Segunda temporada ■ Número 18 ■ Primavera del 2019

ESCRIBIR AL PASADO, LEER EL MAÑANA

Carta al teniente Shogún ■ Lurgio Gavilán (Lima, 1972) ■ Planeta (2019) ■ 229 páginas

Por Karina Pacheco

Foto: Difusión

Memoria. ¿Dónde empieza una historia? Más complejo: ¿dónde cuando no es ficción lo que se relata? ¿Cuál es el nudo central de una carta dirigida a alguien que quizá la espera desde siempre, o intenta por todos los medios esquivarla? ¿Cómo desentrañar en pocas palabras su contenido? El recurso cronológico podría ser válido, pero insulso sin el retorno al nudo: «¿Por qué no me mataste?».

Esa pregunta recorre este libro que, más que una carta dirigida al militar destinatario, aparece como una interpelación al país que venimos construyendo en blanco y negro, de buenos y malos, sin matices, sobre un campo de muertos. De cuerpos despedazados y memorias heridas. De terroristas y supuestos patriotas. O estás conmigo o estás contra mí.

Podríamos empezar por el largo camino a pie de una familia desde la sierra a la ceja de selva ayacuchana que lleva el nombre del mar. La Mar. Hay un padre que a la orilla de un río lava los pies de sus hijos. Hay una madre que durante dos días sale a buscar una ternera perdida y regresa con las manos vacías. Hay un niño que sin saber todo lo que le aguarda, está registrando cada detalle. Es el autor de esta carta. Hay un hermano mayor que es su gran compañero. Afuera ha estallado una guerra, aunque en gran parte del país nadie pueda aún comprender su magnitud. Sus propiciadores enuncian justicia con cuchillos y dinamita. El hermano desaparece siguiendo esos ecos. El más chico lo sigue, se hace parte de esa guerra. En ese camino encuentra a otros muchachos como él. Esos niños llevan y usan armas, y repiten proclamas, y por la noche duermen en cuevas y cuecen habas.

En medio de un asalto, un joven teniente ordena a sus soldados detener sus balas frente a ese «terruquito», el único sobreviviente. ¿Quién salva a quién? En ese sengundo se libra el enclenque senderista, pero puede que también ese teniente, Shogún. En Anatomía de un instante y en Soldados de Salamina, Javier Cercas se centra precisamente en diseccionar los instantes en los que los protagonistas de la historia, de repente, saltan por encima del rumbo natural —cruel— de una contienda. Al hacerlo, protegen algo más que su dignidad o la vida del enemigo. ¿Nos salvan como humanidad?

Los jóvenes soldados eran entrenados jugando fútbol con las cabezas de los terroristas o poniéndolos a dormir con una de sus piernas o un brazo. Olvidamos los peruanos que el costo de la paz en nuestras ciudades lo pagaron otros con sus insomnios, con sus memorias heridas. Eso nunca lo cuenta la historia oficial de buenos y malos. Solo puede venir de un testimonio, de una carta, de alguien que se disecciona a sí mismo para recordar y hacerse preguntas por la posibilidad de aquel instante.

Quizá Shogún sí ha estado aguardando esa carta desde siempre. Quizá es el país que somos nosotros el que la rehúye. Pero tarde o temprano, este será un mensaje ineludible■


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