Segunda temporada ■ Número 18 ■ Primavera del 2019

ENFERMEDAD, ESCAPE Y LABERINTO

La crisis política y social en tres novelas venezolanas del siglo XXI

Por Luis Yslas Prado


«¿No es la literatura ese país distinto al que se acude cuando la soledad de la historia hace casi inexistente ese otro donde se nace?»

Elisa Lerner

Noventa años después de la publicación de Doña Bárbara (1929), Venezuela es un territorio sin ley donde los fatales linderos de la barbarie, lejos de desaparecer como en la novela de Rómulo Gallegos, siguen impidiendo el desarrollo de la civilidad.

Con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 volvió a materializarse, por voluntad popular, el fantasma del caudillismo militar bajo la figura del revolucionario bolivariano. El saldo hasta la fecha ha sido la destrucción del aparato productivo nacional; el saqueo de las reservas petroleras y del arco minero; la intervención del ejército y los organismos oficiales por agentes de inteligencia foráneos; el secuestro de la ciudadanía, las entidades financieras, los medios de comunicación y las instituciones republicanas; la corrupción, la escasez, el hambre, la represión, la tortura y el asesinato como políticas de Estado; y la estampida migratoria más grande en la historia del país. Venezuela es hoy una nación en ruinas que no termina de hallar el camino hacia la civilización.

Aunque debilitado y dividido, el proyecto chavista sigue en pie y, luego de la muerte de su líder el 2013, el deterioro en todos los ámbitos de la vida social no ha dejado de esparcirse como una calculada epidemia. Varios novelistas venezolanos ―muchos de ellos fuera de su país― han hecho de ese drama nacional el eje neurálgico de sus obras. Se trata de narrativas que diseñan, desde enfoques y procedimientos diversos, una suerte de desmontaje de la historia uniforme y personalista que el chavismo pretendió instaurar como dogma político desde su origen.

De ese corpus narrativo quisiera comentar tres novelas que asumieron el desafío de recrear y pensar la encrucijada venezolana de estos últimos años. Las elijo además porque, hasta la fecha, son las que han tenido una mayor proyección y distribución global y, por ende, más asequibilidad entre los lectores: Patria o muerte (Tusquets, 2015), de Alberto Barrera Tyszka, ganadora del Premio Tusquets de Novela; La hija de la española (Lumen, 2019), de Karina Sainz Borgo, traducida este año a 15 idiomas y distribuida en más de 20 países; y The Night (Alfaguara, 2016), de Rodrigo Blanco Calderón, merecedora del Premio de la Crítica en Venezuela, del Rive Gauche en Francia y del III Premio de la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa 2019.

 

Fotos: Penguin Random House

Patria o muerte: la enfermedad silenciada

La primera edición de la biografía Hugo Chávez sin uniforme (Debate, 2004), escrita por Alberto Barrera Tyszka y Cristina Marcano, se publicó nueve años antes de la muerte del presidente venezolano. Con Patria o muerte, Barrera Tyszka pareciera cerrar aquella historia personal que es también la historia de un país intoxicado de fanatismo político.

Pero si los primeros años del líder chavista se prestaban para el tradicional relato biográfico, los últimos, más dados al espectáculo verboso y mesiánico, acaso calzaban mejor en la horma de la ficción. A ese perfil sostenido en el populismo y la ambición de poder se sumaba, como otro atributo propicio para lo novelesco, el clima de «ambigüedad y silencio» que arropó a Venezuela durante la enfermedad de Chávez desde 2011 hasta 2013: el arco temporal de Patria o muerte.

Apegada a un entramado lineal y encauzada en una prosa pulida donde de pronto irrumpe el brillo de una sentencia o una metáfora, la novela recompone los capítulos finales de esa telenovela política que fue la vida y muerte de Hugo Chávez: épica de la soberbia cuya consigna, «patria o muerte», devino en patología colectiva y destino trágico. Sin embargo, Barrera Tyszka elige situar los efectos de la enfermedad presidencial en las vidas de unos seres distantes de las esferas del poder. Habituados a su voz omnipresente ―trasunto del pensamiento uniformado―, estos personajes descubren con alarma que el hombre que hizo de «su lengua: su gobierno» (p. 113) no solo acaba de enfermarse: también ha enmudecido hasta desaparecer. El poderoso blackout informativo contribuye a sembrar en el país una inmensa sensación de vacío. Alrededor de ese vacío Barrera Tyszka compone unas vidas engranadas en un mismo desconcierto nacional.

En las cinco historias entrelazadas de la novela ―el oncólogo que oculta una misteriosa caja proveniente de La Habana; la estadounidense encandilada con el carisma presidencial; la mujer que contrata a unas invasoras para desalojar a los inquilinos de su casa; el periodista que intenta escribir sobre la enfermedad de Chávez; y los niños que se enamoran por internet en la soledad de sus cuartos―, los personajes se revelan como seres rotos, recelosos y contaminados por la pandemia política. Cada cual, a su manera, comparte un mismo paisaje: el paisaje del encierro. Hospitales. Apartamentos. Habitaciones. Puertas. Cajas. Espacios recurrentes en una novela que fragmenta la escenografía caraqueña en múltiples compartimientos del miedo.

Patria o muerte muestra la vida íntima de un país desorientado ante la ausencia presidencial mientras la agonía de Hugo Chávez permanece oculta en una caja de habanos cubanos. Y como colofón abierto, la imagen de dos niños en fuga que se adentran en una de las ciudades más peligrosas del mundo: los huérfanos de la revolución.

 

Fotos: Penguin Random House

La hija de la española: historia de un escape

Si Patria o muerte deja abiertas dos interrogantes sobre el porvenir venezolano ―«¿qué vamos a hacer? ¿Adónde vamos a ir?» (p. 246)―, La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, parece responder con la alternativa de la fuga: lo que resta por hacer es irse del país.

