Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

ESCRIBIR CONTRA LA DESAPARICIÓN

Vilas, antes y después de Ordesa

Por Emilie Kesch


«Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber cuánto hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición. Todo hombre acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay seres humanos que pueden soportarlo, yo nunca lo soportaré». El primer párrafo de Ordesa, la penúltima entrega de Manuel Vilas (Barbastro, 1962), es un martillazo en el cráneo, pero también una introducción a lo que será el resto de la novela: un mecanismo de defensa del narrador contra el olvido, el registro obsesivo de un hombre que después de la muerte de su madre y un divorcio, se encuentra de frente con una certeza biológica, sabida desde siempre, pero incómoda de mirar a los ojos: que tarde o temprano estaremos solos.

Pero Vilas no solo planta cara, sino que acoge esas verdades lacerantes como parte de su vida cotidiana. Hace cuentas, expía culpas y, en el proceso, se transforma en un detective de su pasado familiar. Sigue el rastro de tragedias que ocurrieron antes de que él ocupara un lugar en el mundo como si quisiera detectar el punto donde todavía prevalece su onda expansiva o, por lo menos, una coincidencia con el hombre que es ahora. La novela, a ratos, parece decirnos que somos la suma de todos nuestros muertos.

Vista desde fuera, Ordesa se ha convertido en un propulsor a reacción para el escritor. Antes del libro, la fama de Manuel Vilas se limitaba a determinados círculos. En el 2014 ganó el Premio Generación del 27 con el poemario El hundimiento, y un año antes, le dieron el primer Premio Antonio Machado de poesía por su poema «Creo». Aunque ya había escrito cuentos y novelas, se le identificaba sobre todo como poeta. Al grano: en España lo conocían, pero en la mayoría de Hispanoamérica ni por asomo. O casi.

Ahora mismo, la novela ya ha superado los cien mil ejemplares vendidos, se ha traducido a 14 idiomas, incluyendo el árabe. En Francia quedó finalista del Médicis y ganó el Fémina Étranger; en Italia ya la editaron siete veces y en Portugal, el mismísimo presidente Marcelo Rebelo de Sousa la ha recomendado públicamente. Ordesa ha mandado de gira al autor por París, Berlín, Zúrich, Roma, Lisboa, Guadalajara, Bogotá o Arequipa, y por más de una decena de ciudades españolas. Y como efecto secundario le ha impulsado a escribir Alegría, desde un cuaderno o en un procesador de textos, en decenas de habitaciones de hotel, entre un aeropuerto y otro, al borde del Mediterráneo y también cruzando el Atlántico. Esa, su última novela, quedó segunda en el Premio Planeta de este año. En este momento aparece entre los cinco libros más leídos en España.

Autoficción y autobiografía

En 2015 Visor de Poesía publicó El hundimiento, un libro evidentemente autobiográfico que, incluso, podría definirse como un preámbulo a las últimas dos novelas de Vilas. Basta con leer «1980», el primer poema, que además aparece en el epílogo de Ordesa: «Me miro todas las mañanas, aún es de noche/ bajo la luz eléctrica,/ en el espejo del miserable cuarto de baño,/ ya con cincuenta y un años mal cumplidos y bien solo,/ y te veo a ti/ con la misma edad/en el invierno de 1980./ Te veo a las siete de la mañana cargando tus maletas/ y los muestrarios en el maletero de tu Seat 1430./ Tal vez mi coche sea mejor que el tuyo./ La industria automovilística occidental oferta/ a la clase baja algún modelo con sexta marcha/ e incluso con aire acondicionado./ El salario, sin embargo, es el mismo./ El país, sin embargo, también es el mismo (…)». El recuerdo del padre, la España costumbrista contrapuesta a la contemporánea, ambas hostiles con las clases bajas, la pobreza y la soledad: temas recurrentes en lo más nuevo de Vilas. Y otros, como la muerte de la madre («El hundimiento», «Acapulco»), sus llamadas obsesivas («974310439»), el alcoholismo («Los nadadores nocturnos», «Baudelaire y el mal», «Daddy») y la muerte («After the show»). El tono, por otro lado, parece ser un ensayo de su penúltima novela: resignado, nostálgico, a veces rabioso y desgarrado.

Un año después, el 2016, el autor publicó Lou Reed era español, un libro sobre Lou Reed, claro, y, en específico, sus giras por España. Pero también es la historia de un adolescente que persigue esa voz —desde ahora, Voz, con mayúscula— a lo largo de su país siempre que esta decide presentarse. Y a la vez, el recuento de la transformación de ese país entre los años setenta hasta los dos miles; desde la dictadura franquista, los viejos buses con sus extintas estaciones interprovinciales y los Seats de la época, hasta la democracia, el AVE, las autopistas y los Nissan Primera 1.6 SLX. «Parecía como uno de esos viajes mitológicos, como si fuese a la búsqueda del Santo Grial. Se da cuenta, con quince años, de que Lou Reed lo está haciendo viajar por una geografía delirante, una geografía polvorienta, rural» (p. 15). El muchacho de 15 años es, claro, una versión del propio Vilas.

