Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

EL AMIGO DEL CARNICERO

¿Qué hacemos con el Nobel a Peter Handke?

Por Gabriel Meseth


El Nobel de Literatura volvió con ruido y furia. Dicta el estatuto de la Academia Sueca que, si el premio se suspende un año, debe concederse dos veces a su restitución. Ocurrió anteriormente debido a las guerras mundiales. En esta ocasión, por un escándalo sexual en plena ola del #MeToo. Natural que hubiese expectativa por los nuevos ganadores. ¿Resarciría la Academia a algún gigante como Milan Kundera? ¿Buscaría condescender con Murakami, el eterno nominado? ¿Se lo llevaría Margaret Atwood, que pagaba 6/1 en las casas de apuestas? Nada de eso. La polaca Olga Tokarczuk dejó bastante fríos a tantos que no sabían ni pronunciar su nombre. Aunque, con Peter Handke, el jurado se compró un tremendo pleito. El autor, quien una vez llamó a la abolición del premio, fue el más sorprendido por esta decisión, que calificó de valiente. Después de esto, cuán lejana e inofensiva se ve la polémica por el Nobel a Bob Dylan.

La mañana del fallo, declaró a los reporteros que visitaron su casa a las afueras de París: «No sé si estoy feliz, pero estoy emocionado. Se siente como una extraña forma de libertad. Como si fuera, lo cual no es cierto, inocente. Un escritor nace culpable. Ahora me siento libre». Por entonces, la noticia se hacía viral en las redes junto a escenas de El cielo sobre Berlín (1987), película de Wim Wenders con guion de Handke. Pero la imagen de un ángel guardián que renuncia a sus alas por amor, no aplacó el rechazo masivo por la decisión del jurado.

A una carta abierta de la Asociación de Víctimas de la Guerra de Bosnia, se sumaron protestas frente a embajadas suecas y un petitorio para revocar el fallo vía Change.org (bordea ya las sesenta mil firmas). Joyce Carol Oates, Slavoj Žižek y Salman Rushdie resonaron la gran mancha en la trayectoria de Handke: su proximidad al dictador Slobodan Milošević, el Carnicero de los Balcanes, y sus cuestionamientos a las atrocidades del régimen serbio en los noventa. De la existencia de campos de concentración a las limpiezas étnicas como la de Srebrenica, donde más de ocho mil bosnios musulmanes fueron exterminados.

No es la primera vez que celebrar a Peter Handke desata un fuego cruzado. Ocurrió en el 2006 con el Premio Heinrich Heine, al que terminó renunciando. «Atengámonos a los hechos —que son terribles en todas partes— de una guerra civil maquinada, o al menos coproducida, por una Europa deshonesta, o al menos ignorante», descargó en un artículo para Libération. «Dejemos de comparar a Slobodan Milošević con Hitler. Dejemos de ver en él y en su mujer, Mira Marković, a Macbeth y a su señora».

Handke ofrece un caso tan problemático como el de Louis-Ferdinand Céline, el último maldito de Francia. El autor de obras geniales como Viaje al final de la noche (1932), también estampó su firma en panfletos antisemitas. De haber premiado a Céline, difícil creer que el comité hubiera defendido su decisión del mismo modo que lo ha hecho con Handke, limitándose a razones estéticas.

Hay quienes ven una naturaleza perversa en la decisión de la Academia Sueca. Que podría poner en jaque los esfuerzos de Angela Merkel y Emmanuel Macron por restablecer el diálogo entre Serbia y Kosovo, cuya legitimidad como Estado permanece en debate. ¿Podría el Nobel a Handke mover las agujas en el destino de la Unión Europea, hoy polarizada por el nacionalismo?

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No es fácil abordar su carrera, hermética, difusa, ni mucho menos dar con la puerta para acceder a ella. Se tiene la impresión de que ya no se leía tanto a Peter Handke. Pero su obra ha ejercido una influencia sutil, anticipándose a varios de los caminos por los que se aventuran tantos narradores en la actualidad.

Desde que irrumpió en la escena austriaca, luego de renunciar a sus estudios de Derecho, Handke ha sido una figura divisiva. Poco después de llamar la atención con Los avispones (1966), su primera novela, fue invitado a dar una conferencia en Princeton. Aprovechó para soltar su instinto parricida contra el Gruppe 47, movimiento al que pertenecían Heinrich Böll y Günter Grass, presentes en el auditorio. Las vacas sagradas palidecían con las burlas de un mocoso de bigote ralo y melena hasta los hombros.

