Segunda temporada ■ Número 18 ■ Primavera del 2019

EL OCÉANO LLENO DE BOLAS DE BOWLING

(Traducción de Guillermo Niño de Guzmán)

Por J. D. Salinger


Sus zapatos se curvaban hacia arriba. Mi madre solía decirle a mi padre que los zapatos que le compraba eran demasiado grandes para él, o que hiciera el favor de preguntarle a alguien si sus pies se habían deformado. Pero yo creo que sus zapatos se curvaban porque siempre estaba en el campo, yendo y viniendo con sus 34 o 36 kilos, observando cosas y tanteándolas con la punta de los pies. Hasta sus mocasines se arqueaban.

Tenía el cabello lacio y pelirrojo, por mi madre, de un tono similar al de un centavo nuevo, que peinaba sin humedecerlo y con raya a la izquierda. Nunca se ponía gorra y podías reconocerlo a grandes distancias. Una tarde en el club, cuando empezaba una partida de golf con Helen Beebers, justo mientras hundía el soporte con la pelota en el terreno duro, bajo las reglas invernales, y me situaba en la posición correcta, tuve la certeza de que si me daba la vuelta vería a Kenneth. Sin dudarlo, me volví. A unos 50 metros, más o menos, detrás del alto cerco de alambre, se encontraba él. Estaba montado sobre su bicicleta y nos miraba.

Usaba un guante para zurdos de primera base. En el reverso de los dedos del guante había copiado versos de poemas con tinta hindú. Decía que le gustaba leerlos cuando no estaba bateando o cuando no ocurría nada especial en el campo de juego. Hacia sus 11 años ya había leído toda la poesía que teníamos en la casa. Le gustaba Blake y más Keats, así como algo de Coleridge, pero no llegué a saber hasta un año atrás —y eso que acostumbraba leer lo que había escrito en su guante— cuál había sido su última y cuidadosa anotación. Cuando todavía me encontraba en Fort Dix me llegó una carta de mi hermano Holden, quien por entonces no estaba en el Ejército, donde me contaba que, al rebuscar en el garaje, había hallado el guante de Kenneth. Holden decía que en pulgar de este había una inscripción que no había visto y se preguntaba qué cosa era, por lo que me copiaba los versos. Pertenecían a Browning: «Odiaría que la muerte vende mis ojos, que atenta me hiciera pasar arrastrándome». No eran, pues, versos graciosos los que citaba un chico que padecía la más grave de las dolencias cardíacas.

Él estaba loco por el béisbol. Cuando no conseguía organizar un partido y yo no andaba por ahí para batearle sus lanzamientos, se pasaba horas arrojando una pelota al techo del garaje y atrapándola cuando rodaba por la pendiente. Sabía las estadísticas de cada uno de los jugadores de las grandes ligas, pero no iba a ninguno de los partidos conmigo. Solo me acompañó en una ocasión, cuando tenía unos ocho años, y había visto a Lou Gehrig quedar eliminado dos veces. Me dijo que no quería volver a ver que alguien realmente bueno fuera eliminado.
—Regreso a la literatura. No puedo mantener esto bajo control.

Le importaba la prosa tanto como la poesía, sobre todo la ficción. Solía venir a mi habitación a cualquier hora del día y coger uno de mis libros de la estantería y llevárselo a la suya o al porche. Raramente me fijaba en lo que leía. En aquellos días yo intentaba escribir. Un trabajo muy duro. Un trabajo opaco. Pero de vez en cuando ponía atención. En una oportunidad vi que se llevaba Suave es la noche de F. Scott Fitzgerald. En otra ocasión me preguntó sobre qué trataba El viaje inocente de Richard Hughes. Se lo dije y lo leyó, pero lo único que diría acerca de este, cuando inquirí después, fue que el terremoto estaba bien, así como el compañero de color del comienzo. Otro día tomó de mi habitación Otra vuelta de tuerca de Henry James. Cuando terminó de leerlo, durante una semana no le habló a nadie en la casa.

* * *

Me está yendo bien.

No obstante, puedo recordar cada detalle de aquel sábado ingrato y espantoso de julio.

