Segunda temporada ■ Número 18 ■ Primavera del 2019

LA MANCHA HUMANA

El mal de Portnoy, de Philip Roth, cumple medio siglo en tiempos de corrección política.

Por Gabriel Meseth


De todos los atributos que la naturaleza ha dispensado al ser humano, son dos de los que se ocupa El mal de Portnoy. El primero atañe a la conciencia, véase esta como privilegio y castigo. La segunda cualidad: que las manos estén al alcance de los genitales, el recurso más inmediato de placer solitario.

En febrero de 1969, momento en el que apareció el cuarto libro de Philip Roth, las revelaciones de un gran masturbador se sentían como un territorio menos explorado que la superficie de la luna. Pocos años antes se había levantado la censura a Henry Miller, novelas como Trópico de cáncer y La crucifixión rosa ya no iban desterradas al mercado negro por pornógrafas. Circulaban, aún con discreción, ejemplares manoseados de El amante de Lady Chatterley (1928), y Lolita ya enardecía con sus hechizos núbiles a Humbert Humbert. Pero no dejaba de ser insólito lo que Roth se había atrevido a imprimir sobre las pulsiones de la mente masculina.

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Alexander Portnoy, judío treintañero que exorciza en el diván la raíz de sus neurosis, complejos y perversiones, es diagnosticado con una feroz batalla entre el deseo y la culpa por querer portarse mal. Síndrome que ha hecho de este paciente un fracasado sentimental, un lobo estepario cuyos síntomas son atribuidos a un hogar dominado por una madre ubicua, monstruosa, una sátrapa maniática de la pulcritud. También a la lástima y el desprecio hacia la figura paterna. Un padre débil, mediocre, vendedor de seguros de puerta en puerta, cuya vida gris es rematada por el estreñimiento crónico.

En las digresiones que reavivan las heridas de su vida, Portnoy se regodea con todo lo que es mejor callar fuera del consultorio. Para Roth, su personaje se halla «poseído por sensaciones peligrosas, opiniones desagradables, quejas despiadadas, sentimientos siniestros y, cómo no, acosado por la implacable presencia de la lujuria… En resumidas cuentas, la parte antisocial que anida en casi todo el mundo y a la que cada uno se enfrenta con distintos grados de éxito». A través de este acto de exhibicionismo, Alex Portnoy hace confesión de sus fetiches más salvajes con total desparpajo. De los ataques de diarrea fingidos en la adolescencia para apropiarse del baño. Del orificio de una fruta, del sujetador de su hermana o de un trozo de hígado crudo, utensilios de los que se sirve para corrérsela. De cada una de las secreciones y excretas del cuerpo. De sangre, de semen, de caca. «Quiere usted oírlo todo», le increpa a su psiquiatra. «Está bien, voy a contarlo todo».

«¡Oh mis secretos, mi vergüenza, mis palpitaciones, mis pudores, mis sudores!», gime Portnoy en sesión. «¡La forma en que respondo a las vicisitudes de la vida humana! Doctor, ¡ya no aguanto tenerle miedo a cualquier cosa! ¡Bendígame con hombría! ¡Hágame valiente! ¡Hágame fuerte! ¡Hágame maduro! ¡Basta de ser un buen niño judío, complaciendo en público a mis padres mientras que me la jalo en privado! ¡Basta!». Es esta fricción entre la obscenidad y el arrepentimiento la que da el jugo a una de las sátiras más salvajes de los últimos 50 años. Pero El mal de Portnoy es mucho más que una comedia depravada. Es un libro que la revista Life llamaría «un evento mayor en la cultura americana».

Apareció al final de una década esquizofrénica, marcada tanto por la curiosidad y la liberación como por la violencia y el desencanto. La sombra de un magnicidio, una guerra, la segregación y los crímenes de odio, convivían con el ánimo de exploración y apertura. Artística, científica, política, sexual. El espíritu anárquico que subyace en la novela de Roth toma el pulso a estas turbulencias. Lo sustenta Mad Men cuando Don Draper lee Portnoy echado en el sofá de su oficina, a puerta cerrada. Guiño a un bestseller que en pocas semanas vendería medio millón de copias, superando a El padrino de Mario Puzo. Todo el mundo andaba con el anhelo de transgresión. De invocar el tabú.

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¿Quién era Philip Roth antes de Portnoy? «Me la pasaba sentado en mi habitación como si fuese la celda de Solzhenitsyn», recordaba el autor. Aunque había ganado el National Book Award con su primer libro, era un escribidor frustrado, endeudado, atrapado por las secuelas de un divorcio infernal. «Sufría de bloqueo creativo debido a la relación con su exesposa, Margaret Martinson, y a la incómoda noción de que las regalías de su obra tendrían que ser divididas en partes iguales con ella», escribe Claudia Roth Pierpoint en la biografía Roth desencadenado (2016). «En mayo de 1968, Martinson murió en un accidente de auto en Central Park. El bloqueo de Roth cesó y después del funeral viajó al retiro literario de Yaddo para completar el manuscrito».

