Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

LA BALSA DE LA MEDUSA

Por Mayte Mujica

Ilustración: Manuel Gómez Burns

Irme de casa en Navidad me hacía sentir libre y adulta. Enrique y Leo llegaron puntuales, escuché la música antes de que tocaran el timbre. Sonaba una de Aerosmith. Quédate adelante, Leo. Argo me saludó con un montón de entusiasmo. El perro ocupaba casi todo el asiento trasero. Metieron mi mochila a la maletera. La acomodaron junto a otros bultos y una caja de cerveza. Las botellas se habían calentado. Papá y mamá hicieron adiós desde la puerta hasta que nuestro auto desapareció de su vista. El viaje habría durado una hora si no fuera porque nos detuvimos en un restaurante de carretera a comer pan con chicharrón.

Enrique era mi novio, un estudiante de Economía que leía a John Grisham y punto. Yo cursaba el último año de colegio y aún no tenía claro qué estudiar. Transitaba de sociología a literatura y de literatura a psicología. Enrique tenía los ojos color granadilla y no sabía bailar. Leo era su mejor amigo. Habían estado juntos en el colegio y ahora compartían clases en la misma facultad. La diferencia es que a Leo le gustaba pintar y, además, tenía ritmo. La primera vez que entré en su habitación me sorprendió ver las paredes cubiertas con dibujos suyos. Enrique y yo íbamos disfrazados de vaqueros. Nos reunimos ahí y luego salimos a una fiesta de Halloween. La novia de Leo se llamaba Alejandra. Era delgada y bailaba flamenco. Nos hicimos amigas, pero luego ella y Leo pelearon y me quedé como la única chica del grupo. Raúl también había terminado con su novia y, al parecer, todos andaban en plan de querer estar solos. Enrique, Leo, Raúl, Álvaro, Diego. A mí me gustaba ser la única entre ellos, sentía cierto privilegio de pertenecer a un mundo masculino, grosero, despreocupado. Las noches en las que no había ningún plan especial, ni fiestas, ni reuniones, ni cine, nos juntábamos en el bar de El Gordo a tomar unas cervezas. El local no tenía gracia, quedaba en medio de un complejo de edificios. A veces aparecía el dueño, se sentaba con nosotros y pedía una jarra que no nos cobraba; esta va en nombre de la casa, decía, y nosotros lo celebrábamos chocando los vasos. Nos trataba bien, con una mezcla de amabilidad, ternura y condescendencia. Otras noches, cuando salíamos a la discoteca del papá de Raúl, nos reuníamos en el malecón, abríamos las puertas de los autos y bebíamos en la calle hasta que nos sentíamos listos. Jamás sentíamos frío. Luego Raúl nos hacía pasar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, hasta acá vienen conmigo.

Leo y yo siempre terminábamos al margen, buscando un espacio que no temblara por la estridencia de los parlantes mientras los demás seguían bebiendo hasta la estupidez, incapaces de mantenerse en pie, arrastrando las palabras. A veces se peleaban por nada. En esa mesa vacía, o en esa esquina junto a la puerta, nosotros dos sosteníamos conversaciones afectadas. Yo le hablaba de libros y él a mí de pintores. Le gustaba la soledad de Hopper y estaba obsesionado con un cuadro de Guéricault, «La balsa de la Medusa», donde se veía, según decía Leo, el momento en que un grupo de náufragos avista, en el horizonte, una fragata que jamás los salvará. Me gustaba conversar con él más que con mi novio. Una noche ocurrió: me hubiera gustado conocerte antes, me dijo, antes que Enrique. Me habría enamorado de ti. Tú también me gustas, le dije, y el abrazo que nos dimos contenía al mismo tiempo resignación y posibilidad. Luego regresamos con el resto del grupo, un mozo dejó en el centro de la mesa El Balde y nos abalanzamos a coger una cañita y a aspirar al mismo tiempo esa mezcla de vodka, ron y jarabes dulces de colores. Alguien gritó ¡Hasta el fondo!

La casa de playa era antigua, de las primeras que se habían construido por los setenta. Estaba vacía. Tuvimos que quitar las fundas de los sillones y limpiar un poco. Pasado mañana llegarían los demás. Como éramos demasiados, convenimos en que yo me quedaría en una habitación, sola, y ellos compartirían cuarto, tirarían los colchones al suelo, se las arreglarían. Reclamé, además, la exclusividad de un baño. Con excepción de Leo, todos acababan vomitando y orinando por cualquier lugar. Guardamos los víveres y las cervezas. Sacamos unas mantas gruesas con motivos felinos. Enrique tenía dos hermanos mayores. Los tres habían heredado esa casa después de que su padre murió de un infarto al corazón. Decían que consumía cocaína y que Gislaine, su mujer, lo había dejado una noche en la que, poseído por la noica, la amenazó con un revólver. También habían heredado un pequeño departamento en la avenida La Paz, en Miraflores. La casa grande se la había quedado Gislaine y ahora vivían ahí con su padrastro, un ingeniero alemán que tenía un puesto altísimo en una farmacéutica. Carlos, el hermano mayor de Enrique, ocupaba el departamento de La Paz, pero todos tenían un juego de llaves y cuando él salía de viaje, aprovechábamos para usarlo. Abríamos la puerta con sigilo y nos tendíamos sobre la cama, provistos de cigarros, condones y cervezas, como en una isla desierta, abandonados, ignorantes, mientras el futuro se confabulaba contra nosotros, como un león que se relame, agazapado, frente a sus presas.