Mis padres estaban cantando en el teatro de verano, en la primera matiné de Vive como quieras. En las producciones teatrales de repertorio de la temporada estival había dos actores muy irritables, lacrimógenos, y mis hermanos menores y yo rara vez íbamos a verlos. Mi madre era especialmente anodina en las funciones de verano. Al verla, aun en una tarde buena, Kenneth solía encogerse en su asiento hasta casi rozar el suelo.

Ese sábado yo había estado trabajando en mi habitación toda la mañana e incluso había almorzado allí y no había bajado hasta la tarde. Alrededor de las tres y media salí al porche y el aire de Cape Cod me mareó un poco, pues olía como si hubieran estado cocinando algo demasiado fuerte. Pero un minuto después daba la impresión de ser un día muy bonito. El sol había calentado todo el césped. Miré en busca de Kenneth y lo vi sentado en una silla de mimbre resquebrajado, leyendo, con los pies recogidos debajo de él, de tal manera que apoyaba su peso sobre sus empeines. Leía con la boca abierta y no me oyó atravesar el porche y sentarme sobre la baranda frente a él.

Pateé su silla con la punta de mi zapato.

—Deja de leer, Mac —le dije—. Deja ese libro. Entretenme.

Estaba leyendo Fiesta de Hemingway.

Apartó el libro cuando le hablé, percatándose de mi estado de ánimo, y me miró sonriente. Era un caballero; un caballero de 12 años; fue un caballero toda su vida.

—Me siento solo allá arriba —le conté—. He elegido una profesión terrible. Si alguna vez escribo una novela creo que me uniré a un coro o algo por el estilo y correré a las reuniones entre capítulo y capítulo.

Me preguntó lo que él sabía que yo quería que me preguntara:

—Vincent, ¿de qué trata el nuevo cuento?

—Escúchame. No estoy bromeando, Kenneth. Es increíble. De veras —le dije, buscando convencernos a ambos—. Se llama «El jugador de bowling». Es sobre un tipo cuya esposa no le deja oír las peleas o los partidos de hockey por la radio en la noche. Ningún deporte. Demasiado ruidosos. Una mujer tremenda. Ni siquiera le permite leer novelas del Oeste. Es malo para su cabeza. Todas sus revistas de historias de vaqueros acaban en la basura.

Observé el rostro de Kenneth como lo hace un escritor.

—Todos los miércoles por la noche el tipo se va al bowling. Es su noche de juego. Después de comer, saca su bola especial de bowling de una repisa de su armario, la coloca dentro de una pequeña bolsa de lona redondeada, le da un beso de buenas noches a su mujer y sale. Así pasan ocho años. Finalmente, él muere. Cada lunes por la tarde su esposa visita el cementerio y pone unos gladiolos en su tumba. Un día ella va un miércoles en lugar de un lunes y encuentra unas violetas frescas sobre la tumba. No se le ocurre quién puede haberlas puesto. Interroga al anciano guardián y él dice: «Oh, es la misma dama que viene cada miércoles. Su esposa, supongo».

—¡Seguramente, Vincent! ¡Te creo! En serio, te creo — dijo Kenneth—. Pero si solo estás inventando, ¿por qué no haces algo que sea bueno? ¿Lo ves? Si tan solo inventaras algo bueno, a eso me refiero. Las cosas buenas suceden. Un montón de veces. Podrías estar escribiendo sobre cosas buenas.

«¿Su esposa?», grita la mujer. «¡Yo soy su esposa!» Sin embargo, el guardián es un tipo bastante sordo y no tiene mayor interés en el asunto. La mujer vuelve a su casa. Tarde en la noche sus vecinos oyen el estallido de vidrios que se rompen, pero continúan escuchando el juego de hockey en la radio. Por la mañana, rumbo a su oficina, un vecino ve que la casa de al lado tiene una ventana rota y que una bola de bowling, toda cubierta de rocío, reluce en el jardín delantero. ¿Qué tal te parece?

No me había quitado los ojos de encima mientras le contaba la historia.

—Ay, Vincent —dijo—. Ay, caramba.

—¿Cuál es el problema? Es un maldito buen cuento.

—Yo sé que vas a escribir un cuento genial. Pero, ¡caramba, Vincent!

—Este es el último cuento que te voy a leer, Caulfield —le dije—. ¿Qué problema hay con esta historia? Es una obra maestra. Estoy escribiendo una obra maestra tras otra. Nunca he leído tantas obras maestras de un solo autor.

