Segunda temporada ■ Número 18 ■ Primavera del 2019

FRENTE A UN HOMBRE ARMADO

El mal de Portnoy, de Philip Roth, cumple medio siglo en tiempos de corrección política.

Por Gabriel Meseth


La primera vez que me topé con el misterioso nombre de Mauricio Wacquez fue a inicios de los 90, cuando leí el tomo inaugural de las memorias de Alfredo Bryce, Permiso para vivir. Bryce le dedicaba un breve capítulo en el que contaba que este narrador chileno (era la única seña que brindaba sobre él) le había prestado su casa de Barcelona por unos días. En esa residencia Wacquez vivía rodeado de gatos, y una noche el novelista peruano dejó abierta la puerta principal y todos los felinos se escaparon. Para que su amigo no se enterara de aquella fuga masiva, Bryce salió por las calles de la Ciudad Condal a buscarlos. Debido a la oscuridad, no acertó con uno solo: todos los gatos que Wacquez se encontró al retornar a su departamento eran distintos a los suyos y, para más deshonra, habían orinado y defecado sobre los manuscritos que acumulaba sobre su escritorio.

25 años después, una amiga chilena, me habló de Wacquez mientras almorzábamos. Recordé la anécdota de Bryce de inmediato. Nombres así no se olvidan.

«Pero en mi país no lo conoce casi nadie», me advirtió. «Es bastante difícil hallar sus libros. Hace años que están descatalogados». Ya, pero ¿valía la pena rastrear esas viejas ediciones? Mi amiga no lo dudó: «Definitivamente. La suya es una obra muy buena, pero secreta porque es densa y nada, pero nada comercial. O sea, de culto». Pero luego lo pensó un poco mientras atacaba el postre. «Aunque me parece que eso de culto es incluso too mainstream para él. No creo que hasta ahora exista un grupo de lectores fieles que mantenga su mito».

Era suficiente para mí. Hallé una de sus novelas en el centro de Lima, otra en un librero de Facebook, alguna más debí encargarla por un precio francamente abusivo a una librería de Tarragona y la última fue cortesía de mi editor, al que volví loco pidiéndole un ejemplar de un libro que había salido de circulación hacía por lo menos dos décadas.

Fue así como conocí a Mauricio Wacquez. Fue así como me enamoré un poco de él. Tanto de su elusiva figura como de sus libros. De ambos por igual. Miren nada más las fotos donde se evidencia la elegancia de un conde, la altiva mirada de —como decía Gil de Biedma— un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. Alto y delgado, siempre bien vestido, gestos de dandy a la primera copa, amigo íntimo de José Donoso (hay quien afirma que Wacquez lo inició en la homosexualidad pasados los 60 años, pero ya sabemos de sobra que eso no es verdad), fue ante todo un talentoso y originalísimo novelista, capaz de prodigios verbales y de una prosa sonora y radical que, a pesar de —o quizá debido a— su exigencia envuelve sensorialmente al lector, hace de la trasgresión una estética turbia, un ritual de resistencia, una fuerza capaz de trastocar el espacio y el tiempo; su poética está basada en la nostalgia de un edén perdido, en una luz de campo soleado que es a pesar de eso siniestra y sórdida, en el dolor sagrado y furioso de la penetración carnal.

***

Nació en 1939. Cunaco, provincia de Colchagua. Hijo de un enólogo francés. Infancia bucólica, salvaje como puede ser salvaje un chico de clase media acomodada en medio de la naturaleza y de un ambiente culto y liberador, hasta que una serie de dolencias cayeron en cadena sobre él. Tifus, tuberculosis, incluso un soplo al corazón en los albores de su adolescencia. El paraíso de enfermarse, lo llamaba Juan Bullita: fue en esas largas convalecencias cuando se convirtió en un lector voraz, a pesar de que era un pésimo estudiante en el colegio. En la universidad, por lo contrario, fue un alumno ejemplar, entre los mejores de la facultad de Filosofía, donde se doctoró en 1965.

Ya para entonces había publicado un par de libros que conforman su prehistoria como creador. El primero es Cinco y una ficciones (1963), cuentos iniciáticos en los que se perfilan sus motivos esenciales: la masculinidad anómala, el rechazo visceral al realismo y a los temas políticos y sociales a los que sus colegas mayores eran tan afectos. Después escribe Toda la luz del mediodía (1965), una novela bastante correcta de lenguaje cuidado y atisbos líricos que se centra en otro de sus intereses: la ilustración de relaciones amorosas que el deseo perturba, daña y cuestiona, edificadas a partir de una indagación psicológica sutil y acerada. Es el último libro que escribe en Chile: viaja luego a Europa con una beca, previa estadía en la Universidad de La Habana. Ahí conocerá y hará amistad con Reinaldo Arenas, autor con el que guarda más de un vínculo literario y vital.

En Francia aparece, en una inhallable edición de lujo, un puñado de microcuentos bajo el título de Excesos (1969). El prólogo está a cargo de Julio Cortázar. La esencia del volumen es resumida brillantemente por el argentino, quien reconoce el talento y la propuesta encantatoria de Wacquez: «En el amor todo monólogo se niega a sí mismo, como por razones paralelas, todo diálogo es de alguna manera un monólogo en otra dimensión del ser; en el amor, hablar es crear espejos».