Vamos a la playa con Argo, propongo. Al escuchar su nombre, el perro levanta las orejas. Atravesamos las casas que esperan, quietas, a sus familias. Por ahora solo son cáscara. El perro orina en un arbusto. Enrique y Leo hacen planes para más tarde: en un rato iremos a la cabaña. ¿Tienes fuego?, pregunta Leo. Enrique le lanza un zippo y Leo lo coge en el aire. Yo también quiero un cigarro, digo. ¿Son rojos?. Nos sentamos en la arena fría y me saco un arete. Introduzco el palo en el cigarro, le hago un agujero para no sentirlo tan fuerte. Argo corre de un lado a otro, husmea, huele, orina, babea, vuelve a nosotros para asegurarse de que seguimos acá. Le ladra al mar. ¿Vamos a Playa Chica? Uy, me olvidé de llamar a mi mamá. Enrique estira sus brazos para levantarme. Mientras caminamos me agarra el culo. Leo, a que este es el hembrón más rico de la playa. Idiota, le digo. Un poquito de respeto para la señorita, pide Leo, y otra cosa, ¿no te han enseñado que no se come pan delante de los pobres? Enrique silba y Argo corre hacia nosotros. Playa Chica tiene una naturaleza tosca. Alguien ha dejado cosas entre los peñascos, mira. Nos acercamos y vemos que dentro de una cueva hay velas que en algún momento debieron estar encendidas y una espada. Magia negra, dice Enrique, que ha visto demasiadas películas de horror. Quizá es la ofrenda de un pescador al mar, piensa Leo. Y hablando de mar aprovecha para hacer un comentario sobre las olas que hoy parecen especialmente furiosas y se pone a hablar de «La balsa de la Medusa». Ya, qué tanta huevada, dice Enrique. La única Medusa que hay acá es esta, y se sujeta el pene con las dos manos. Tengo frío, digo, ¿volvemos a la casa? Lo que tú digas, reina, y me pone su casaca sobre los hombros y pasa su brazo por mi espalda para protegerme del viento que se abalanza sobre nosotros.

Llegamos La Cabaña cuando todavía hay luz. Está a mitad de camino entre la playa y la carretera, entre los cerros bajos de la costa. La Cabaña se va a tomar cerveza y nada más. Es una construcción rústica con techo de paja. Ocupamos una mesa y pedimos una jarra. Nos traen, además, cancha serrana. Cuando ya estamos picados, uno de nosotros dice: hay que animar esto, parece un cementerio, ¿jugamos algo? No hay dados, míster, responde el chico que nos atiende. ¿El General?, dice Enrique. Sale, pero no se maleen con los castigos. Yo empiezo como el General, dice Leo. Yo soy Sargento, dice Enrique. Chiquita, lo siento, serás el Cabo. No por mucho tiempo, digo.

 

General: El General, pasando revista a sus tropas, vio que faltaba el Sargento.

Sargento: El Sargento no faltaba.

General: ¿Entonces quién?

Sargento: Faltaba el Cabo.

Cabo: El Cabo no faltaba.

General: ¿Entonces quién?

 

Nadie perdió en las primeras rondas, pero cuando ya estábamos borrachos los castigos se sucedieron uno tras otro y en eso consistía el juego.

 

General: Sargento, párese y baile ballet.

Sargento: Cabo, séquese el vaso mientras está parada en un solo pie.

General: Haga como bebé.

Sargento: Corra dos vueltas alrededor de este local.

General: Sargento, usted es una mujer y está pariendo. Actúe.

Sargento: Cabo, cántese una de Luis Miguel.

General: Sargento, diga lo siguiente: me gusta la pinga.

 

Tuve que ir al baño. Cuando me levanté de la silla, me sentí mareada y me reí. El wáter estaba sucio. Tampoco había papel. Pero estaba acostumbrada a eso y había desarrollado una técnica impecable para orinar parada. Volví a la mesa. Leo y Enrique tenían los ojos rojos y la voz alta y la lengua trabada.

 

General: Cabo, le ordeno que se siente.

 

¿Seguimos jugando? Seguimos.

Leo había perdido su delicadeza y él y Enrique eran una misma cosa. Dos tipos ebrios.

 

General: Cabo, acérquese a mí, siéntese en mis faldas y deme un beso.