Él sabía que bromeaba, pero solo me concedió media sonrisa porque sabía que estaba triste. Yo no quería medias sonrisas.
—¿Qué pasa con este cuento? —le dije—. Habla, canalla pelirrojo.

—Es una historia que quizá podría haber sucedido, Vincent. Pero tú no sabes que haya sucedido, ¿no? Quiero decir: la acabas de inventar, ¿o no?

—Claro que lo inventé. Ese tipo de cosas suceden, Kenneth.

—¡Seguramente, Vincent! ¡Te creo! En serio, te creo —dijo Kenneth—. Pero si solo estás inventando, ¿por qué no haces algo que sea bueno? ¿Lo ves? Si tan solo inventaras algo bueno, a eso me refiero. Las cosas buenas suceden. Un montón de veces. Podrías estar escribiendo sobre cosas buenas. Lo que quiero decir es que podrías escribir sobre buenos tipos y todo eso.
Me miró con sus ojos resplandecientes. Sí, resplandecientes. Los ojos del chico podían brillar.

—Kenneth —le dije, aunque sabía que me había barrido—, el tipo de la bola de bowling es un buen tipo. No tiene nada de malo. Solo que su esposa no es una buena persona.

—Claro, lo sé, pero ¡Vincent! Te estás vengando por él y todo el resto. ¿Quieres vengarte por su causa? Lo digo de verdad. Él está bien. Déjala a ella en paz. Hablo de la dama. Ella no sabe lo que está haciendo. Me refiero a la radio y las novelas de vaqueros y todo lo demás. Déjala en paz, ¿eh, Vincent? ¿De acuerdo?

No dije nada.

—No hagas que ella lance esa cosa por la ventana. La bola de bowling. Ey, ¿Vincent? ¿De acuerdo?

Asentí.

—De acuerdo —dije.

Me levanté y entré en la cocina y bebí una botella de ginger ale. Me había noqueado. Siempre me noqueaba. Luego me fui arriba y rompí el cuento.

Bajé y me senté de nuevo sobre la baranda del porche y lo observé mientras leía. Él alzo los ojos y me miró de golpe.

—Vamos en el auto a Lassiter’s a comer unas almejas al vapor —dijo.

—Bueno. ¿Quieres ponerte algún abrigo?

No llevaba más que una camiseta a rayas y el sol lo había quemado como solo puede quemar a los pelirrojos.

—No, estoy bien —Se puso de pie, dejando caer su libro sobre el asiento de mimbre—. Vamos, nomás. Ahora mismo.

* * *

Desenrollé las mangas de mi camisa y lo seguí a través del jardín. Me detuve en el borde de este y observé cómo sacaba mi auto del garaje. Cuando retrocedió hasta la entrada, me acerqué. Él se deslizó hacia la derecha mientras yo ocupaba el asiento del conductor y empezó a bajar la ventanilla (esta se había quedado cerrada desde mi cita con Helen Beebers la noche anterior, pues a ella no le gustaba que el viento hiciera volar su cabello). Entonces, Kenneth apretó el botón del tablero y la capota de lona, con la ayuda de un tirón por encima de mi cabeza, comenzó a replegarse hasta que finalmente se metió detrás del asiento.

Me aparté de la entrada y avancé por Caruck Boulevard y luego salí a Ocean. El trayecto hasta Lassiter’s era de unos 11 kilómetros. Al comienzo, ninguno de los dos dijo nada. El sol era espectacular. Ponía en evidencia mis manos pálidas, manchadas de tinta y con las uñas mordidas, pero se atenuó y asentó generosamente sobre el pelo de Kenneth, lo que parecía muy justo.

—Busca ahí en ese compartimiento, doctor —le dije—. Encontrarás un paquete de cigarrillos y un billete de 50 mil dólares. Estoy planeando enviar a Lassiter a la universidad. Alcánzame un cigarrillo.

Me dio el paquete y dijo:

—Vincent, deberías casarte con Helen. En serio. Se está volviendo loca de tanto esperar. No es tan brillante, pero eso es bueno. No vas a tener que discutir mucho con ella. Y no vas a herir sus sentimientos cuando seas sarcástico. La he estado observando. Nunca sabe de qué estás hablando. ¡Eso es bueno! Y sí que tiene unas piernas formidables.

