Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

«la literatura siempre debe buscar salir de su corset»

Cristina Morales: Lectura fácil y las intenciones de una escritora punki

Por Dulce María Ramos

Fotos: Noé Obregón

A finales del año pasado, un jurado integrado por Rafael Arias, Gonzalo Pontón Gijón, Marta Sanz, Jesús Trueba, Juan Pablo Villalobos y Silvia Sesé otorgó el 36° Premio Herralde de Novela a Lectura fácil de Cristina Morales. Desde ese momento, la autora granadina no pasa inadvertida. Su presencia en la prensa es recurrente, ya sea por las muchas reseñas que han hecho de su novela en todo Hispanoamérica, o por sus controversiales declaraciones. En octubre de este año, el efecto se duplicó: la novela ganó el Premio Nacional de Narrativa, y con eso regresaron los cuestionamientos. Se ha señalado una aparente incoherencia entre la postura política y rebelde de la escritora con el hecho de aceptar dichos premios.

Pero a Morales no le interesan las polémicas que han surgido a su alrededor, ni lo que opinen o dejen de opinar los críticos. Ni siquiera tiene redes sociales. Hace unas semanas, mientras estaba en Cuba dando unos talleres, declaró: «es una alegría que haya fuego en vez de cafeterías abiertas en Barcelona». Le acababan de comunicar que había ganado el Premio Nacional de Narrativa. «Pozuelo Yvancos dijo que mi novela era un atentado contra el buen gusto literario. Para mí que un crítico me diga eso es mi fantasía más salvaje. Sí, mi novela es punki y este crítico ha sido un buen lector. La literatura siempre debe buscar salir de su corset».

A pesar de la controversia (o también por ello) Lectura fácil va por su sexta edición. Y no solo eso: si alguien que vive en Madrid o Barcelona desea pedir la novela en una biblioteca pública debe esperar cinco meses. Por lo pronto Anagrama está por editar toda la obra de Morales, desde su primer libro, La merienda de las niñas, publicado por Cuaderno del Vigía (2008), hasta Los combatientes (Caballo de Troya, 2013), Malas palabras (Lumen, 2015) y Terroristas modernos (Candaya, 2017). Vale informar que Lectura fácil, antes de ganar el Herralde, fue presentada a Seix Barral, que consideró no publicar el texto a través del fanzine Yo, también quiero ser un macho, que contiene uno de sus capítulos. Para Morales su obra es un fanzine alrededor de la novela, formato que considera pedagógico y también con mucho sentido político. Incluso en sus presentaciones lleva ejemplares e invita al público a fotocopiarlo y distribuirlo: «Lo que sucedió con Seix Barral fue en su momento muy revelador porque me mostró que una no puede escribir lo mismo en una casa okupa y publicar su texto en fotocopias que con una editorial».

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La novela de Morales (1985) cuenta la historia de cuatro mujeres en Barcelona: Nati, Patri, Marga y Ángels; todas sufren lo que la medicina ha llamado «discapacidad intelectual», aunque su condición no es un impedimento para cuestionar las estructuras de dominación que les ha tocado sufrir y el discurso del heteropatriarcado. Es un libro incómodo, eminentemente feminista, a pesar de que su lector no esté necesariamente determinado por esta postura. Morales trata de construir su feminismo desde lo que en la novela se llama el bovarismo y el bastardismo, criticando así al feminismo que hoy predomina; también a la feminista castradora o autocastrada: «Podría decirse que el bastardismo es mi ideología, a pesar que la acuñadora del concepto abomina del de ideología por lo que tiene de vanguardia, de academia y, por lo tanto, de estructura jerárquica y patriarcal. De hecho María Galindo no habla de bastardista sino de meras y simples bastardas. Lo de bastardista, con esa terminación en-ista, que designa la clásica adherencia ideológica, es cosa mía (…) Creo que el tránsito del bovarismo al bastardismo es algo normal y una muestra de adultez. Creo que no terminar de leer Madame Bovary también es una muestra de adultez y un primer gesto bastardista». Este fragmento aparece en Lectura fácil cuando se menciona una charla de la activista María Galindo en Barcelona. Vale acotar también que esta autora fue reveladora para Morales durante la escritura de su novela, en especial el libro Feminismo urgente: ¡A despatriarcar!

