Segunda temporada ■ Número 19 ■ Verano del 2020

CUÁNTAS AVENTURAS NOS AGUARDAN

Por Inés Bortagaray

Ilustración: Col Aged

Miguel y yo nos íbamos a casar a finales del invierno. No en la capital, sino en la ciudad donde yo había nacido y donde había vivido hasta mi adolescencia. Iba a ser un fin de semana largo, aprovechando el feriado. Nos proponíamos conseguir descuentos en pasajes y en hoteles para los invitados. El festejo se convertiría en una expedición. Ya habíamos anunciado la noticia entre nuestros amigos. Algunos habían protestado por la lejanía, iban a tener que andar muchos kilómetros de ida y de vuelta para acompañarnos. Les dijimos que ya era hora de conocer el país, romper la burbuja capitalina donde habían estado viviendo por casi tres décadas, descubrir una ciudad con un río serpenteante y rocas y cascadas, ver atardeceres violentos o ir a las aguas termales y, bajo los chorros hirvientes, escuchar canciones del melódico internacional, mirando cómo lentamente la piel va quedando arrugada. Con nuestro alegato a favor de la excursión convencimos a todos los indecisos.

En junio estábamos en mi ciudad para anotarnos en el registro civil. Era un sábado de mañana. Faltaban tres meses para el casamiento. Llevamos los avisos al diario local y anduvimos unas cuadras calle arriba. Yo quería ir al supermercado a comprar miel. Me gusta más la miel de allá. Nos metimos en el barullo del centro. Liquidación de abrigos en polar. Cardumen de motos. Chacinados. Colchones. Dimos con una joyería nueva, pequeña. Tenía un alero color café y una vidriera donde se veían solitarios, gemelos, cadenas y caravanas tipo Cartier. Habían colgado un anuncio que ofrecía descuentos por el mes. El anuncio nos alentó y entramos. La puerta abrió con un tintineo de campanilla.

Detrás de un escritorio de roble, un hombre alto, pulcro, peinado a la gomina, con una camisa de manga larga bien planchada, se paró ni bien nos vio. Me miró una vez y luego una segunda vez. La segunda vez, como extraviado. Se presentó. Se llamaba Alberto y nos dio los buenos días. Pensé que habíamos migrado a 1940.

Miguel le dijo que queríamos alianzas de oro rojo, pero él se entretuvo mostrándonos unas antigüedades caras. Un anillo con un rubí antiguo, otro con un diamante, cosas así, imposibles para nosotros. Así que tuve que insistirle en que ya sabíamos lo que estábamos buscando, y él pareció disfrutar de mi intervención. Me buscó los ojos. Lo observé, pero sus modos me inhibieron un poco y la mirada se me resbalaba a los anillos de oro rojo que por fin nos mostraba. Eran unas alianzas sencillas, con un grosor perfecto. Ni ostentosas ni delgadas. La definición de una alianza.

Nos habló de la gran oportunidad que teníamos en junio, con las ofertas. Miguel y yo titubeamos un segundo, sonreímos, él dijo que sí, yo también, y encargamos unas iguales a esas que nos había mostrado. Le dejamos al hombre una seña, firmamos un recibo y nos mandamos mudar.

Me buscó los ojos. Lo observé, pero sus modos me inhibieron un poco y la mirada se me resbalaba a los anillos de oro rojo que por fin nos mostraba. Eran unas alianzas sencillas, con un grosor perfecto. Ni ostentosas ni delgadas. La definición de una alianza.

No habría pasado un día cuando me entraron las dudas. Que si el oro rojo al final no resultaría demasiado llamativo, que si el oro blanco no sería más clásico, si nos convenía lo clásico o si había que ser más temerario, si nos íbamos a acostumbrar a usar alianzas, que esto y que aquello y que todo lo demás. Miguel me dijo:

—Le decimos que, si no las empezó, nos espere un par de días. Lo pensamos y le avisamos.