 

Hice lo que Enrique me pidió, luego me sequé el contorno de la boca con la manga de mi casaca. Mientras besaba a mi novio, Leo acercó su cara a las nuestras.

 

Sargento: Cabo, métale más la lengua a mi General.

 

En algún momento, los papeles se invirtieron y Enrique perdió su rango, que pasó a Leo, y yo seguí siendo Cabo, y como todo sujeto sometido a una autoridad agresiva, dejé de sentir ese pequeño y torcido placer del juego y empezó el desconcierto, la frustración, la rabia.

Leo volteó a mirarme con unos ojos torvos. Me señaló y dijo:

 

El General: Cabo, repita conmigo. Soy una perra. Ahora arrodíllense en el suelo y ladre como perra y orine como perra y camine en cuatro patas como perra.

Enrique y él se reían a carcajadas.

Solo estallé:

—Leo, vete a la concha de tu madre.

 

Me fui corriendo, levantando la tierra y me senté ahí donde todo era negro, sin pensar en los breves pasos de las arañas y alacranes. Lloraba cuando ellos llegaron. Leo se quedó más lejos. El aliento de Enrique me bañó la cara. Se asustó cuando me escuchó gritar. Trató de abrazarme y lo empujé. Me sujetó. Te has vuelto loca, qué haces acá. Vamos a la casa. Le dije que no iría a ningún lado. Tienes un ataque de nervios. Llamó a Leo. Me dijo que Leo quería hablar conmigo, que lo escuchara, se va a disculpar, dijo. Yo los espero en casa. Arréglense, hablen. Se despidió. No podía ver sus caras. Todo se silenció. Tuve ganas de vomitar. Incliné mi cuerpo hacia adelante. Sentí que me sujetaban la cabeza. Lo siguiente, fue una mano entre mis piernas. Pero no podía ver. Cuando me incorporé, escuché a Leo decirme: te llevo a casa, no pasó nada, era un juego. Por qué te lo tomas así. Tú me conoces. Me tocó la frente. Estás helada. Has bebido demasiado. Yo te ayudo, dijo. Me sostuve de su brazo sin voluntad, como alguien que lo ha perdido todo, y recuerdo el camino de regreso como los primeros pasos en un planeta gaseoso y sin atmósfera. Enrique me esperaba con un vaso de agua. Me llevó al baño, me lavó la cara, me acostó en la cama y me sacó las zapatillas, la falda, la casaca, me puso piyama, me arropó y apagó la luz.

 

Me desperté al medio día del 26 de diciembre. Había bulla en la sala. Los demás ya estaban acá y acomodaban sus cosas en los cuartos y en la cocina. Me sentía mal. Tenía vergüenza. Si hubiese podido, me habría quedado encerrada en esa habitación para siempre. Pensé en cómo debía comportarme con Leo y con Enrique. Pensé en que ya nada volvería a ser como antes. La cabeza me pesaba. Me vestí con un short y un polo y salí. Qué tal juerga, me dijo Diego mientras lo saludaba. Te hubieras guardado para esta noche, dijo Raúl, y me mostró una Etiqueta Azul. Mira lo que he traído. Apúrense, dijo Enrique, ¿no querían salir ya? Se sentó junto a mí y me abrazó. Luego, nos metimos todos a la camioneta de Raúl. Leo iba a adelante. No nos saludamos. Pensé que debía estar molesto conmigo. Fuimos por la Panamericana y tomamos el desvío a Mala y luego otro desvío más. Estábamos apretados en el carro, Metallica a todo volumen. La camioneta se detuvo frente a un portón. Yo ya sabía que vendríamos. Era lo usual. Además, el fin de semana pasado lo habían planeado todo, día a día, de jueves a domingo. Leo había dicho que él no iría. Son una sarta de salvajes. Entonces te quedas conmigo y con Argo en la playa, le propuse. Mucho mejor, respondió, y le dijeron hembrita. Pero esta mañana yo solo los había seguido. Y ahora cuando dije que me quedaría en el auto, Leo tampoco se pronunció. La puerta del camal se abrió y se cerró. Hasta acá se podían escuchar los gritos de los animales. Quise encender la radio, pero se habían llevado la llave. A ellos les gustaba ver cómo sacrificaban a los toros y a las vacas, luego hacían bromas al respecto, la sangre, los ojos, la resistencia. Les gustaba ver cómo la fuerza no les servía de nada ante las sierras y cuchillos. Imaginé que alguien empujaba a Leo y a Enrique a una de las máquinas. Luego, pensé en los hombres de la Medusa, en las expresiones de sus rostros al ver que su vida era otro barco que se alejaba en el horizonte. Hacía calor. Abrí una puerta y la volví a cerrar. Cuando regresaron, traían el corazón de un toro envuelto en papel periódico. Ese conchesumadre, dijo Diego, y todos rieron.■


 

Mayte Mujica (Lima, 1978) Editora y autora de la novela Una ciudad para perderse.

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