Lectura fácil se puede definir como una doble metáfora. Por un lado, porque estas cuatro muchachas representan los miedos y opresiones casi inmanentes a cualquier mujer del mundo, si se entiende que, desde el discurso del patriarcado y dentro de una sociedad machista, todas son consideradas, de una u otra manera, como discapacitadas. Y también, por el título del libro, una ironía en sí misma para el lector y los críticos, especialmente porque la novela de Morales es todo lo contrario. No resulta fácil de asimilar o leer al primer intento y, para hacerlo, es necesaria una postura política y feminista: «Cuando era pequeña no entendía las letras de las canciones porque estaban cuajadas de eufemismos, de metáforas, de elipsis, en fin, de asquerosa retórica, de asquerosos marcos de significado predeterminados en los que mujer contra mujer no quiere decir dos mujeres peleándose sino dos mujeres follando. Qué retorcido, qué subliminal y qué rancio. Si por lo menos dijera mujer con mujer… Pero no: tiene que notarse lo menos posible que ahí hay dos tías lamiéndose el coño».

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¿Cómo es Cristina Morales? Intenta sobrevivir de su trabajo como escritora, se preocupa por su familia, cuestiona el cuarto propio que propone Virginia Woolf, le gusta disfrutar la vida como cualquier persona de su edad, ama bailar —tiene un grupo de danza llamado Iniciativa Sexual Femenina—, prefiere estar en cualquier bar del centro de Bogotá que en un hotel cinco estrellas, es cercana a sus verdaderos amigos y no suele ser indiferente ante un necesitado en la calle. Su pecado sería lo punki, opinar sin tapujos, luchar por sus convicciones. Morales se ha convertido, le guste o no, en la Rosalía de las letras hispanoamericanas.

Algunos consideran que tu novela es la voz de los discapacitados, cuando otros dicen que es la del nuevo feminismo.

No soy la representante de nadie, más que de mí misma. Yo escribí una novela donde los personajes tienen una supuesta discapacidad física para hablar de mi realidad. Esas discapacitadas de las que yo hablo son figuras más universalizables. En su origen, la novela está hablando de la opresión que sufren todas las mujeres normalizadas y no normalizadas. Durante la escritura me surgían preguntas: ¿Te piensas que por levantarte por las mañanas, ir a trabajar, hacerte el almuerzo, tener un novio, echarte un polvo, tomar una cerveza, fumarte un porro, meterte una raya, irte de fiesta, tener una resaca, levantarte al otro día a las ocho de la mañana eres más libre que aquella que está encerrada en un instituto por discapacidad? ¡Pobre de ti! Puedo tener ciertos privilegios que una discapacitada no posee, pero eso no me da una autoridad moral para creerme más libre o superior a ellas. Es muy diferente sentirse libre que privilegiado, de hecho es algo optimista sentirse libre. La segunda pregunta que me formulé fue: ¿Cómo hacer que esas mujeres universitarias, cultas, viajadas se sintieran identificadas con estas que viven encerradas en un piso tutelado? Una mujer normalizada se cree libre y ciudadana del mundo, por eso quería que las lectoras se sintieran identificadas con las discapacitadas viendo su propia opresión y sumisión y no a través de tener ciertas actitudes: cantar, bailar o hacer una tortilla de patatas.

¿Qué buscaste representar con las protagonistas de Lectura fácil?

Yo me llamo mujer porque así me han educado, porque me han dicho que este cuerpo y forma de pensar es de una mujer, no tengo respuesta para eso. Sí tengo respuesta sobre cuáles eran mis intenciones a la hora de hacer expresarse a estas cuatro mujeres. Para mí el hecho de que la más discapacitada de todas sea la que habla con ese rigor politológico quería significar que la radicalidad política está patologizada en la sociedad contemporánea, al menos en Europa; que el disidente político es tratado como un tarado, como alguien que no entiende, al igual como las personas con discapacidad. Ese señalamiento de terrorista cuando alguien rompe un cajero automático en una manifestación, del mismo modo que una mujer como Marga, que sale a la calle y quiere follar con el primero que venga, se la trata como «hipersexualizada», que es una forma suave de decirle a alguien «puta».

De los otros personajes femeninos, en el caso de Patri quería significar que, por mucho que intentes adoptar el lenguaje del poder para tratar de sacar beneficios, eso no va a funcionar, siempre hay una relación de desigualdad, una relación de poder y sometimiento. De ahí que en vez de hablar desde el lenguaje del poder, debemos crear nuestro propio lenguaje. Finalmente, con Ángels, quien escribe su vida siguiendo el método de la lectura fácil, quería criticar la forma de integración al diverso y cómo puede convertirse en una herramienta contra sí mismo. Yo quería dinamitar la Lectura fácil con la lectura fácil.

En el grupo de mujeres discapacitadas Ángels es la escritora.