Me fijé en el recibo por la seña y encontré una dirección de correo electrónico. Escribí. Pasaron dos días de silencio. Y entonces apareció la respuesta:

Señora cliente, aunque ya estoy limando con la media caña una alianza —la suya— aún está a tiempo de cambiar... en todo. Hoy vuelvo a pensar en lo que pasó apenas hace unos días. Tuve que apelar a todo mi control mental y cardíaco para enfriar mi sangre, apaciguar mi cabeza y templar mi corazón, cuando tomé su mano —la mía estaba helada, ¿lo notó?— para probarle el anillero de las medidas. Le pregunté el nombre, el apellido y la dirección de su casa, pero me lo sé todo de memoria, obviamente. Realmente, ¿no sabe quién soy?

«No, no tengo idea», pensé, mientras leía.

Y no busco que responda: sí, el cortejante de una compañera de la escuela. Ni tampoco vale que responda: aquel que cuando se fue a Varsovia me escribió una carta rara y tonta. Ni siquiera: sí, aquel que conocía de vista cuando era adolescente y jugaba al tenis en el club. O el amigo del alma de mi vecino Pancho de Oliveira.

Ya sé quién es. Aquel que le hizo la vida imposible a Rosamaría cuando teníamos diecisiete años. Uno que le dijo que me amaba a mí. Habremos hablado tres veces en la vida. O cuatro.

No, no me refiero a nada de eso, sino a algo que lamentablemente veo que olvidó en la ilusión que genera el pasar de los años, haciendo que la contaminación del mundo enturbie la preciada visión, que es siempre la de nuestro corazón de niño, algo puro y hermoso y tan sencillo como eterno, aquello que nos prometimos allá en el tiempo.

¿Aquello que nos prometimos allá en el tiempo? ¿Qué le prometí a este señor?

Pero no, realmente no sabe quién soy. Y anteayer de noche, al recordarla, lloré… Sí, señora cliente.

«Señora cliente» otra vez. Tengo que reírme un rato. Otro rato más. Tengo que llamar a una amiga y contarle ya mismo esto.

Puede cambiar el color de sus alianzas a su antojo (aunque sea la suya una alianza muy singular en todo sentido, porque está siendo hecha con el más puro y elevado de los sentimientos, uno que nos hace a los humanos casi divinos, y que nunca es posesivo, y todo lo aguanta, y todo lo espera, y todo lo da, y todo lo cree).

Puedo cambiar mis alianzas porque están hechas con un sentimiento plenipotenciario, entiendo, pero: ¿cuál es? Eso no me quedó claro.

Mi trabajo será el más elevado, sincero y sacrificado regalo que podré hacer a aquella niña, que hoy mujer se despide totalmente de su promesa y, por tanto, también de él. Es decir, de mí.

Otra vez con la promesa. ¿Qué promesa? ¿Qué prometí?

¿Cuándo?

Bueno, he dicho lo que cuando llegaron a la joyería obviamente no podía decir. No pensaba escribir, hasta que vi tu misiva. No hay mucho más que decir, porque nunca me gustó ser el tercero en discordia, aunque a decir verdad no lo soy, porque no creo que puedas recibir de otro un amor total como el que yo te profeso.

Ahora entró en confianza. Me da miedo. No sé cómo sigue, pero estoy asustada. Lo que tengo que pensar es si corro alguna clase de peligro o me puedo reír, porque ahora no lo sé.

Pero sí he de decirte con todo lo dolorido de mi corazón, pero también con toda la sinceridad, que quiero que te desarrolles en todo sentido y que por sobre todas las cosas seas mamá… Ese es el verdadero arte y el único, pues todo lo demás es simple vanidad, y te lo dice nada más y nada menos que Salomón en su Eclesiastés.

No quiero seguir leyendo esto. Es repugnante.

Quiero que, si no puedo quererte te sientas querida, si no puedo protegerte te sientas protegida, si no puedo abrazarte te sientas abrazada.