En la novela el adolescente crece, conoce casi toda España, también otros países, se hace escritor, se convierte en un hombre adulto. Lo que no cambia es su persecución de la Voz, invocándola desde un cedé en el reproductor de su auto o vía Spotify, manejando hasta Murcia para escucharla en un palacio de deportes, regresando a las ciudades donde alguna vez —usualmente en plazas de toros y estadios— decidió manifestarse. Sin embargo, la presencia del hombre no es permanente, sino que ocurre en capítulos intermitentes, algunos autobiográficos y otros inventados. Vilas-personaje es, a lo mucho, un hilo conductor y poco más.

El libro, por otro lado, rompe con cualquier registro. No solo ficciona conversaciones de Lou Reed con John Cale, sus exnovias o con un vendedor de drogas que le muestra a Goya en El Prado, sino que propone una discusión entre el fantasma de la Voz y sus fanáticos españoles muertos por sobredosis. España, sea a través de sus jóvenes difuntos o por sí misma, le pide reconocimiento, que la guarde en sus recuerdos y, de ser posible, que la ame. La ficción llega a su límite cuando, el 27 de octubre de 2513, el espíritu de Lou Reed y de España acaban tocándose a través de la oscuridad y confesándose mutuamente su amor en la noche del final de los tiempos.

En una entrevista para el ABC, la periodista Inés Martín Rodrigo le pregunta a Manuel Vilas si puede usar el término autoficción para describir Ordesa. Su respuesta es contundente: «No, no es autoficción. He hecho autoficción en otros libros, pero ahora no me interesa para nada». Luego el escritor profundiza un poco más: «Esto es un libro autobiográfico, lo que pasa es que tiene la arquitectura de una novela. Está en la línea de un libro de memorias, sobre mi pasado». El lugar que ocupa Lou Reed en Lou Reed era español es proporcional al lugar de los padres del autor en Ordesa. La diferencia: en el último caso la verdad se impone por encima de cualquier licencia literaria. Lo que se mantiene: ambas novelas presentan como protagonistas a personajes de la Historia de la Música —sí, también en mayúsculas.

Música y España

Bach es el padre y Wagner es la madre, Vivaldi y Brahms son los hijos, Monteverdi, el tío materno que persiguió al autor con un cuchillo en la mano, María Callas, la tía materna que acogió al pariente del cuchillo en su casa, Rachmaninov es el hermano del padre que se separó de su mujer, cambió su Simca 1200 por un Chrysler 180 y se hizo alcohólico. Emparentados entre sí por la sangre, unos más desesperados y delirantes que otros, algunos pocos sensatos, todos perdidos en el anonimato de la clase media baja española, pero rebautizados con nombres de compositores como una manera de dignificarlos. Wagner apenas acabó la secundaria, Bach viajaba vendiendo telas por las provincias de España, Monteverdi perdió un pulmón por la tuberculosis, el abuelo materno —sin nombre en la Historia de la Música— se mató de un disparo cuando su hijo primogénito murió en un accidente de tráfico. La historia de una familia corriente con sus propias tragedias. Una familia como cualquier otra. Una familia que se comporta como el espejo de todo un estrato social al filo entre la pobreza y un giro de suerte.

Y España, siempre de fondo. En Lou Reed era español como un país en transición, entre Francisco Franco, Juan Carlos I y Adolfo Suarez; en Ordesa con su clase trabajadora, sus reyes retratados por Goya y Velásquez, sus profesores mal pagados, su pésima gestión, sus hijos de obreros delincuentes y su desesperanza masiva, convertida en sentimiento nacional: «No había manera de hacer dinero. Y eso creo que es hereditario. Yo también soy pobre. No tengo donde caerme muerto, lo bueno es que ahora nadie tiene donde caerse muerto» (p. 144). Una España que en Alegría cambia notoriamente: a la injusticia social del capitalismo y la corrupción de la clase política, se le imponen los trenes de alta velocidad, las playas y los repartidores de Glovo.

Los padres y sus otros muertos

Manuel Vilas comenzó Ordesa a fines del 2014. Su madre acababa de morir y, aunque ya había incinerado a su padre hacía años, la conciencia de una orfandad integral le estalló en la cara. Su madre, además, murió sin saber que fue la responsable de su divorcio. Ni siquiera supo que Vilas estaba divorciándose. Tampoco que él empezaría a escribir una carta para ella y su esposo. Una carta de casi 400 páginas.

