectores y por la crítica, podían llegar a impedirme continuar buscando nuevas formas de narrar, que es lo que siempre me ha interesado. Es evidente que hay correspondencias y vínculos entre Mañana tendremos otros nombres y mis libros anteriores (yo soy el mismo autor, en algún sentido), pero esta novela también puede ser leída en relación con sus diferencias respecto a esos otros libros anteriores. Para mí señala un nuevo comienzo, y quizá también lo sea para sus lectores.

Hay algo como de Hermanos Coen en tus libros: aun compartiendo intenciones subyacentes, cada uno es muy distinto al anterior; y esa singularidad suele basarse, principalmente, en el estilo. ¿En qué medida buscas rehacerte con cada título?

Me gusta la comparación con los hermanos Coen, en la que nunca había pensado a pesar de que soy gran fan. Me interesan las singularidades, así como la idea de que un escritor es alguien que básicamente explora un territorio en el que su voluntad y su determinación se adecúan a los accidentes del terreno. Quizá haya en mis libros una «figura en el tapiz», un plan secreto que explique lo que he escrito y lo relacione todo, pero no me corresponde a mí describirlo (y, además, es secreto). Pero digamos de forma general que lo que me mueve es la percepción en mis lecturas de literatura contemporánea de una cierta «ausencia»: algo no ha sido hecho, o no ha sido hecho recientemente, o no ha sido hecho por mí y es posible que yo no sepa cómo hacerlo, así que vale la pena intentarlo. Así es como trabajo.

Un ejemplo de tus mutaciones es el claro cambio de tono respecto a tu libro anterior, los cuentos de Lo que está y no se usa nos fulminará: ahí abundaban el humor negro y las notas tragicómicas, pero al final dejaba un sabor (casi) esperanzador. Quizá su escritura haya coincidido, aunque sea parcialmente, con la de Mañana tendremos otros nombres. ¿Cómo fue saltar de un libro al otro?

Muchas gracias por tus palabras, que expresan uno de los aspectos que más me interesa que los lectores perciban: que cada uno de mis libros constituye un «salto» y avanza en direcciones no exploradas previamente. A pesar de ello, las continuidades existen, en especial entre Mañana y algunos cuentos de Lo que está, particularmente con uno de ellos titulado «Notas para un perfil de Tinder»: allí ya se hacía presente un interés que iba a acabar desarrollando en la novela, aunque en el momento en que escribí el cuento aún no lo sabía. Muchas veces mis cuentos señalan desarrollos posibles, que a veces culminan en novelas, como en este caso, y a veces no. Quizá por esa razón, entre otras, cada novela hasta ahora haya sido antecedida y sucedida por un libro de cuentos, como si regresase periódicamente al género para pensar acerca de la novela por escribir.

Lo «político» pareciera haberse bajado de los escaños y los atrios y los pedestales para convertirse en cosa común, pública en el sentido más banal: una política desde el teléfono, cambiando votos por clics, etc. ¿Los grandes discursos, los proyectos de largo plazo, han sido reemplazados para siempre por los automatismos egocéntricos? Al respecto ¿eres más apocalíptico que integrado?

No creo estar integrado ni ser apocalíptico, aunque asisto a desarrollos como los que mencionas con una enorme preocupación. Me gustaría creer que, como dijo, Antonio Gramsci, soy «un optimista de la voluntad y un pesimista de la razón». Y me gustaría creer que lo político, en su mejor sentido, encuentra en cierta literatura un sitio en el que persistir: en la literatura que todavía se piensa como una instancia de pensamiento crítico, no necesariamente como entretenimiento y/u objeto de consumo.

También pensé en esto: dejando de lado El libro tachado y los muchos y variados prólogos que has escrito, ¿no sientes fuerte el llamado del ensayo?

La literatura argentina tiene una tradición específica y muy importante para mí en el marco de la cual la ficción se «recuesta» o «avanza» sobre el ensayo; de esa actitud, los ejemplos recientes y más importantes son los de Ricardo Piglia, Sergio Chejfec, Alan Pauls, Graciela Speranza, María Moreno, incluso César Aira. El emborronamiento de los límites establecidos entre la ficción y el ensayo otorga a la literatura argentina una rara complejidad y una flexibilidad inaudita, que es inherente (dicho rápidamente) a una visión de la literatura de ficción como «ensayo», como laboratorio de pruebas. Me identifico especialmente con esa tradición y aspiro a ser parte de ella, naturalmente. Pero no siento una necesidad acuciante de escribir ensayos porque, en realidad, ya estoy haciéndolo cuando escribo ficción.

Hay un cuento tuyo que narra las desopilantes aventuras de un escritor llamado Patricio Pron que ya no puede con «el éxito». ¿Qué te ha dejado el Premio Alfaguara, además de una buena plata y, supongo, agotamiento? ¿Cómo se sigue después de tanto ruido?

Bueno, el cuento al que haces referencia («Este es el futuro que tanto temías en el pasado», en Lo que está y no se usa nos fulminará) se burla con mayor o menor suavidad de la idea de «éxito», que es una idea que persigue al escritor cuando este gana un premio como el Alfaguara. Mi idea de éxito es bastante distinta a la de la mayor parte de las personas, sin embargo. Yo escribo no para hacer «ruido» sino para refugiarme de él en la escritura, y mi finalidad última no es hacer una «carrera» o algo por el estilo sino ir a los sitios donde van mis libros y participar de las conversaciones de las que estos participan. Algo como el Premio Alfaguara puede contribuir a que uno se libere de ciertas presiones para producir una literatura que (como la que yo me propongo escribir) esté intelectual y emocionalmente viva; de otros usos que se le den no puedo ni debo hacerme responsable. Por lo demás, muy pronto todo esto habrá pasado y seguirán allí mi disponibilidad y mi compromiso con la literatura, y esta novela■

Fotos Jeosm
arriba