Ah, llegó el momento en que se repiten las palabras en una letanía demagógica. Excelente.

Quiero que seas feliz. Y lo quiero desde el primer día en que te vi, que fue coincidentemente el primer día en que también me viste… el día en que supe tu nombre, nombre que repetí una y otra vez en mi mente infantil. Esa noche me juré a mí mismo que, enamorado como estaba, enamorado para siempre, me casaría con ella, la Princesa de mis sueños.

¿Ella soy yo? Qué extraño es todo.

Y luego vino la foto: que se iba a transformar en una reliquia en tono sepia, la posesión más atesorada, una que cruzó conmigo a 10.000 metros de altura acompañándome al otro lado del Atlántico. Esa foto que fue y es la única testigo de aquella hermosa noche, mágica y dulce. Esa foto nos vio jugando en el cumpleaños número siete de Pancho, enamorados en esa casa enorme, buscándonos entre todos los demás. Eras tan chiquita, y yo me sentía tan grande. Hermosa mía. Reina de mi corazón. Conjuro de los dioses cautivados por tu ternura. Tierna, tierna, tierna, esplendor. Hoy, señora y cliente. ¡Qué burla del destino!

Lo que me parecía más terrible era esa referencia a una promesa. Como si un presunto compromiso que presuntamente se asume a los siete años me hubiera puesto en alguna clase de deuda ante este esperpento.

¿Yo tenía siete años cuando jugué a algo con este hombre que considera que soy su prometida? ¿Mi complicidad de los siete años le hace suponer que tiene algún poder sobre mí? ¿Dijo «enamorados»? Basta.

Aún a esta hora tengo un tajo abierto en mi pulgar con la forma de tu alianza. Tajo que sangró profusamente sin que sintiera dolor hasta que vi el color en el blanco oro del metal y me sorprendí, porque nunca antes en diez años me había cortado manipulando una alianza… No me cortó el filo de nada, sino la presión que hice sobre ella... Una sola alianza... la tuya.

Qué asco. Ahora no voy a poder usar mi anillo.

Perdoname todo esto tan fuera de protocolo. Es lo que tiene cuando nosotros, los que sentimos en el pecho un corazón, perdemos a nuestra mitad.

Cuando perdemos nuestra mitad de las neuronas, tal vez. Intenté olvidarme del asunto, pero no pude. Hablé con una amiga y le conté todo. Nos reímos, pero ella me preguntó si no debía estar asustada.

—Un poco —le dije.

Lo que me parecía más terrible era esa referencia a una promesa. Como si un presunto compromiso que presuntamente se asume a los siete años me hubiera puesto en alguna clase de deuda ante este esperpento.

Cuando Miguel llegó a casa le conté lo que había pasado. Volví a leer el mensaje. Ahora, al lado de Miguel. Ambos estábamos atónitos. Empezamos a repasar cada gesto, cada movimiento y cada palabra de Alberto durante el encuentro. Cómo me había tratado a mí. La indiferencia con que había atendido a Miguel. Reprodujimos nuestros pasos.

¿Por qué habíamos entrado ahí y no a la joyería que había sido toda la vida cercana a mi familia? Porque era un lugar nuevo. Porque cuando abrimos la puerta nos atendió alguien de nuestra edad. Porque eso nos pareció bueno. Y por los descuentos durante junio, claro.

Fuimos a dormir. Miguel se durmió enseguida. Yo seguía pensando en qué sería lo mejor: ¿ir a buscar los anillos y llevarlos a un curandero?, ¿hacer una ceremonia con agua purificada?, ¿perder la seña y dejarlos ahí para siempre?

Al día siguiente, le escribí un correo de una sola línea. Le decía que sí había recordado quién era él, que lamentaba haberle ocasionado algún daño en el pasado y que por favor le diera los anillos a mi cuñada. Esperábamos su aviso una vez que estuvieran prontos.