En Ordesa el narrador renuncia al mundo de los vivos para empezar una larga conversación con sus propios muertos. Necesita encerrarse para abrirle la puerta a sus padres. También para dedicarse por entero a una tarea imposible: llenar los espacios en blanco cuando los únicos que podían llenarlos ya se han ido. Sus recursos son modestos, unas cuantas fotografías y su memoria. A eso se le suma su imaginación: propone hipótesis, convive con sus fantasmas, los observa en la sala de su departamento de divorciado, en el baño, permite que lo despierten de madrugada. Los deja entrar porque requiere de ellos en su vida. Porque no importa si tiene más de 50 años, sigue necesitando a sus padres.

El narrador es directo, a veces desgarrado, otras ácido y tragicómico. No da espacio a la piedad consigo mismo, tampoco a la autocomplacencia. Se transforma en un escaner de rayos X de su árbol genealógico más próximo. No disimula los defectos porque su intención es llegar hasta el fondo. Encontrar la verdad: esa mezcla de escándalos, horrores, silencios, belleza y sacrificio que caracteriza a todas las familias del mundo. Poco a poco da con ciertas pistas: la ansiedad y las obsesiones de su madre son su herencia inexorable. Lo mismo con la distancia y la incapacidad para el calor humano. Pero también lo son la bondad, la humanidad y la elegancia de las camisas blancas de su padre.

En agosto de 2017 Manuel Vilas corrige la última versión de la novela en Iowa City. «Quité muchos pasajes. Los escritores al final se miden por los aciertos a la hora de quitar páginas de sus libros. En saber lo que sobra reside la habilidad más importante de este oficio», escribe el escritor para Zenda. En la novela las frases de remate abundan, su estilo remite a la poesía. La historia de los padres y la familia avanza poco a poco, destapándose de manera progresiva. El presente del narrador solo se manifiesta en función al pasado.

Ordesa es un homenaje a la memoria de los suyos, pero también una lucha contra su desaparición. La estrategia es convertirlos en personajes de un libro. Patentar sus existencias, dejarlas por escrito. El resultado: una narración desgarradora y universal. Un análisis a profundidad de nuestro destino inapelable como huérfanos. Y de las fuerzas internas que nos unen como familia.

Ordesa y Alegría

Mientras en Ordesa los padres del narrador son invocados desde un departamento de divorciado, en Alegría se pasean por Cartagena, las faldas del Misti o la noche inundada de Venecia. La novela también cambia de tono: la desolación es doblegada por una mirada más reflexiva, serena y a veces hasta plena. Vilas no se encierra en el pasado porque su búsqueda ahora ocurre en el presente. En aeropuertos, playas, ríos, canales y montañas, desde donde rescata la belleza de su familia para contemplarla y, de ser posible, convertirla en Alegría.

En el otro extremo, pelea contra su ansiedad. Cambia obsesivamente de habitaciones de hotel, necesita de una temperatura perfecta y un silencio absoluto, advierte que la causa de su angustia es transformar el espacio temporal en una mímesis, lo más cercana posible, de su primera infancia. Al antagonista de esa lucha interna le llama —no podría ser de otra forma— Arnold Schönberg. Sublima su depresión, la convierte en otro personaje de la Historia de la Música y la silencia con ansiolíticos. Es decir, la mantiene a raya.

Para muchos —basta con revisar la prensa española—, Alegría es una especie de Ordesa 2. Podría serlo si acordamos que el tema continúa siendo el mismo; sin embargo, la segunda novela se muestra, en realidad, como un registro de las consecuencias de la primera. El hilo conductor ya no es la historia familiar sino el recorrido del narrador alrededor del mundo. Vilas, en sus giras, es abordado por hombres y mujeres que conocieron a sus padres y que llegan a él empujados por la onda expansiva de su libro. Escucha sus testimonios, indaga en sus percepciones y se esfuerza por detectar la veracidad de lo que dicen. Pero también se encuentra con personas de su propio pasado o recuerdos de su juventud y, al igual que en la novela anterior, da testimonio sobre ellos. Los consigna en páginas como prueba de que existieron. Sea una amiga de la adolescencia, el cura que le enseñó latín, el padre de ese cura o su perro. Vilas-personaje es, ahora sí, el protagonista.

El papel de los padres, por defecto, se modifica. Por un lado, son su escala de aprobación: el narrador se cuestiona sobre cuáles serían sus posturas frente a un libro que cuenta sus historias, y también los busca en medio de la incertidumbre que provocan las compras del supermercado o la elección de un modelo de zapatos. Pero, en esencia, se manifiestan a manera de un tributo, alegre y sin remordimientos, de lo que dejaron tras sus vidas. Si Ordesa es un diario desgarrado, Alegría es una postal nostálgica, pero cargada de dulzura.

Y, por supuesto, están los hijos. Ya no rodeados por la culpa del divorcio ni el temor a una distancia, casi biológica, que podría repetirse inexorablemente, sino como parte fundamental de la postal: el presente y el futuro, el resultado de un árbol genealógico bello a pesar del caos, o bello por eso mismo, y de igual modo que al final de un largo viaje, especialmente porque de eso se trata, como los destinatarios de una promesa de permanencia■

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