—¡Sí, doctor!

—No. Te lo digo en serio, Vincent. Deberías casarte con ella. Una vez jugamos a las damas. ¿Sabes lo que hacía cuando coronaba a sus damas?

—¿Qué hacía?

—Las mantenía en la última fila para que nadie se las comiera. No quería recurrir a ellas para nada. ¡Vincent, esa clase de mujer es la mejor! ¿Y te acuerdas de esa vez que fui su caddy? ¿Sabes lo que hizo?

—Ella usa mis soportes de las pelotas y no los suyos.

—¿Conoces el quinto hoyo? ¿Aquel donde hay un gran árbol justo antes de que llegues al green? Pues ella me pidió que lanzara su pelota por encima del árbol. Me dijo que nunca consigue sobrepasarlo. Esa es la clase de mujer con la que uno quiere casarse. Tú no quieres perderla, Vincent.

—No voy a perderla.

Era como si estuviera hablando con un hombre que me doblara la edad.

—La perderás si dejas que tus cuentos te aniquilen. No te preocupes tanto por ellos. Vas a ser bueno. Vas a ser genial.

Seguimos adelante. Yo estaba muy feliz.

—Vincent.

—¿Qué?

—Cuando viste a Phoebe en su cuna, ¿no te volviste loco por ella? ¿No sientes como que también eres ella?

—Sí —dije, escuchándolo, sabiendo exactamente lo que quería expresar—. Sí.

—¿Estás loco por Holden también?

—Claro. Es un buen tipo.

—No seas tan reticente —dijo Kenneth.

—Está bien.

—Cuando amas a alguien, díselo a todos, y cuánto lo amas —dijo Kenneth.

—Está bien.

—Conduce más rápido, Vincent —dijo—. Aprieta de verdad esa cosa.

Le saqué al auto lo máximo que podía dar, hasta alcanzar unos 120 por hora.

—¡Buen chico! —dijo Kenneth.

* * *

En solo un par de minutos llegamos al tugurio de Lassiter. Era una hora de poca concurrencia y en el estacionamiento no había más que un auto, un De Soto sedán. Parecía cerrado y sofocante, pero no lo sentimos opresivo porque estábamos con buena onda. Ocupamos una de las mesas de afuera, en el porche cubierto de vidrio. Había un hombre gordo y calvo, con un polo amarillo, sentado en el otro extremo. Comía ostiones y tenía un periódico apoyado contra un salero. Se veía muy solitario y debía de ser el dueño del sedán grande y vacío que se calcinaba en el estacionamiento.

Mientras inclinaba mi silla hacia atrás, tratando de captar la atención de Lassiter a través del corredor por donde zumbaban las moscas y que llevaba al bar, el gordo alzó la voz.

—Oye, colorado, ¿dónde conseguiste esa peluca roja?

Kenneth se volvió para mirar al hombre y dijo:

—Un tipo me la regaló en la carretera.

Casi acabó con el individuo, que era calvo como una pera.

–—Conque un tipo te la regaló en la carretera, ¿eh? —dijo él—. ¿Crees que me podría dar una?

—Claro —dijo Kenneth—. Pero tienes que entregarle una tarjeta azul. Del año pasado. No acepta las de este año.

Eso realmente liquidó al sujeto.

—¿Hay que entregarle una tarjeta azul, eh? —preguntó, agitado.

—Sí. Del año pasado —le dijo Kenneth.

El hombre gordo se estremeció mientras retomaba su periódico. Después, nos miró con insistencia, como si hubiera acercado una silla a nuestra mesa.

Era una persona temeraria. Lo había visto, tarde en la noche, romper una botella de cerveza vacía contra la barra y cogerla por lo que quedaba del cuello y salir a la calle oscura, envuelta por el aire salino, en pos de un hombre del que meramente sospechaba que robaba tapas de radiador caras de los autos del estacionamiento.

Justo cuando iba a levantarme, Lassiter rodeó la esquina de la barra y me vio sentado allí. Alzó sus gruesas cejas como saludo y avanzó en mi dirección. Era una persona temeraria. Lo había visto, tarde en la noche, romper una botella de cerveza vacía contra la barra y cogerla por lo que quedaba del cuello y salir a la calle oscura, envuelta por el aire salino, en pos de un hombre del que meramente sospechaba que robaba tapas de radiador caras de los autos del estacionamiento. Ahora, al venir por el corredor, no pudo contenerse y me preguntó antes de llegar a la mesa:

—¿Está contigo tu hermano, el pelirrojo inteligente?