Me puse a trabajar en la redacción de una serie de artículos sobre médicos rurales, escribí una carta dirigida al gerente de una compañía de ómnibus interdepartamentales para pedir el dichoso descuento en los viajes de nuestros invitados, fui con mi madre a buscar una tela para el vestido, trabajé en la changa de transcribir información sobre productos nuevos, fui al cine, les conté el cuento a tres amigos más (todos quedaban entre boquiabiertos y divertidos con el asunto, uno me dijo que tirara los anillos al Río de la Plata y se ofreció a llevarnos o acompañarnos en el acto de liberación). Pasaron dos días.

Llegó un nuevo mensaje, ahora con alusiones al Rey, a los días finales del Tiempo y del Todo y algunos brotes de sangre.

Tú fuiste la primera antes que todas y yo el primero antes que todos. Lo que ocurre es que el corazón del hombre tiene más memoria que el de la mujer en estos días finales del Tiempo y de Todo, en esta fría etapa de la Humanidad.

Ay, querida... Te repito que si no te gusta el color de las alianzas podés cambiarlas, porque más caras no me pueden costar. Además de la marca redondita de media alianza en el centro de mi pulgar izquierdo, me duele otra herida, inoperable, en el centro del pecho, el hermoso y blindado palacio del Rey.

Le pregunté a una amiga mística si conocía a un curandero. Necesitaba saber que había una posible solución y que podíamos llegar a usar esos anillos y quererlos, y que ellos se sintieran también nuestros y no la obra de un orfebre enloquecido. Mi amiga me dijo que conocía a un hombre llamado Ópalo, que podía recibirnos a mí y a Miguel y hacer un sortilegio para recuperar la «buena vibra» de los anillos. «Buena vibra» dijo ella. Ojo, no fui yo.

Al día siguiente llegó un nuevo mensaje. Evidentemente Alberto creía que debía hacer llegar una posdata, otra onda expansiva de pavor. Pero por fin anunciaba una entrega.

Para el lunes 29 están prontas tus alianzas. No vengas por ellas, enviá a alguien de tu confianza, tu madre, tu hermana, una empleada, no sé, da igual. Por poca plata te la graban en la capital, porque yo no las voy a grabar. No me quiero clavar la filosa punta del duro acero del buril en mi blanca garganta.

Busqué información sobre cómo bloquear contactos indeseables. Puse el filtro para no recibir ningún otro mensaje del orfebre. Mi cuñada fue a buscar las alianzas el lunes 29 y las mandó por encomienda. La cajita era minúscula. La abrí con un pánico entusiasta. Ahí estaban. Eran lindas y macabras, como macabra es la manzana que debe comer Blancanieves dudando en el último instante antes de desvanecerse si no será que esa señora que ahora mismo sonríe mientras ella da un mordisco la estará embaucando. Las tiré sobre la mesa y ambas brillaron con una luz irisada. Las dos juntas, puestas sobre la superficie de cármica de la mesa de casa, parecían de a ratos inofensivas, de a ratos sobrevivientes, y en un momento creí también que podrían irradiarme con alguna clase de veneno. ¿Y si el orfebre era alquimista? Ya no sabía qué pensar. Nunca compré jabones de la descarga o algo semejante. No sé cómo se lee la borra del café. La única superstición que profeso es una fe que me hace suplicar a Dios por ayuda cuando la necesito, y cada tanto agradecerle, para estar al día.

Fui a ver Ópalo a su casa, en Manga. En el patio frontal había una gallina colorada picoteando el suelo. Pasé y me miró con sus ojos tiesos, de mirada absorta. Él era un señor de unos 60 años, muy delgado y totalmente calvo, con la piel curtida y manos de uñas perfectamente limpias. Vestía una camisa blanca y un pantalón negro. En su casa la televisión estaba prendida y en la pantalla dos hombres discutían sobre quién era el mejor corredor de Fórmula 1 de todos los tiempos. ¿Era Senna o era Lauda? Frente al televisor había una anciana de pelo blanco, que parecía dormida, pero estaba tan quieta que tal vez la vida la hubiera abandonado hacía un instante. Ópalo no parecía alarmado por la quietud de su madre.