Un golpe que Handke perseguía con su obra Insultos al público (1966), donde son los actores los que juzgan a la platea. El ánimo insolente de Handke, no lejano de la rabia de Thomas Bernhard, conectaría con la juventud que se preparaba para bullir en mayo del 68.

Herederas de Kafka y Camus, las novelas de Handke trajeron la ruptura con el realismo alemán. Situadas en la periferia de sociedades cada vez más hostiles y codificadas hasta el absurdo, hurgan en las tribulaciones de seres que deambulan sin rumbo fijo, con pasividad y al filo de la enajenación. Son narradas a tientas, sin esconder los entresijos de su construcción, revelando aquella búsqueda sin tregua —lingüística, formal, metafísica— que distingue a Handke.

El miedo del portero al penalti (1970) es muestra de ello: un guardameta caído en el olvido y su descenso a una violencia banal. O La mujer zurda (1976), que detalla el derrumbe de un matrimonio hastiado por la rutina y las barreras de comunicación. En Carta breve para un largo adiós (1972), un alma solitaria busca escapar de un divorcio y los traumas de infancia, embarcándose en un road trip por la vastedad del territorio americano, donde los paisajes se convierten en un reflejo de su interior.

Últimamente, Handke se ha entregado con la misma obcecación a ensayos destilados, casi proverbiales. Cultivados durante largas caminatas en solitario, muestran al escritor circundando una idea como un perro ante su presa. La agota, la caza, la devora. Ocurre con sus cavilaciones sobre el cuarto de baño, refugio de sus fobias y ataques de pánico. O en su bella meditación sobre el cansancio, un espectro que va de la experiencia íntima a su acepción como enfermedad colectiva.

La lógica tan singular de Handke parece emparentarse con la de Kaspar Hauser, a quien le dedicó una obra de teatro. El niño salvaje que una mañana apareció en una plaza de Baviera, sin saber ni una palabra a sus 16 años y con el aspecto de un animal aterrado, desafió las convenciones de su época. Tanto, que terminó exhibido como una atracción de feria en las cortes de Europa. La obra de Peter Handke revela un sentimiento de orfandad, cercano a la soledad de Kaspar. De sentirse extranjero en su propia tierra. Acaso porque Handke fue abandonado por su padre antes de nacer, o por los maltratos de su padrastro alcohólico.

No ha temido enfrentarse a las heridas de su memoria familiar. Como en La Repetición (1986), donde viaja a Eslovenia tras las pistas de su hermano desaparecido. O en Desgracia impeorable (1972), que aborda el suicidio de su madre, una exiliada serbia. «El horror es algo perfectamente natural: el vacío de la mente», escribió sobre aquella muerte por mano propia. «Un pensamiento está tomando cuerpo y luego, de repente, no hay nada más que pensar. Se estrella contra el suelo como un dibujo animado que de pronto se da cuenta que ha estado caminando en el aire».

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Sin la tragedia de su madre sería incomprensible la postura que abrazó Handke en las guerras yugoslavas. La forma en que se convirtió en un apestado por defender a Milošević. Cómo, a pesar de las evidencias de torturas y matanzas ordenadas por el tirano, Handke se esforzó desviar la responsabilidad de Serbia. Cómo condenó a la OTAN y a la cobertura internacional, para luego viajar a Serbia durante los bombardeos y acompañar en su destino al pueblo que nombró su hogar.

Tampoco ocultó sus entrevistas con Milošević, recluido en una celda de La Haya. Ni ha dejado de justificar su presencia en los funerales del carnicero, flanqueado por un reducido grupo de ultranacionalistas. «Creo que fue una figura trágica», declaró al New York Times. «No un héroe, pero sí un ser humano trágico. Pero soy un escritor y no un juez».

Que se entienda como una suerte de expiación por la muerte de su madre es algo que podría competerle al psicoanálisis. Campo que Handke ha considerado «un divertimento, como el horóscopo». Puede que su inminente discurso de aceptación en Estocolmo sea momento de dilucidar sus argumentos, más emocionales que propios de la razón. Por lo pronto, ha esquivado el asunto citando una canción de The Kinks: There’s too much on my mind■


 

Gabriel Meseth (Lima, 1985). Periodista, comunicador y profesor universitario.

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