No podía detectar a Kenneth hasta encontrarse fuera, en el porche. Le hice una señal con la cabeza.

—¡Qué bien! —le dijo a Kenneth—. ¿Cómo te va, chico? No te visto mucho por aquí este verano.

—Estuve aquí la semana pasada. ¿Cómo está, señor Lassiter? ¿Ha tumbado a alguien últimamente?

Lassiter soltó una risita con la boca abierta.

—¿Qué vas a querer, chico? ¿Almejas al vapor? ¿Con un montón de salsa de mantequilla?

Cuando obtuvo la aprobación, se dispuso a ir a la cocina, pero se detuvo para preguntar:

—¿Dónde está tu hermano? ¿El loquito?

—Holden –lo identifiqué—. Se ha ido al campamento de verano. Está aprendiendo a desenvolverse solo.

—¿Ah, sí? —dijo Lassiter, interesado.

—No está loco —le aclaró Kenneth.

—¿No está loco? –dijo Lassiter—. Si no está loco, ¿entonces qué?

Kenneth se incorporó. Su cara parecía casi del color de su pelo.

—Larguémonos de aquí —me dijo—. Vámonos.

—Ey, espera un momento, chico —dijo Lassiter rápidamente—. Escucha, solo estoy bromeando. No está loco. No quise decir eso. Tan solo es travieso. Sé un buen chico. No dije que estaba loco. Sé un buen chico. Déjame que les traiga unas buenas almejas al vapor.

Kenneth me miró con los puños apretados, pero no le hice seña alguna, dejándolo todo en sus manos. Se sentó.

—Compórtese de acuerdo a su edad —le dijo a Lassiter—.Y deje de poner apodos a la gente.

—¡No seas grosero con el colorado, Lassiter! —gritó el gordo desde su mesa. Lassiter no le prestó la menor atención, así de recio era él.

—Tengo unas almejas maravillosas, chico —le dijo a Kenneth.

—Seguro, señor Lassiter.

Por cierto, Lassiter tropezó con el único escalón que había en el trayecto al corredor.

* * *

Antes de irnos le dije a Lassiter que las almejas al vapor habían estado estupendas, pero él me miró indeciso hasta que Kenneth le palmeó la espalda.

Regresamos al auto y Kenneth sacó la portezuela del compartimiento lateral y apoyó cómodamente un pie en la cavidad. Conduje ocho kilómetros hasta Reechman Point porque sentía que los dos queríamos ir allí.

En la punta aproximé el auto hasta el viejo paraje y salimos y comenzamos a saltar de piedra en piedra hasta la roca que, por alguna razón, Holden solía llamar El Tipo Sabio. Era una roca grande y plana situada frente al océano. Kenneth guiaba el camino, balanceándose con los brazos extendidos como un equilibrista sobre una cuerda floja. Mis piernas eran más largas y podía ir de una roca a otra con una mano en el bolsillo de mis pantalones. También le llevaba una ventaja de varios años.

Ambos nos sentamos sobre El Tipo Sabio. El océano estaba tranquilo y tenía buen color, pero había algo en él que no me gustaba. Casi en el instante en que me daba cuenta de que había algo que no me gustaba, el sol se metió bajo una nube. Entonces, Kenneth me dijo algo.

—¿Qué? —le pregunté.

—Me olvidé de contártelo. Hoy recibí una carta de Holden. Te la voy a leer.

Sacó un sobre del bolsillo trasero de sus shorts. Miré hacia el océano y escuché.