Aunque en la novela de Sainz Borgo no se citan nombres de figuras políticas, los hechos narrados permiten establecer semejanzas con la Venezuela post-Chávez: una nación donde la rutina de muchos, como señala la narradora, se limita a «salir a cazar y regresar vivo» (p. 20), y «los días se parecían más a la intendencia de una guerra que a la vida: algodón, gasas, medicamentos, camas sucias, bisturís sin filo, papel higiénico. Comer o curarse, nada más (…) Los que vivían luchaban a dentelladas por las sobras» (p. 65). La angustia de la supervivencia asumida como cotidianidad.

Contada desde la voz de Adelaida Falcón, en cuyo estilo se entreveran la sencillez, el lirismo y la crudeza, el hilo de la historia transcurre sin mayores desvíos de tiempo y espacio que los provocados por la nostalgia. Evocación de un pasado familiar en Ocumare de la Costa donde la apariencia de una apacible normalidad contrasta con la descarnada descripción de una Caracas hostil y empobrecida.

Poco después de la muerte de su madre, la casa de Adelaida es invadida por un grupo de mujeres partidarias de la revolución. Con la casa tomada, el personaje decide buscar ayuda donde su vecina, la solitaria Aurora Peralta, conocida como «la hija de la española». Pero al ingresar a su apartamento, Adelaida descubre el cadáver de Aurora tendido en el piso y, sobre la mesa del salón, una solicitud del consulado español para tramitar el pasaporte europeo. En una escena no exenta de impiedad, acaso para remarcar el reblandecimiento de los escrúpulos en tiempos de barbarie, Adelaida se deshace del cuerpo de su vecina incinerándolo en una fogata durante una protesta callejera. Poco después tomará la determinación de apropiarse del dinero y de la documentación de Aurora como salvoconducto para escapar de Venezuela.

Adelaida pierde en pocos días todo lo que parecía atarla a su tierra: la madre, la casa, la identidad. Enfrentada a una realidad apocalíptica donde los opuestos, pese a su compleja dialéctica, son vistos como extremos irreconciliables, el personaje se aferra a la renuncia que le facilita el azar. Renuncia que tal vez sea un modo de revelar o potenciar su verdadera naturaleza.

Nadie escapa totalmente de sí mismo ni de su entorno parece sugerir la novela de Sainz Borgo. Su protagonista termina por reproducir en la forma de su huida parte de la inclemencia de la que desea desligarse. «Sobrevivir ―admite Adelaida Falcón― es parte del horror que viaja con quien escapa» (p. 216).

 

Fotos: Penguin Random House

The Night: autopsia de un laberinto

En The Night, de Rodrigo Blanco Calderón, la arquitectura especular y polifónica se sugiere desde las primeras imágenes: «Al principio fue un largo, inesperado, apagón de cinco horas (…) la ciudad sintió el estupor de ser cueva y laberinto» (p. 13). El lector queda advertido: la historia ha sido diseñada como un sombrío escenario repleto de pasadizos donde la literatura, la lingüística, el rock, las artes plásticas, la historia y la psiquiatría se articulan simétrica e intertextualmente. Se trata de una mirada literaria sobre la oscuridad física y metafísica del país, la cual parece presentir, como dice uno de los personajes, «que todo el mal del mundo empieza en ellas. En las palabras» (p. 19).

Ambientada durante una de las crisis energéticas del año 2010 en Venezuela, la novela evita reproducir anecdóticamente ese periodo y se ocupa en desplegar más bien un sendero de delirios que se bifurcan. Un psiquiatra forense, un escritor fracasado y un publicista neurótico se encargan de activar las múltiples historias que se desplazan como islotes de una memoria que es, a un tiempo, venezolana y universal, imaginaria e histórica.

The Night puede ser leída como una obra sobre la violencia política; como un relato gótico sobre el mal, la locura y los sueños; como una historia de amores enfermizos; como una recreación de casos de feminicidio; como una reflexión sobre un país enloquecido (y abusado) por sus propios psiquiatras; como un retrato de cierta izquierda venezolana de los sesenta cuya utopía devino en monstruosidad en el siglo XXI; como un puzzle metaliterario; o como una biografía novelada del palindromista caraqueño Darío Lancini, quien eligió el retiro del silencio al advertir los peligros a los que puede conducir, en manos inapropiadas, el fascinante juego de las palabras.

Fiel a una poética ya presente en sus cuentos, Blanco Calderón desarrolla con mayor amplitud en este libro la certidumbre, heredada de sus maestros ―Borges, Piglia, Bolaño―, de que el lenguaje es una materia ordenadora y, a la vez, desordenadora de la ficción y del mundo. La palabra como una moneda lanzada al aire en cuyos giros se juega el destino ético y estético de los personajes.

Si bien The Night cifra un laberinto, no pretende descifrarlo. El artefacto novelesco ha sido construido para que el lector se pierda, o más bien, para que desee perderse, acaso porque en el extravío anida también un remanente de saber. Como en la imagen de Tetris referida en el epílogo, las múltiples líneas narrativas interpoladas en la trama adoptan esa dinámica de aparición, construcción y desaparición similar a la del videojuego. El país figurado ya no como «una tierra abierta y tendida (…) toda horizontes como la esperanza, toda caminos como la voluntad» ―según el imaginario galleguiano―, sino como una sucesión de intrincados caminos que se disuelven en el acto de intentar atrapar el inasible sentido que los constituye■


Luis Yslas Prado (El Callao, 1972). Es escritor, editor y profesor de literatura. A los siete años migró con su familia a Venezuela. Ha publicado A la brevedad posible.

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