Ángels es la menos discapacitada de todas. Tiene grandes deseos de ser escritora, grandes deseos que la publiquen y de hacerse entender por los lectores. Hay mucho de eso en mí como en mis colegas. Para mí era divertido ver la figura de la escritora como un personaje reaccionario. He visto en algunas críticas que han leído literalmente los fragmentos finales de la novela, cuando Ángels dice que quiere ser una escritora de culto, rebelde y universal. En realidad cuando mi personaje dice eso es una carcajada contra el elefante blanco y contras aquellos que pueden ser mis lectores aliados, aquellos que consagran la obra en un altar. También cuando en el discurso de Ángels aparece la palabra democratizar es una crítica precisamente contra la democracia, contra lo que se supone debería ser el objetivo de la lectura fácil: democratizar la lectura para todos, y la democratización significa el aplanamiento de la literatura, la consagración de lo mediocre como valor de lo literario.

Llama la atención el lenguaje que estas mujeres emplean, cero recatado, incluso escatológico: nada que pudieran suponer los biempensantes.

El empleo del lenguaje simplemente responde a que traté de escribir lo que me daba la gana y como me daba la gana. Vamos a descubrir qué es lo que me da la gana, cuáles son mis deseos como escritora cuando enfrento la página en blanco, cuando tengo un proyecto literario, la posibilidad de publicar o no, mis deseos prioritarios o pensar en cómo seré leída, o publicada. A veces las escritoras se autocensuran. Durante la escritura de Lectura fácil para mí esto estaba muy claro, no pensaba en el editor, estaba pensado en mis motivaciones, escribir como hablan en los espacios dónde frecuento y estoy.

¿Cómo es tu feminismo?

Es cierto que hay personajes públicos que lo tienen claro y te sueltan un speech. Una vez un periodista de la agencia EFE me preguntó por mi posición política, y cuando le dije que era anarquista no hubo diálogo. Imagino que si le hubiera dicho que era feminista hubiéramos podido hablar. Callar a un periodista está súper bien, y además sin violencia. No me interesa un feminismo atado a lo teórico y a la lectura, ese feminismo de las mujeres privilegiadas blancas. Quiero un feminismo que no pase necesariamente por lo intelectual. Para mí la lucha debe ser la iniciativa sexual femenina, reapropiarnos del concepto de putas, de sentirnos dueñas de nuestro deseo sexual y afectivo, y que no esté siempre mediatizado por el romanticismo y la seducción como las francesas del #MeToo. Recuerdo cuando decían que de tanto señalar a los acosadores y abusadores se estaba perdiendo la seducción, con lo chic que es seducir. En mi novela el personaje de Marga lo que quiere es follar, dejando de lado todo. La lucha debe ser de primer orden, desde los lugares más conservadores y radicales. Debemos lograr la emancipación de nuestros propios deseos.

Se ha cuestionado la contradicción que existiría entre tus posturas políticas y el hecho de que aceptaras el Premio Nacional de Narrativa.

Yo he dedicado muy poco tiempo lo que dicen estos machos machistas. Yo estaba en Cuba tomando daiquiris cuando pasó toda la polémica en las redes, mientras mi familia y amigos estaban preocupados por lo que se decía. Yo no tendría que justificar el porqué estaba en Cuba, pero si estaba ahí fue por una invitación del mismo gobierno español que me envió para dar unos talleres literarios. Recuerdo cuando hace 15 años le dieron el Cervantes a Rafael Sánchez Ferlosio y dijo: «Yo odio a España desde que nací». No recibió ninguna crítica y fue tratado por la prensa de derecha y de izquierda como un intelectual que se expresó libremente.

En teoría el mundo ha evolucionado y estamos en el momento dulce del feminismo, pero me gano un premio y los comentarios son de cuántas pollas me he comido y por qué no lo rechacé como en su momento hizo Javier Marías. Yo no tendría que explicar o justificar por qué acepto o rechazo un premio. Es muy tramposo colocarme en el mismo lugar de privilegios que Marías, él se puede permitir rechazar un premio, es un elefante blanco, vive de la literatura. A nadie le tendría que importar cuánto dinero tengo en la cuenta, de qué vivo, qué hago o dejo de hacer con mi dinero. Javier Marías y yo no jugamos en la misma liga, así que tratarme bajo los mismos patrones es tramposo, solo sirve para devastarme a mí y seguir privilegiando a escritores como él■


 

Dulce María Ramos (Caracas, 1978). Es narradora y periodista cultural al servicio de medios de varios países.

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