Con un ademán, me indicó una silla. Me senté ante una mesa redonda, con un mantel de hule rosado. Encima de la mesa, un plato con lo que parecían los restos de una ensalada. Un gato dorado y enormemente obeso se frotó entre mis piernas. Ópalo trajo dos grandes cuencos de madera. En uno había un polvo verde, como hecho de orégano. En otro, un polvo similar al azafrán. Le mostré los anillos y le dije que los había hecho alguien que se había lastimado durante la confección. Y que de haber sabido quién era el autor jamás se los habríamos encargado. Ópalo los colocó en la palma de su mano y luego apretó el puño. Sumergió su puño en el azafrán y cerró los ojos.

Sus labios se movían rápidamente, como si estuviera apretando una canción entre sus dientes. La canción decía la palabra «putris» y luego otra que sonaba como «Simbad». Yo pensé en el marino y en los árboles enraizados en el lomo de la ballena. ¿Eran palmeras? ¿Eran tipas? ¿Eran fresnos?

¿Qué árboles pudieron crecer en la arena que ha quedado prendada a la grasa que cubría toda la enormidad de aquella piel? ¿Creyeron los árboles que era una isla, o supieron desde un principio que aquella superficie era la de un animal?

Ópalo pegó el puño a su boca y apretó los ojos, frunciendo el ceño. «Putris», «putris», decía. Y luego «Simbad», o «mbad», o «isbad». En la televisión los hombres hablaban de un tal Cantera, un compañero de trabajo que había hecho un informe imperdible y que en segundos nada más iba a compartirlo con toda la audiencia.

El sortilegio estaba hecho. Ya podía volver a casa con los anillos, me dijo Ópalo, soltándolos sobre el hule. Agregó que habíamos actuado a tiempo.

—No es moco de pavo esto —dijo.

Yo estaba aliviada, pero no sé si tanto porque confiara en el antídoto como porque había hecho lo que me había propuesto hacer y ya me podía volver a casa. Me cobró doscientos pesos. Coloqué los anillos en su cajita, pagué y salí rauda. En casa lavé los anillos con agua y mucho jabón, y desde ese día los usamos con un ápice de optimismo y una actitud de entusiasmo desenfadado. Ya podíamos empezar a olvidarnos del asunto. Alguna vez me pregunté si habrían seguido llegando los mensajes lunáticos de Alberto, pero cuando la idea aparecía yo intentaba borrarla, y un día se borró del todo.

El casamiento se acercaba y todavía no nos habíamos mandado grabar las alianzas. Una mañana Miguel y yo fuimos al Centro y nos metimos en una joyería. La primera que vimos cuando bajamos del ómnibus. Ya sabíamos muy exactamente qué queríamos grabar en los anillos. La noche anterior nos habíamos tomado una botella entera de vino probando varias opciones en un cuaderno. Habíamos resuelto que «Cuántas aventuras nos aguardan» era la mejor. El caso es que no entraba toda la frase en un solo anillo, nos explicó la señora que nos atendió. Con voz cascada, de fumadora impenitente, nos dijo: «Van a tener que separar la frase en dos».

Tiramos una moneda y elegí cara. Elegía segunda. Me tocó «Nos aguardan». Nos aguardan. Qué desgracia. Siempre tengo mala suerte cuando elijo cara.

Un par de meses después de la fiesta de casamiento (que estuvo preciosa y divertida y que juntó a una cantidad de amigos) estábamos desayunando en casa con Miguel cuando en medio de un juego con su alianza (él la hacía girar como un trompo) vimos algo que resultó extraño. Una pequeña mancha blanca en el interior de la alianza. Miguel la frotó, pero la mancha no se borró. Se la arrebaté y la vi: una larva pálida dibujada en el metal. Me saqué mi alianza. La revisé. Se la pasé a Miguel. La mía estaba bien. Y entonces descubrimos algo aun más horripilante: la piel del dedo anular de la mano izquierda de Miguel tenía un tizne del color del estaño, exactamente en la zona del anillo. Tomé el dedo de Miguel y lo observé: el café de la piel se oscurecía en una línea que rodeaba todo el dedo a la altura de la alianza. Nos ganó el espanto.