Pero su obra de madurez empieza con Paréntesis (1975), breve novela de 90 páginas que transcurre íntegra dentro de un larguísimo paréntesis en el que cuatro voces —cuatro amantes que se pierden en el laberinto de su pasión y de los amores prohibidos, sin excluir el incesto— se turnan, confundiéndose y enfrentándose unas con otras, arrastrando al lector a través de un flujo verbal sostenido e implacable.

El libro es un alarde técnico y estilístico que no tiene nada que envidiar a las más altas obras del boom latinoamericano. Narración experimental, hermética y desafiante como todas las que Wacquez escribirá después, fue finalista del Premio Barral, que perderá apenas por un voto. Paréntesis no le brindará demasiada repercusión mediática ni muchos lectores, pero sí la atención de la crítica, que reconocerá en él a un autor tan marginal como valioso. A José Donoso, prologuista en esta ocasión, el libro le gustó más que mucho, salvo por la confusa puntuación —cada coma supone el cambio de voz de un personaje por la de otro— que consideró ayudaba poco a la comprensión del complejo juego que Wacquez planteaba a sus lectores.

Frente a un hombre armado, de 1981, es la obra maestra de nuestro autor. Está protagonizada por Juan de Warni —difuso alter ego de Wacquez— un noble tarambana que siente una atracción enloquecida por su criado Alexandre y su generoso pene, que está tan presente en la narración que es un personaje aparte. La devoción sexual de Warni alcanza su culminación en la escena en la que, maquillado y vestido con una túnica femenina, es poseído por el siervo en una cama nupcial que será al mismo tiempo escena de un crimen provocado por el laberinto del odio y de la fascinación de quien halla goce y sentido de vivir en ser sometido y devastado. Aunque es catalogada por algunos como una novela histórica, es más bien todo lo contrario: una narración ahistórica, donde los escenarios, objetos y personajes mutan y trasgreden la cronología con una libertad insólita y desconcertante.

Es al año siguiente de la publicación de Frente a un hombre armado cuando concibe lo que considera la obra magna de su vida: una serie de novelas que bautiza como la «Trilogía de la oscuridad». Ficciones fuertemente autobiográficas, de raigambre proustiana, en las que el homoerotismo sin velos, el aprendizaje de los cuerpos, de la literatura chilena y universal, y las imágenes de la campiña y de los seres y amigos que la pueblan animan un relato que se extendía desde finales de los años 30 hasta el golpe de Pinochet. El personaje principal es Santiago Warni, nueva máscara con mismo apellido, cuyas vivencias se reparten entre el pacífico remanso de los valles centrales de Chile y la brutalidad del mundo varonil adolescente, incluyendo violaciones grupales contra los débiles y afeminados, quienes son personajes positivos en ese sutil infierno. El primer tomo se llamará Epifanía de una sombra, y abarca su infancia y su adolescencia. El segundo, La costumbre de la luz, trataría de sus años de adultez, y el último, De negro al negro, sobre su entrada a la tercera edad.

Son años de estrecheces económicas, que pasará junto a Francesc García Cardona, poeta medio clandestino y compañero fiel durante dos décadas, en su cavernosa residencia de Calaceite, pueblo de Aragón. Wacquez se desvivía por el lujo y por mostrar con finas prendas su esbelta figura de príncipe, pero su vocación laboral no era precisamente sólida como para soportar esas veleidades. Él y García Cardona comían gracias a traducciones mal pagadas, pero se las cobraba cuando era invitado a un festival literario: bebía y cenaba como un rey en los hoteles donde se alojaba, dejando abultadas cuentas que mandaban a la quiebra a los organizadores de los eventos.

Aunque las deudas se acumulaban, Wacquez no cejó nunca en el empeño de terminar su trilogía. En los 80 se dedicó todas las mañanas a escribir fragmentos dispersos que guardaba en desorden dentro de un baúl. Es en los 90 cuando, contando con tan ingente material, se dedicó a trabajar el primer tomo de manera más orgánica. Todo parecía llegar a buen puerto, pero a mediados de esa década la pareja descubre que es portadora del sida. El mal se manifestará furioso y sin piedad. García Cardona redacta en una computadora el manuscrito entero de la primera parte, pero Wacquez está débil como para completar la segunda, de la que solo queda un borrador muy inicial. Sus últimos meses serán tristes y dolorosos. Wacquez sufrió un derrame cerebral que le impedía hablar de manera clara; García Cardona tenía los pies tan llagados que no le era posible caminar.

Morirán con un día de diferencia en setiembre del 2000. Pocos días después Epifanía de una sombra es publicada en Chile y gana el Premio Nacional de Novela. Wacquez soñaba con presentarla en la Feria del Libro de Santiago y de esa manera reencontrarse con la patria que no encaraba desde hacía 30 años. Lo hizo, por lo menos con su obra: un monumento extraño, bello y soberbio escondido en una calle por donde casi nadie pasa■


José Carlos Yrigoyen (Lima, 1976). Poeta, narrador y crítico literario. Es autor de los poemarios El libro de las moscas, El libro de las señales, Horoskop, Los días y las noches de José Carlos Yrigoyen; y de las novelas Pequeña novela con cenizas y Orgullosamente solos.

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