—Escucha esto que aparece arriba. El encabezamiento —dijo Kenneth y empezó a leer la carta, que era así:

 

Campamento Goodrest para babosos

Viernes
 

Querido Kenneth:
 

Este lugar apesta. Nunca he visto tantas ratas. Tienes que hacer cosas de cuero y realizar caminatas. Hay un concurso entre los rojos y los blancos. Se suponía que era de los blancos. Yo no soy un blanco malvado. Estoy yendo a casa pronto y me divertiré contigo y Vincent e iré a comer unas almejas contigo. Aquí comen huevos que están poco cocidos todo el tiempo y ni siquiera ponen la leche que tomas en la nevera.
Todos tienen que cantar una canción en el comedor. Este señor Grover se cree un cantante de moda y anoche intentó hacerme cantar con él. Lo haría, solo que él no me gusta. Te sonríe, pero es muy malo todo el tiempo, ni bien encuentra la ocasión. Tengo los 18 dólares que mamá me dio y es probable que esté en casa pronto, quizá el sábado o el domingo, si ese hombre se va al pueblo como ha dicho y así yo puedo tomar un tren. Ahora me han condenado al ostracismo por no cantar en el comedor con el señor Grover. Ninguna de las ratas me puede hablar. Una es un chico muy bueno de Tennessee y es casi tan mayor como Vincent. ¿Cómo está Vincent? Dile que lo extraño. Pregúntale si alguna vez ha leído los Corintios. Corintios está en la Biblia y es muy bueno y bonito y Web Tailer me leyó un poco de allí. Nadar aquí es horrible porque no hay olas, ni siquiera pequeñas. Cuál es la gracia si no hay olas y nunca te asustas o te revuelcan. Solo puedes nadar hasta una plataforma que hay con un compañero. Mi compañero es Charles Masters. Es una rata y canta en el comedor todo el tiempo.
Él está en el equipo blanco y es el capitán. Él y el señor Grover son dos de las más grandes ratas que he conocido hasta ahora, también la señora Grover. Ella trata de ser como tu madre y te sonríe todo el tiempo, pero también es mala como el señor Grover. Ellos cierran la caja del pan en la noche, así que nadie puede hacer sándwiches, y despidieron a Jim, y aquí, para conseguir cualquier cosa, tienes que dar 5 o 10 centavos, y a Robby Wilcoks sus padres no le dieron nada de dinero. Estaré en casa pronto, probablemente el domingo. Seguro que te extraño, Kenneth, también a Vincent, también a Phoebe. ¿De qué color es el cabello que ha sacado Phoebe? Apuesto que es posible que sea pelirroja.

 
Tu hermano,
Holden Caulfield

 

Kenneth puso la carta y el sobre de vuelta en su bolsillo trasero. Cogió una piedrita lisa y rojiza y la observó, haciéndola girar, como si esperara que no hubiera fallas en su simetría. Luego dijo, más a la piedrita que a mí:

—No puede comprometerse con nada. —Me miró con amargura—. Solo es un chiquillo viejo y no puede comprometerse con nada. Si no le gusta el señor Grover no puede cantar en el comedor, ni siquiera sabiendo que si canta todos lo van a dejar en paz. ¿Qué va a pasar con él, Vincent?

—Supongo que tendrá que aprender a comprometerse —dije, pero no lo creía y Kenneth lo sabía.

Kenneth guardó la piedrita lisa en el bolsillo del reloj de sus shorts y miró hacia el océano con la boca abierta.

—¿Sabes qué? —dijo—. Si me muriera o algo así, ¿sabes qué haría?

No esperó a que le dijera algo.

—Me quedaría por aquí —dijo—. Me quedaría por aquí un rato.

El rostro de Kenneth adoptó un gesto triunfal; de la manera en que su rostro se volvía triunfante, sin implicar que había derrotado o eclipsado a nadie. Ahora el océano estaba terrible. Se había llenado de bolas de bowling. Kenneth se incorporó sobre El Tipo Sabio y parecía muy feliz a causa de algo. Dada su actitud podría decir que sentía ganas de nadar. Pero yo no quería que lo hiciera allí, con todas esas bolas de bowling.

Se arrancó los zapatos y las medias.

—Vamos, adentro —me dijo.

—¿Te vas a bañar con esos shorts? —le pregunté— Te enfriarás en el camino de vuelta. El sol ha bajado.

—Tengo otros bajo el asiento del auto. Vamos, entremos.

—Te van a dar calambres, por las almejas.

—Solo comí tres.

—No, no… —quise detenerlo, pero él se estaba quitando la camiseta y no me oyó.

—¿Qué? —dijo, cuando su rostro estuvo al descubierto.

—Nada. No te quedes adentro mucho tiempo.