Llevamos las alianzas a la joyería en donde las había grabado. La misma señora con voz fumadora que nos había recibido entonces las analizó con una lupa y nos dijo que la que tenía la mancha no parecía ser igual a la otra. Nos preguntó por qué no las llevábamos a la joyería donde las habíamos comprado. Seguramente ahí nos podrían ayudar mejor. Nos excusamos, eso era imposible.

—Entonces vayan a una casa de empeño —dijo. Y nos las devolvió, encogiéndose de hombros.

Me obsesioné. Caminamos a otra joyería y el encargado (un hombre de pelo blanco tupido y gran bigote, parecido a Mark Twain) nos observó con desconfianza tras observar detenidamente la alianza de Miguel.

—Esto no sé qué es, pero no es oro.

Las soltó con algo de repugnancia en mi mano, y nos fuimos.

Habíamos resuelto que «Cuántas aventuras nos aguardan» era la mejor. El caso es que no entraba toda la frase en un solo anillo, nos explicó la señora que nos atendió. Con voz cascada, de fumadora impenitente, nos dijo: «Van a tener que separar la frase en dos».

Yo estaba mustia. Por entonces yo creía que algunas cosas solo se hacían de la manera en que siempre se habían hecho. A Miguel en el fondo no le importaba demasiado, no solo perder esas alianzas (algo que a esas alturas era del todo deseable), sino dejar de usar para siempre un anillo. Lo cierto era que toda la idea de las alianzas había sido mía. Él prefería no usarla, le quedaba incómoda y le parecía algo ridículo llevarla puesta. Ahora las alianzas estaban guardadas en su cajita, en el fondo de un cajón de la habitación de huéspedes.

Pocos días después íbamos a recibir a una pareja de amigos asturianos en casa, y teníamos que organizar esa habitación, que también era un trastero, depósito de absolutamente todo tipo de papeles, ropa y recuerdos que habíamos guardado en cajas que hacían una torre en el techo del ropero. Aquello era una pocilga. Miguel abrió una caña y sirvió dos vasitos. Yo exprimí un limón. Nos dieron ganas de ir a la playa. Tal vez ese verano pudiéramos salir de vacaciones. Hacía años que no lo hacíamos. Pusimos música y empezamos a ordenar y limpiar. Era una noche tibia, la primavera bullía en los parques y en el aire. Todo iba a estar bien. Abríamos cajas. Tirábamos papeles. Dejábamos a un lado la ropa que íbamos a regalar. Nos abrazamos y quise bailar con una canción que me gustaba mucho. Sonaba, terminaba y yo la ponía de nuevo, una y otra vez. Nos besamos. De reojo, nos miré en los dos espejos de las puertas del ropero. Éramos jóvenes. Estábamos enamorados. Faltaba plata, tal vez yo debiera conseguir un trabajo de verdad y abandonar mis changas, pero eso no era nada suficientemente grave como para desanimarnos. Ya no importaban las alianzas. Que ese estafador se fuera al diablo.

Puse otra vez la canción, ahora como banda sonora de un destello de felicidad. Nos pareció que en medio de todo ese caos tal vez pudiéramos probar un cambio en la habitación: moveríamos ese viejo ropero de lugar. En vez de estar en esa pared, que estuviera del lado de enfrente. Era una buena idea. Rápidamente le sacamos el contenido más pesado, pusimos unos cartones bajo las patas y, con todos nuestros cuerpos, intentamos moverlo. Era pesadísimo.

—Un, dos, tres. Ahora —me dijo Miguel. Y ambos hicimos fuerza. Un movimiento.

