Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

El colgajo

Philippe Lançon (Vanves, 1963) Anagrama (2019) ■ 448 páginas ■ 96 soles


Novela. «Nada de lo que es, es». Philippe Lançon, colaborador del semanario Charlie Hebdo, apunta esta cita en su cuaderno cuando asiste al estreno de Noche de Reyes. Es la víspera del atentado de los hermanos Saïd y Chérif Kouachi. Ninguna señal presagia que, por la mañana del 7 de enero de 2015, los terroristas irrumpirán en la reunión editorial, vociferando «Allahu Akbar» y descargando sus rifles de asalto. Cuando Lançon despierta en una cama de hospital, con la mandíbula destrozada por el impacto de una bala, lee y relee la obra de Shakespeare en busca de la frase. Pero no la encuentra. No existe. «Era como una de esas frases que tan claras son en un sueño y que el despertar borra», escribe. Desde entonces, se convierte en el mantra que lo acompaña en un padecimiento feroz, sometiéndose a una veintena de cirugías para la reconstrucción de su rostro y buscando adaptarse a una vida donde ha desaparecido lo ordinario.

Pocos libros de memorias son tan inquietantes como El colgajo. Lançon afronta su condición con el estoicismo que revela su prosa apaciguada, a ratos nostálgica. No emite juicio sobre sus verdugos, rara vez menciona la violencia del islam, aunque un manto ominoso envuelva el relato. Lançon medita acerca de los caprichos de su destino, cada circunstancia que lo condujo a la reunión fatídica. La decisión de visitar primero la oficina de Charlie, y no su otro trabajo en Libération. El encuentro prolongado por un debate sobre Sumisión de Michel Houellebecq, lanzado ese mismo día. El libro de jazz que se queda comentando con el dibujante Cabu antes de despedirse. A la distancia, calcula cada minuto que conspiró para que no escapase del baño de sangre donde 12 de sus colegas perdieron la vida.

A pesar de la deformidad que le recuerda el espejo, de planes desbaratados como el reencuentro con su novia en Nueva York, Lançon no deja de aferrarse al humor y la energía vital. En el quirófano encuentra una lección de anatomía, nutrida por las conversaciones con su cirujana. En la vida de sanatorio consigue el lugar para escribir y volver a Proust o Thomas Mann. Desde ahí atestigua con incredulidad cómo un semanario satírico al borde de la inanición se convierte en la bandera de la libertad. El testimonio de quien elige no sucumbir a la desgracia que le fue impuesta.

Por Gabriel Meseth


Las imposibles orquídeas (Violeta Barrientos)
Soy la muchacha mala de la historia (Pedro Casusol, ed.)

arriba