Poesía
Auster poeta
Por Jordi Doce
Hace justamente veinte años, en octubre de 1992, en una de mis primeras visitas a la librería Waterstone’s de Sheffield, encontré Groundwork: Selected Poems and Essays, una antología de la poesía y los ensayos de Paul Auster. Sorpresa mayúscula. Los ensayos ya los conocía por la edición española (El arte del hambre), pero la poesía –seca, lapidaria, trabada como un nudo gordiano– fue un descubrimiento y no tardé en ensayar los primeros borradores de una traducción que pasaría por muchos otros antes de que Pre-Textos la acogiera en 1996 con el título de Desapariciones. Fue mi estreno como traductor de poesía en una editorial comercial, y aún recuerdo los cinco días que pasé en casa escribiendo la introducción, lleno de dudas, poniendo una palabra tras otra como quien levanta una pared. El Auster que ponía fondo a aquel trabajo no era solo el fabulador de La música del azar, sino también el cronista de la vida contemporánea que nos dio Leviatán, su novela más ambiciosa y conseguida. Era también el Auster guionista de cine (Smoke), a punto de convertirse en el personaje de fama mundial que ahora justifica noticias de agencia y portadas de papel satinado.
Su poesía, sin embargo, parecía venir de un lugar muy distinto. Era el producto cerebral y al mismo tiempo indócil de un escritor joven, afrancesado hasta la médula, que no miraba ni a Pound ni a la tradición confesional de Robert Lowell, y que trataba de dar cauce verbal a su condición de judío asimilado y no practicante. Nada que ver, pues, con la poesía narrativa y de tono conversacional de otros norteamericanos como Carver o Bukowski.
El resultado es una escritura en la que cada palabra cuenta y donde los silencios y las elipsis no paran de hablar. Una poesía abstracta, si no fuera porque está gobernada por el ojo, por un mirar constante en dirección al mundo, como si Auster hubiera aprendido la lección de ciertos pintores para crear conjuntos donde la sensualidad de las formas y la tentación figurativa conviven con un fuerte impulso abstracto. Nos recuerdan que el Auster novelista fue una vez un aprendiz en el taller del silencio, un joven obsesionado por pesar y sopesar cada palabra, alguien para quien cantar era imposible pero que empleó la poesía para aprender a contar. Y que todo lo que ha contado desde entonces sería bastante menos seductor si no hubiera convivido antes con el misterio de las palabras, del mundo, y del espacio que separa unas de otro.
Entre mis primeros borradores y la edición de la Poesía completa en Seix-Barral median, ya lo dije, veinte años. Ha tenido que pasar ese tiempo para que pudiera sentirme satisfecho de un trabajo que siempre ha procedido entre sospechas y vacilaciones, como si los poemas mismos me hubieran obligado a duplicar el viaje original de su autor. Escribo en mi introducción que muchos de ellos empiezan con «un balbuceo, una frase dicha al azar» para concluir en «un fogonazo, una última línea de claridad súbita y precisa que recuerda al aforismo». No me parece mala forma de describir mi trabajo como traductor, desde aquellos ensayos titubeantes del inicio hasta la seguridad algo insolente con que revisé el conjunto hace unos meses. Por el camino había aprendido que para traducir estos poemas hay que conocer al menos dos idiomas: no solo el inglés de Nueva York, sino el idioma de la poesía moderna, la lengua sutil de Mallarmé y Rimbaud. Esa es la tradición de la que el joven Auster quiso sentirse digno. Y esa es la tradición a la que quisieran devolverle, mal que bien, estas traducciones.
SHADOW TO SHADOW
Against the facade of evening:
shadows, fire and silence.
not even silence, but its fire–
the shadow
cast by a breath.
To enter the silence of this wall,
I must leave myself behind.
SOUTH
Hewn till white–: the bronze
heart and heaven-shape
of our gradual
winter.
Do not forget,
my dreamless one, I, too,
came to this world before
the snow.
TESTIMONY
In the high winter wheat
that blew us across
this no man’s land,
in the couplings of our anger
below these nameless white weeeds,
and because I lodged, everlastingly,
a flower in hell, I tell you
of the opening of my eye
beyond being,
of my being beyond being
only one,
and how I might acquit you
of this hiddenness, and prove to you
that I am
no longer alone,
that I am not
even near myself
anymore.
PROVENCE: EQUINOX
Night-light: the bone and the breath
transparent. This journey
of proffered sky
we inhabit–a mountain
in the air that crumbles.
You alone
sleep down to the bottom
of this place,
stillborn earth, as though you could dream
far enough
to tell me of the dense, mud-reckoned seed
that burns in us,
and calm the slow, vernal agony
that labors
through the long uprooting
of stars.
DE SOMBRA A SOMBRA
Contra la fachada del atardecer:
sombras, fuego y silencio.
Ni siquiera silencio, sino su fuego,
la sombra
que arroja un respirar.
Para entrar en el silencio de este muro
Debo dejarme atrás a mí mismo.
SUR
Tallado hasta ser blanco: el corazón
de bronce y la forma celeste
de nuestro inverno
gradual.
No lo olvides,
mi ser libre de sueños: yo también
vine a este mundo antes
que la nieve.
TESTIMONIO
En el alto trigo invernal
que sopló hasta empujarnos
a este tierra de nadie,
en los acomplamientos de nuestra ira
más allá de esta mala hierba blanca y anónima,
y porque alojé, para siempre,
una flor en el infierno, te hablo
de la apertura de mi ojo
más allá del ser,
de mi ser más allá de ser
solo uno,
y cómo podría absolverte
de este escondimiento y probarte
que ya
no estoy solo,
que ni siquiera
estoy ya
cerca de mí.
PROVENZA: EQUINOCCIO
Luz nocturna: el hueso y el aliento
transparente. Este viaje
de cielo concedido
al corazón del cielo
que habitamos: una montaña
en el aire que se derrumba.
solo tú duermes hasta el fondo de este lugar,
tierra nacida muerta, como si el sueño
te llevara tan lejos
que pudieras hablarme de la densa
y embarrada semilla
que está ardiendo en nosotros,
y apaciguar el lento dolor de primavera
que trabaja
por entre el largo desarraigo
de las estrellas.
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