Escribió esta novela con esa libertad kamikaze del que ha tocado fondo y no tiene nada que perder. Por medio de la catarsis de sus represiones pretendía matar al escritor que había dado sus primeros libros. «Trataba de liberarme de una conciencia literaria construida por mis lecturas, mi educación y mi meticulosidad, de mi habitual sentido del decoro prosístico», recordó en una entrevista. Ante tal propósito, para Roth nada fue más salvador que escribir desde las entrañas de un crápula.

«Uno escribe un libro repulsivo (y muchos consideraban que Portnoy era únicamente eso) no para ser repulsivo, sino para representar lo repulsivo, para airear lo repulsivo, para exponerlo, para revelar a qué se parece y qué es», reflexionaba. Pero la rebelión de Roth era mucho más profunda, en tanto pretendía traerse abajo todas las instituciones. Lo ilustra la visión desangelada (¿y profética?) de Portnoy sobre el matrimonio: «Simplemente no puedo, no aceptaré, entrar en un contrato para dormir con una sola mujer por el resto de mis días… ¿No es esto una debilidad? ¿No es en realidad conveniencia y apatía y culpa? ¿No es más bien miedo y cansancio e inercia, una pura y simple cobardía, en vez de ese ‘amor’ del que hablan y sueñan los terapeutas de pareja y los cantautores? Por favor, no nos estafemos con esto del ‘amor’ y su duración».

El éxito de Portnoy no solo hizo de su creador un hombre rico. Un playboy con auto de lujo, apartamento en Manhattan, trajes a la medida y cruceros por Europa. Aunque todo ello tuviese un precio muy alto. No era consciente de que su identidad sería para siempre intercambiable con la de su personaje. Que las relaciones con su entorno jamás serían las mismas. Que se vería obligado a mandar a sus padres a un crucero a Israel para que no vieran el libro publicado, aunque luego Herman Roth regalaría ejemplares firmados: «Del padre de Philip Roth». «No le des la mano a Philip Roth» se convirtió en la broma del momento. Y el nombre del autor se volvió una marca registrada. «Existe el jabón Ivory, los Rice Krispies y Philip Roth», diría en una entrevista a Esquire. «Ivory es el jabón que flota; Rice Krispies, el cereal que explota en la boca; Philip Roth, el judío que se masturba con un trozo de hígado».

Portnoy logró encender la pradera como pocos libros han podido. El espectro del escándalo comprendió desde las celebraciones más apoteósicas —un sector de la crítica la llamaba monumental, la novela de su generación, la autobiografía de América— hasta su estricta prohibición en Australia, donde los libreros la vendían bajo el mostrador. Mientras que la comunidad judía se vio caricaturizada en su retrato salpicado de yiddish, temía la prensa conservadora que Portnoy desplomaría todos los niveles de decencia pública.

Fue la crueldad de Alex Portnoy hacia las mujeres lo que más detractores le granjeó a Roth. Diana Trilling, Vivian Gornick y Mary Beard contribuyeron al debate con sus lecturas, advirtiendo la misoginia en el discurso de Roth como un grito desesperado por que prevalezca el dominio masculino en el círculo literario. «Sus novelas siempre se han preocupado del sexo, el matrimonio y las familias», publicó Vanity Fair en el obituario de Roth. «Pero es su tratamiento lo que lo transformó por siempre en una pesadilla feminista… Fue confrontado por su aparente negativa para escribir personajes femeninos complejos, retratando a las mujeres como manipuladoras o sumisas, o inverosímiles».

Es innegable que Portnoy le dio tracción a Roth para convertirse en el cronista del fin del sueño americano. Le dio la libertad para crear personajes tan conflictuados como el everyman Nathan Zuckerman, testigo en primera fila del hundimiento de su clan. O tan repulsivos como el sádico titiritero Mickey Sabbath. O víctimas de pesadillas kafkianas como Keppesh, transformado cual Gregor Samsa en una teta gigante. O para imaginar una América subyugada por el nazismo. Su consigna parecía ser: si uno es de imaginar algo, por más desagradable que sea, ¿por qué no escribirlo?

«Al volver a leer El mal de Portnoy, 45 años después, estoy sorprendido y contento: sorprendido de que pudiese haber sido tan temerario, y contento por haberlo sido», escribió poco después de retirarse. Reencontrarse con Portnoy en la era del #MeToo, del tribunal de las redes, de los intentos por boicotear Lolita y la pintura de Balthus, confirma que la novela no ha perdido su impiedad, su impudicia, su incomodidad. «Creo que uno solo debe leer aquellos libros que nos muerden y nos pican», argumentaba Roth. «Si el libro que estamos leyendo no nos pega un mazazo en la cabeza, ¿para qué seguir leyéndolo?».

Libros como Portnoy estarán siempre sujetos a una polémica legítima, pero son también la afirmación de que la muerte de Philip Roth deja un vacío. ¿Hoy quién muerde como él?■


Gabriel Meseth (Lima, 1985). Periodista, comunicador, investigador de temas diversos y profesor universitario. El 2014 publicó Señor de los milagros.

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