—Un, dos, tres. Otra vez —arengó.

Y el ropero avanzó un tramo más. Ya estábamos cerca.

A la tercera voz de aura se desprendieron las dos puertas espejadas y se cayeron con un estrépito gravísimo. «Pobre la vecina de abajo», pensé primero. «Tal vez crea que nos morimos o algo», pensé después. Miguel se agachó sobre los restos. Un sinfín de trozos y nosotros recortados a la manera de Picasso: un ojo distante del otro, un mentón que se duplicaba, tres narices, toda clase de pómulos. Triángulos,medialunas, añicos. Y nuestra estupefacción. La canción dejó de sonar y quedamos en silencio.

No pude dormir esa noche. Me pareció que todo tenía que ver con todo y que la larva en la alianza de Miguel, su dedo oscurecido, era tal vez un veneno en plena actividad, y ahora este desastre de dos espejos rotos en la habitación de huéspedes donde se guardaba la cajita (habitación que un día se convertiría en el cuarto de un niño que desde hacía un año estábamos buscando engendrar) eran un maleficio. No en vano el orfebre me había hablado de días finales del tiempo y de todo. Y del rey. «Quizá se refiere a un rey que gobierna entre tinieblas», me dije. Yo, que había pasado casi toda mi vida al margen de las cábalas.

En Internet encontré algunos antídotos contra el problema de los espejos rotos (se llamaban contrahechizos). Para evitar los siete años de mala suerte que nos iban a ahogar si no tomábamos alguna medida, la opción más fácil era enterrar los fragmentos del espejo roto bajo tierra. Pero no teníamos tierra. La segunda opción, más fácil, era arrojar los fragmentos a una corriente de agua que fluyera hacia el sur. Eso sí podíamos hacerlo. Tal vez justo en esos días el Río de la Plata tuviera unas olitas que se replegaran o algo así, pensé. Si hacíamos eso podíamos estar a salvo de ese problema.

Luego teníamos el otro problema, ya gravísimo. Recordé a la joyera fumadora. Me pareció que casa de empeño era un buen salvoconducto. Convencí a Miguel de que debíamos saber toda la verdad sobre las alianzas y luego sacarlas de la vida. Eso era lo primero. Lo segundo era deshacernos de esos espejos. Solo una vez que lográramos las dos misiones podríamos estar tranquilos y sentirnos vencedores. Guardé la cajita con las alianzas en mi mochila. Embalé todos los trozos del espejo con papel de diario y los dejé apoyados contra la pared. Terminé transpirando. Hacía calor. Un calor insólito para octubre.

Miguel había quedado en averiguar con un pariente orfebre el dato de la casa de empeños. Pasé a buscarlo a la salida de su trabajo y caminamos por el Centro, cerca del puerto. Fuimos a la casa de empeños oficial, en la sede de un banco. Cada piso parecía atrasar un siglo en el tiempo. Cuando subíamos la escalera entre el segundo y el tercer piso, yo ya imaginaba que nos toparíamos con una serie de escribientes con manguitos en los antebrazos. Personas del 1800, preservadas del paso del tiempo, munidas de lupas de alta precisión y escoltadas por una especie de órgano de iglesia pero con tubos de ensayo y el vapor emergiendo de las bocas de cada tubo. Nos encontramos con un laberinto de cubículos revestidos en madera oscura. Sacamos número. Me moría de sed. Busqué un bebedero, pero no había.

Por fin nos tocó el turno. Nos atendió un hombre de unos sesenta años, sentado ante un escritorio de madera. Nos indicó que nos sentáramos en las dos sillas que había ante él. Lo hicimos y le entregamos las alianzas. Se puso unos lentes de aumento. Buscó algo en un cajoncito y sacó otro par de lentes. Se encimó los dos pares. Miguel y yo nos miramos, tentados de risa. Tomó las alianzas con sus manos de dedos de un blanco brillante y de uñas largas. ¿Tocaría la guitarra? ¿O necesitaría esas uñas para su trabajo de analista? No supe responderme. Carraspeaba mientras veía los anillos a través de sus gafas dobles. De golpe me parecieron desvalidos, pobres. Los pesó. Los limó, frotándolos contra una piedra. Soltó en cada uno una gota de ácido.