—¿No te vas a meter?

—No. No tengo gorro.

Él pensó que eso era gracioso y me dio un manotazo en la espalda.

—Ay, Vincent. Entra.

Más adelante, sentía como que quería reírme. Le conté a Holden que el océano estaba lleno de bolas de bowling y el bobo asintió y dijo: «Sí, Vincent», como si supiera de qué hablaba.

 

—Adelante. Hoy no aguanto este océano. Está lleno de bolas de bowling.

No me oyó. Corrió hacia la parte llana de la playa. Quería agarrarlo y arrastrarlo de vuelta y llevarlo en el auto a toda velocidad.
Cuando acabó de retozar en el mar, salió por su voluntad, sin que tuviera que decirle nada. Atravesó la zona donde el agua se revolvía y le llegaba hasta los tobillos; incluso se apresuró y traspuso la parte seca y lisa, en la que se borraban las huellas de los pies, sin que yo fuera capaz de decirle nada, excepto que se veía cabizbajo. Luego, cuando recién alcanzaba la arena suave de la playa, el océano le arrojó su última bola de bowling.

Lo llamé con todas mis fuerzas y corrí atolondrado hacia allí. Sin mirarlo siquiera, lo levanté y cargué. Corrí con él, erráticamente, hasta el auto. Lo instalé en el asiento y conduje el primer kilómetro y medio con el freno de mano puesto; después, hice todo lo que pude.

* * *

Vi a Holden sentado en el porche antes de que él me viera. Tenía una maleta junto a la silla y estaba hurgándose la nariz hasta que me vio. Cuando lo hizo, gritó el nombre de Kenneth.

—Dile a Mary que llame al doctor —le dije, sin aliento—. El número está en la cosa del teléfono. Con lápiz rojo.

Holden gritó el nombre de Kenneth de nuevo. Extendió una mano, aquella que parecía inutilizada, y sacudió, casi golpeó, la nariz de Kenneth para quitarle un poco de arena.

—¡Rápido, Holden, maldita sea! —dije, cargando a Kenneth y pasando delante de él. Sentí que Holden se precipitaba hacia la cocina en busca de Mary.

Apenas unos minutos después, aún antes de que llegara el doctor, el auto con mi madre y mi padre irrumpía en la entrada. Gweer, quien tenía el rol juvenil principal del espectáculo, venía con ellos. Le hice una señal a mi madre desde la ventana de la habitación de Kenneth y ella corrió como una niña hasta la casa. Le hablé durante un minuto en el cuarto; luego, al bajar, me crucé con mi padre en las escaleras.

Más tarde, mientras el doctor y mi madre y mi padre se hallaban arriba, en la habitación de Kenneth, Holden y yo aguardamos en el porche. Gweer, el juvenil, se quedó ahí demasiado tiempo por algún motivo. Al final, me dijo en voz baja:

—Supongo que tengo que irme.

—Muy bien —le dije vagamente. No quería a ningún actor a mi alrededor.

—Si hay algo que…

—Amigo, vete a casa, ¿ya? —dijo Holden.

Gweer le sonrió con tristeza e inició su retirada. Daba la impresión de que no deseaba irse. Sentía curiosidad luego de su breve charla con Mary, la sirvienta.

—¿Qué le pasa? ¿Su corazón? Solo es un niño, ¿no?

—Sí.

—Vete a casa, ¿ya?

Más adelante, sentía como que quería reírme. Le conté a Holden que el océano estaba lleno de bolas de bowling y el bobo asintió y dijo: «Sí, Vincent», como si supiera de qué hablaba.

Murió a las ocho y diez de esa misma noche.

Quizá poner todo esto por escrito consiga sacarlo de aquí. Ha estado en Italia con Holden y ha estado en Francia, Bélgica, Luxemburgo y parte de Alemania conmigo. Ya no puedo soportarlo. Él no debería seguir rondando por aquí en estos días■



J. D. Salinger, (Nueva York 1919-Nuevo Hampshire 2010). En 1951 publicó la novela El guardián entre el centeno y de inmediato de convirtió en un clásico contemporáneo. Le siguieron los libros de relatos Nueve cuentos y Franny y Zooey y un díptico con las nouvelles Levantad, carpinteros, la viga de tejado y Seymour: una introducción.

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