Nos mostró el que tenía grabado «Cuántas aventuras». No estaba hecho con oro. El otro, «Nos aguardan», era de 18 quilates. Fin del comunicado. El experto preparó un informe con el breve diagnóstico que ya nos había dado. Le puso un sello y nos entregó las alianzas, que ahora oficialmente ya no lo eran, porque no habían nacido del mismo material.

Miguel me dijo:

—El hijo de puta se quedó con el anillo que se aliaba con el tuyo.

Yo me reí, pero lo miré y me hablaba en serio. No parpadeamos. Era muy probable. «Nos aguardan» imantadas quién sabe a qué otras dos palabras. No quise ni invocar las que se me ocurrieron en ese instante. Tenía la lengua seca. Quería irme de ahí. Salimos. Miguel señaló un local que había enfrente: una casa de compraventa de oro. Cruzamos. Entregamos las alianzas. Nos pagaron una onceava parte de lo que nos habían costado, pero suficiente como para comprar dos latas de cerveza. Tomé la mía de un trago. Faltaba la otra empresa.

—¿Cuál? —preguntó Miguel.

—El contrahechizo —dije yo.

Miguel se rio. Una cosa era trasnochar buscando contrahechizos en Internet, y otra esta ridiculez de ir a bañar todas esas partes del espejo al Río de la Plata.

—Por favor —le dije tres veces.

Pasamos a buscar los espejos por casa. Tenía miedo de que Miguel se arrepintiera, le dije que me esperara abajo e hice toda la vuelta rapidísimo: ascensor, casa, ascensor, fuera. Bajé con todo. Miguel recién había prendido un cigarro. Nos sentamos en el murito de la fachada del edificio. Atardecía. Él terminó su cigarro y caminamos a la Playa Ramírez, cargando los trozos. Se venía una tormenta y en el cielo había un veteado fosforescente. La luz se puso amarilla cuando llegamos a la arena.

—Queríamos ir a la playa y acá estamos —le dije. Nos descalzamos. Nos remangamos los pantalones. Sacamos los pedazos de espejo de sus envoltorios de diario. Con cuidado, apoyamos cada resto en la orilla. Miguel entró primero al agua y llevó los trozos más grandes. Se agachó, los sumergió, y me miró con una sonrisa, mientras las olitas crespas le salpicaban la ropa. Entré. Lavamos los espejos, tal como decían las instrucciones de la página web. La corriente no iba hacia el sur. A decir verdad, esa posibilidad de que las olas en vez de avanzar de sur a norte se adentraran en dirección contraria era remota. Y era difícil saber cuándo el antídoto estaba cumplido. Miguel quería irse. Iba a ver a unos amigos esa noche, lo esperaban. Salió a la costa y se quedó mirándome con su parte de los espejos mojados. Hice una reverencia al horizonte y volví a él con mi parte.

Nos abrazamos brevemente. Subimos la escalera. Buscamos una volqueta. Sabíamos que estaba mal usurpar una volqueta con restos de espejos. Alguien podía lastimarse. Me pareció que tal vez hubiera que forrarlos de vuelta. Miguel me dijo que ni loco él iba a seguir dando vueltas con todo aquello. Cruzamos la rambla y un par de cuadras adentro vimos una volqueta y nos deshicimos de todo. Al llegar a la esquina él tomó un camino y yo el otro■


Inés Bortagaray (Salto, 1975). Narradora y guionista. Trabajó en los guiones de los largometrajes Una novia errante, Otra historia del mundo, Mi amiga del parque, entre otros. Ha publicado los libros de cuentos Ahora tendré que matarte, Prontos, listos, ya y Cuántas aventuras nos aguardan.

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